Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 87
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CAPÍTULO 87

Roma — Línea B del metro / San Juan de Letrán

E l agua no subió más. Tampoco le quedaba mucho más margen. Los rostros de los pasajeros se asomaban al poco espacio que quedaba de aire entre el agua y el techo del vagón. Unos se ayudaban agarrándose a las barras y, otros, de puntillas subidos a los asientos. Desesperación absoluta.

El agua no retrocedió de inmediato, pero perdió algo esencial: la voluntad. Ya no empujaba. Ya no buscaba. Se limitaba a estar, pesada, oscura, obedeciendo únicamente a la gravedad y no a ningún pulso invisible.

El silencio era antinatural allí abajo, ya no quedaba energía ni para expresar el miedo que se apresaba de toda aquella gente cautiva, ni para rogar auxilio.

—¿A… alguien lo ha es… escuchado…? —preguntó contenido, con titubeos, un pasajero de entre los apresados, cuya nariz rozaba el techo interior del vagón.

No hubo explosión ni derrumbe. Fue distinto: Un sonido mecánico, grave, reconocible. Bombas de extracción. Compuertas antiguas respondiendo por primera vez en décadas. El agua comenzó a moverse, una vez más, aunque en esta ocasión en otra dirección, lenta, resignada… en sentido contrario.

Se empezó a escuchar entre los pasajeros algunos llantos. Otros no reaccionaron en absoluto. Había quien temblaba, quien simplemente cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el cristal empañado.

En la superficie, los equipos de emergencias se movían sin comprender del todo qué había cambiado. Nadie dio una orden clara de «adelante». Simplemente, los sistemas volvieron a obedecer.

—Las válvulas responden —dijo un ingeniero, incrédulo.

—¿Quién las ha activado?

—No lo sé… pero están obedeciendo.

Roma empezaba a respirar de nuevo sin saberlo.

Efectivamente, el nivel del agua estaba descendiendo en el interior del metro, en el interior de los vagones de los trenes atrapados. Y mientras se recuperaba, las voces por megafonía volvieron, confusas, pero humanas. Equipos de rescate accedían ya por túneles secundarios.

La mujer, que apenas tenía fuerza para continuar levantando a su bebé con sus brazos devastados por el cansancio, pudo abrazarlo al fin contra su pecho y apoyar su frágil cabeza sobre su hombro tembloroso.

Allí estaba ella, de pie sobre un asiento, deslizando hacia bajo su espalda pegada al cristal.

Un hombre, empapado hasta el pecho, seguía sujetando la barra con una mano mientras, con la otra, buscaba algo en el bolsillo del pantalón.

Tardó varios intentos en encontrarlo. Era un teléfono.

La pantalla estaba muerta, ennegrecida por el agua.

Lo sostuvo unos segundos sin saber qué hacer con él, y luego lo dejó caer.

—No pasa nada —murmuró, sin dirigirse a nadie—. No pasa nada…

Nadie le respondió, pero una mujer a su lado apoyó la frente contra su hombro. No se conocían. No hacía falta.

Como ellos, toda una multitud de historias individuales que no llegaron a rebasar la fina línea que restaba hacia lo dramático.

Por suerte, por las altas horas de la madrugada que eran, no había gente mayor en su interior.

La mayoría de ellos, jóvenes, con la fuerza suficiente para poder resistir, amarrados a las barras de agarre de los pasajeros, hasta el último segundo.

Muchos se frotaban la cabellera a dos manos, incrédulos de lo que estaba sucediendo, incrédulos del milagro acaecido en el último instante, al huir aquel implacable y espeso manto de agua, cuando la fe y la esperanza ya estaban fuera de contexto, cuando ambas, en aquella tesitura… eran harina de otro costal.

A pesar de la magnitud de la liberación in extremis , no quedaba energía ni ánimos para vítores, pero lo que sí que empezó a desencadenarse fue un alud de abrazos con fuerza entre gente que no se conocía.

Todos eran uno. Jóvenes y adultos de un sexo y de otro, al tiempo que caían de rodillas, desvanecidos sobre el suelo empapado de los vagones, se fundían agarrándose con fuerza, pecho contra pecho, sin ni siquiera conocerse el nombre entre unos y otros.

Lloraban apretándose y temblando, conscientes de haberse librado de un final agónico.

La ciudad no lo supo en ese momento. Roma, desde la superficie, seguía sin ser consciente. Eso sí, sin comprender por qué, había evitado caer un escalón más en su propia historia de destrucción.