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Es un viaje largo.
Noah sale de Pittsburgh justo después del amanecer.
Normalmente, nada le hace levantarse tan temprano.
De hecho, suele ser la hora a la que se acuesta.
Pero últimamente las cosas han cambiado.
Ahora los días, las noches, el amanecer, el atardecer...
todo es igual. Probablemente empeorará en el transcurso del año. Un año como mucho.
Noah esboza una sonrisa sarcástica. Sus pensamientos siempre son oscuros. Eso de «un año como mucho» es lo que ahora le define. A él, al menos.
El Dodge Charger azul oscuro, su Stallion, vuela por las autopistas veinticuatro kilómetros por encima del límite de velocidad.
Le dan igual los policías y las multas. Ahora no.
No en lo que le queda de año. Las noticias de la mañana no paran de hablar de la tormenta de nieve: una ventisca de fuerza récord.
Parece que está cruzando Pensilvania en dirección noreste.
Genial, piensa Noah. Justo adonde va él: el norte del estado de Nueva York.
Un condado de nombre impronunciable en el culo del mundo.
Aunque no puede ser peor que la ventisca del 96, cuando cayó tanta nieve en los estados del noreste que los pueblos tuvieron que pedir ayuda a la Guardia Nacional para desenterrarlos.
Pero a Noah le da igual el tiempo. No hay tormenta más grande en su vida que lo que le dijo el Dr. Bard hace un mes.
En cuanto la ciudad queda atrás, Noah siente un ligero alivio.
No sabría explicar por qué, pero fuera de la ciudad se respira mejor.
Hay más espacio, no tiene esa sensación de estar encerrado en una perrera.
Se ha soltado de la correa. Cuanto más lejos conduce, más desolado es el paisaje.
Las colinas y los bosques aparecen cubiertos de más nieve.
Los pueblos que va dejando atrás parecen campamentos solitarios.
Enciende un cigarrillo y baja la ventanilla. El frío se cuela junto con el rugido furioso del motor de su Stallion. Debería cambiar el silenciador, pero ¿de qué le sirve si no puede cambiarse el cerebro por uno que funcione?
A Noah le gusta conducir. Le gustaba, al menos. Antes lo hacía con la música a todo volumen, el humo saliendo por la ventanilla, aperitivos, llamadas de teléfono, poniéndose al día con gente con la que de otro modo no pasaría horas hablando.
Pero esta vez no.
Esta mañana simplemente se sienta y mira al frente, como si estuviera en un aburrido simulador de conducción. La música de los altavoces suena bajita, como si cualquier cosa más alta fuera a distraerle de sus pensamientos.
Los pensamientos son todos iguales, tristes y deprimentes.
Tiene la mente vuelta hacia dentro, explorando su cerebro, intentando averiguar qué falla en él.
Y ahora le parece que puede sentirlo: el monstruo en su cerebro, que crece, que le habla, que se alimenta de su fuerza, que se hace más grande y más fuerte mientras él se siente más débil a cada hora que pasa.
Para a repostar, mira ausente los números que van pasando en la pantalla del surtidor y se compra un perrito caliente.
Es todo lo que le entra. Compra Cheetos y Funyuns, pero se quedan abandonados en el asiento del copiloto durante horas.
No tiene apetito. Tampoco le interesa nada de lo que le interesaba hace un mes.
Antes del Dr. Bard. Antes del «un año como mucho».
Ese «un año como mucho» es ahora su compañero omnipresente, necesitado y molesto como una novia que te has echado pero que no te gusta.
Le apetece fumar un porro, pero al final decide que no.
Ya fumará cuando llegue a donde sea que va.
El Valle del Águila, o alguna mierda así.
Le dan paranoia los desmayos. Y claro, ahora que piensa en ello y se pone a comprobar si su cuerpo le da señales, empieza a sentir náuseas, nota presión en los ojos, le entra el pánico, se mete en un área de descanso, apaga el coche y se queda inmóvil,
mirando a través del parabrisas la mancha de bosque al otro lado del campo.
El desmayo no llega, pero siente que está ahí. Agazapado en su cuerpo como un partisano, esperando el momento más oportuno para atacar.
Los viajeros entran y salen del edificio del área de descanso con su rutina de siempre. Porque tienen la vida por delante y les da igual: tienen todo el tiempo del mundo.
Él, Noah, no tiene mucho que esperar de la vida, así que se dedica a buscar síntomas en su cuerpo.
Una vez.
Y otra.
Y otra más.
Es fácil sentirse morir cuando el médico te dice que te estás muriendo.