Nana Kay 1
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Nana Kay

Nana Kay

Por Ili Mais

© inepub.com

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Noah se despierta con un dolor brutal. Le duele la cabeza. Su cerebro es un frasco de vidrio lleno de canicas de metal. La vejiga está a punto de reventarle. Es por la mañana.

Se ha superado a sí mismo otra vez, colocado de coca durante dos días seguidos, rasgando las cuerdas de la guitarra en el concierto de anoche con tanta fuerza que se destrozó los dedos.

Se plantó tan cerca de los altavoces que sintió que le sangraban los oídos, gritando a pleno pulmón hasta creer que las venas del cuello le iban a estallar.

Los bajos aún le retumban en la cabeza. ¿O es el alcohol? ¿O las drogas? ¿O todo junto?

Noah se remueve, desplaza lentamente los brazos que abrazan el cojín del sofá y siente algo que le presiona la parte baja del cuerpo. Pasea la mirada hasta detenerse en el pelo morado de una chica. La desconocida le abraza las piernas, y Noah intenta enfocar para ver si lleva puestos los bóxers.

Los lleva. Gracias a Dios.

No es que signifique nada, pero algo es algo. La chica lleva leggings y sujetador. Bien. Bien.

Noah se incorpora sobre los codos y mira a su alrededor.

El salón de la casa de Stevie es un campo de batalla.

Botellas, vasos, ropa, ceniceros, bongs, más cuerpos tirados en los colchones del suelo.

Brandon, el bajista, está tumbado boca abajo en el sofá de al lado, desnudo y despatarrado.

Tiene el cuerpo cubierto de tatuajes elaborados, y hay otra tía de la que solo se ve una pierna echada sobre él, con un tatuaje de enredadera y un anillo en el dedo del pie.

Noah se libera del abrazo de la del pelo morado y se sienta.

Hay vómito en un lado del sofá y en el suelo.

Ah, mierda.

Todo el salón apesta a comida rancia, alcohol y humo. Como una residencia universitaria después de una fiesta.

Noah cierra los ojos, intentando recordar la noche, pero todo está borroso. Antes, eso solía ser buena señal. Ahora es un recordatorio de que nada ha cambiado mucho desde entonces.

El concierto fue un éxito, al menos en el cerebro colocado de Noah. The Revanchists cobraron poco esta vez, pero al momento y en efectivo. Fue como si Noah hubiera hecho un último intento de dejar a la humanidad la imagen más furiosa e impronunciable de sí mismo. El público, desatado como siempre.

Su mente rescata instantáneas de la gente rugiendo enfurecida, objetos volando por el aire, tías subidas a hombros de sus novios, torsos tatuados, caras llenas de piercings, crestas, cuero, humo, la oleada de cuerpos moviéndose adelante y atrás como algas, manos alzadas como armas,

puños y cuernos agitándose en el aire.

A Noah le duele la garganta de tanto gritar.

Recuerda haber roto algo. ¿O fue Brandon?

Alguien se subió al escenario y lo sacaron a rastras.

Noah se sintió fuera de su cuerpo, como si pudiera volar, como si pudiera morir allí mismo en el escenario y fuera el mejor final para su vida, que de rock and roll tiene poco.

No va a ser tan fácil, colega, sisea una voz cruel en su mente.

Después estaban en casa de Stevie, bebiendo toda la noche. Jägerbombs, chupitos de vodka, cerveza, hierba, coca, lo que quieras: lo tenían, cortesía del tío que apareció con una bolsa de Mary Poppins llena de cosas para todos los gustos. El Hombre Medicina, su mejor contacto.

Deshidratado. Noah se muere de sed.

¿Cuánto bebió anoche?

Se alejó de todo esto cuando conoció a Brooke.

Pero los últimos meses han sido una locura, especialmente después de su visita al Dr. Bard.

Y Brooke, bueno, Brooke lo había mandado a la mierda definitivamente antes de que Noah se enterara siquiera.

Se largó a Sudamérica a «limpiar su espíritu» o como lo llamen ahora.

Noah nunca tuvo intención de volver a sumergirse en el caos del punk-rock.

Pensó que había «madurado», como decía Brooke.

Hasta que llegó el Dr. Bard y el día en que recibió los resultados de la resonancia.

No debería haber ido nunca. Habría vivido en paz.

Porque ahora no puede cambiar una mierda de todos modos.

Pero ese día en la consulta algo hizo clic, y durante el último mes Noah ha vivido como un animal enjaulado y puesto de esteroides, golpeándose violentamente contra los barrotes de la jaula.

El escenario siempre fue su terapia. Y daba igual lo bestia y lo guarro que sonara, miles coreaban con él.

Pero la visita al Dr. Bard había desatado el caos. A Noah nunca le han faltado razones para arremeter, y ahora tiene una más, alojada en su cerebro.

Noah se revuelve el pelo y gira la cabeza. Stevie, el batería y dueño de la casa, está desplomado en silencio junto a la mesa del comedor, mirándolo con los ojos vidriosos, un porro encendido colgándole de los labios.

—Jodeeer, tíooo —dice Stevie en voz baja mientras el porro salta arriba y abajo con cada palabra—. Pensaba que habíamos acabado con esta mierda.

Le da una calada profunda al porro y aparta la mirada, perdiéndose en los espesos remolinos de humo blanco.

Noah sabe que hacen esto por él. Y aunque quiere verlo como una especie de camaradería, es un triste polvo por lástima que después lo deja aún más hundido. The Revanchists son los únicos a los que se lo ha contado. Y Toby, su mejor amigo, claro. Ahora le dedican esas miradas de pena.

Que le jodan al Dr. Bard y a su veredicto.

Que le jodan a la camaradería.

Noah está solo en esto.

Se levanta con un quejido, busca la mochila y la encuentra debajo de una funda de guitarra abierta junto a la puerta de entrada. La guitarra debe de andar por ahí, vete tú a saber qué hizo con ella anoche. Arrastra la mochila hasta el baño y echa el pestillo.

Dentro, mea tambaleándose, mareado, y se da cuenta de que además de los bóxers lleva puestos los calcetines.

Con clase. El Noah de siempre. Después se apoya con las dos manos en el lavabo como para sostenerse y se mira en el espejo: los ojos tristes, la cara destrozada por la resaca que le devuelve la mirada.

Noah ronda los treinta. Guapo. Alto y delgado.

Pómulos marcados, ojos azules con ojeras, ya sea por las fiestas, las pastillas o el monstruo que lo devora por dentro.

Labios finos, permanentemente curvados en una mueca burlona: su «que te jodan» al Dr. Bard y a las tristes perspectivas, o a la ausencia de ellas.

Pelo negro revuelto, desaliñado, hasta la barbilla, los mechones cayéndole alrededor de la cara.

Después de noches como esta, su pinta grunge es aún más apropiada para el escenario.

Intenta sorber por la nariz, pero la coca se la ha taponado. Suelta una risita, cierra los ojos y deja caer la cabeza.

¿Y ahora qué?

Se le escapa un sollozo ahogado, pero un minuto después levanta la cabeza, se aparta del lavabo y rebusca en la mochila.

Dos botes de pastillas. Echa una de cada uno en la palma de la mano, abierta como la de un mendigo, luego lo piensa un momento y echa otra más. Órdenes del médico. Se las mete en la boca, abre el grifo y bebe directamente, lamiendo el agua como un perro.

Se endereza y vuelve a mirarse en el espejo. Quiere partirle la cara al tipo que le devuelve la mirada, esa criatura patética y triste.

¿Y ahora qué?

Podría escribirle a Brooke, pero ella no querría saber nada de él, el pobre desgraciado. Podría contarle lo del Dr. Bard, pero entonces él sabría que, aunque ella aceptara verlo, sería por lástima.

Lástima.

¿Cómo ha acabado él así, Noah, uno de The Revanchists?

No. Tiene que ir a ver a esa vieja bruja, la abuela de Toby.

Quizás tenga las respuestas. Quizás no para esta mierda, que según el médico no tiene arreglo, pero no le quedan muchas opciones.

Solo una, en realidad: envenenarse con radiación y quimio el resto de su vida, echando las tripas hasta que este cuerpo patético suyo se desmorone por la debilidad y el exceso de medicación y acabe en su lecho de muerte, tirado entre meados y miseria.

—Mieeeeeerda —exhala Noah lentamente.

Algunos imbéciles viven eternamente. Este tipo —se queda mirando su reflejo— no va a tener esa suerte. De hecho, según el Dr. Bard, le queda poco.

A Noah se le llenan los ojos de lágrimas y siente cómo le sube por dentro una oleada familiar de autocompasión y desesperación.

Se revuelve el pelo y sorbe con fuerza por la nariz tapada.

Cualquier opción extraña que le quede, tendrá que probarla.

Porque la vida no le ha dejado muchas. El veredicto que le soltó el Dr. Bard es que no tiene vida.

Ya no. No con el monstruo que le crece dentro de la cabeza.

Puede hacer las maletas.

Puede escribir un testamento.

Puede hacer una lista de cosas pendientes, una corta.

Puede olvidarse de tener una familia.

O de plantar un árbol que nunca verá crecer.

O de construir una casa en la que nunca llegará a vivir.

Al diablo con el colesterol. O los hábitos saludables. O el historial crediticio.

Puede dejar el trabajo de una vez por todas.

Olvidarse del amor verdadero. O de recuperar a su amor verdadero. Brooke no quiere una felicidad con fecha de caducidad. ¿Quién la quiere? Todo el mundo hace planes de futuro. Porque todo el mundo cree que va a vivir eternamente.

Pero Noah no.

Lo jodió el universo, o el Karma, o algún registro divino supremo. Alguien allá arriba lo señaló entre la multitud de los bendecidos y dijo: «No. Este no».

Él no.

Noah ni siquiera llegará a los treinta.

A Noah le queda un año como mucho.