CAPÍTULO 86
Roma — San Juan de Letrán, Sancta Sanctorum
M ientras Clara se reincorporaba despacio y con precaución, Tan pergeñaba cómo desactivar el sistema por completo.
Ya con el dispositivo en su mano, éste exigía un reconocimiento facial para su acceso.
No valía código ni huella dactilar, únicamente un rostro.
¿Pero el de quién? Ese era el principal problema a resolver.
Fue de esperar que, cuando Tan acercó su rostro a la cámara frontal del terminal, éste notificó la imposibilidad de su desbloqueo ante el escaneo de esa cara.
—Bellori —dijo Archer.
—¿No pensarás que yo…?
Aún no hubo terminado de formular su pregunta el sacerdote, Tan ya le había colocado el dispositivo de frente, ante el rostro del cual volvió a indicar la misma notificación:
« Reconocimiento facial incorrecto»
El tiempo apremiaba y no encontró ninguna solución de inicio.
—¿Y si…? —reflexionó Tan.
Se acercó a Clara y volvió a repetir el proceso, pero ahora con ella:
« Reconocimiento facial incorrecto»
Un intento más… Se aproximó al profesor y llevó a cabo el mismo procedimiento con él, con Darrow, al fin y al cabo, él era quien descubrió con sus estudios el sistema Namtar, por lo que era de perogrullo imaginar que él debería poder ser un administrador del mismo, y fue pues, esta vez, al focalizarle la cámara ante su cara desgastada por la edad y la fatiga acuciante, cuando apareció en pantalla…
« Reconocimiento facial incorrecto»
Imposible escapar de esa encrucijada. Cada vez más dudas, más inseguridades y más miedo, en especial por la responsabilidad recaída sobre sus hombros de paralizar un sistema que, aun en punto muerto, no descendió lo suficiente, no frenó en seco para volver a poner a salvo la vida de cientos de seres humanos, atrapados en el metro, de la incertidumbre que se apoderaba de Tan, al no tener noticias certeras todavía de su situación.
Era como andar con una venda cubriendo por completo sus ojos en un lugar rodeado de obstáculos punzantes.
Pero, de súbito, una voz le indicó a Tan de forma inesperada:
—La imagen…
—¿Cómo? —preguntó Tan.
—La… a… acheropita… —insistió a duras penas.
Era la voz de Clara, sin casi aire todavía.
El periodista la miró y asintió. Se dirigió hacia el Sancta Sanctorum , donde reposaba el Santísimo Salvador entre dos columnas de pórfido.
El espacio no imponía por su tamaño, sino por su solemnidad. Ni exceso de luz ni dramatismo arquitectónico. Solo piedra, silencio… y el rostro del Hijo de Dios, flanqueado por el reflejo de la plata que vestía su conjunto.
La acheropita del Santísimo Salvador no dominaba la estancia. Esperaba expectante, inamovible, desde el centro del lugar. Y hacia él, hacia su rostro dibujado, no por un ser humano sino por una divinidad, se dirigía a comprobar si iba a ejercer de ello esta vez de nuevo…, de Salvador.
Posicionó el dispositivo frente a la imagen para que tratase de escanear el rostro dibujado, aunque sin dedicarle el periodista ninguna mirada fija, por miedo a que algo similar a lo sucedido con Darrow le pasase:
« Reconocimiento facial incorrecto»
No había manera. Ni siquiera con el Salvador, el Santísimo Salvador. Probablemente, la flaqueza de fe, que se acrecentaba en las almas de los que estaban en el lugar, era cómplice de la falta de respuesta por parte de esa reliquia, piedra angular de la sacralidad del templo.
Archer no estaba viviendo un gran momento, y menos cuando una llamada telefónica entraba en su móvil personal, el cual tuvo que sacar del otro bolsillo del pantalón, debido a su insistente vibración.
—¿Diga? —preguntó Tan.
—Rinaldi al habla.
—Estoy en un mal momento, Monseñor…
—No eres el único por desgracia.
—¿A qué se refiere?
—Nos han informado de que la situación en el metro es extremadamente grave. La gente allí encerrada, o bien se está ahogando… o está a punto.
Archer sintió el fracaso caer a plomo sobre su conciencia y sobre sus hombros, cada vez con más y más peso sobre los mismos. Tanto que ni respondió a la última frase de Rinaldi.
El brazo con el que sostenía el móvil se derrumbó y, con una mueca de impotencia, ladeó la cabeza con los ojos cerrados negando la situación, comprimiendo los párpados. Su corazón se acababa de inundar de un quebrado sentimiento de tristeza.
Por su cabeza pasó el peor de los pensamientos al imaginar aquella hecatombe en el subsuelo de la ciudad. ¿Acaso existe muerte más cruel?
Y mientras Tan se lamentaba, Clara elevó su mano hacia él cuando trataba de reincorporarse. No fue un gesto heroico ni decidido. Fue inseguro e inestable. Su cuerpo aún no había aceptado del todo que seguía siendo suyo.
Archer, que acababa de abandonar el habitáculo donde se resguardaba la reliquia, intentó ayudar a Clara con desánimo, con la sensación de haber podido hacer mucho más que salvar únicamente a Clara.
—Déjame —imperó ella—. Si esto funciona… tengo que hacerlo yo.
La joven decidió subir de rodillas —como los penitentes— todos los peldaños de la Scala Sancta , hasta llegar al lugar de la capilla que custodiaba la imagen acheropita.
Así es como debían ascender por ella, pero no lo hizo por obligación, sino con respeto y devoción por el sufrimiento de Jesús momentos antes de ser condenado, a quien Clara se encomendó como el que lo hace, como última y única vía, para sanar a un ser amado que sufre en fase terminal.
—Jesús, sabes que tú y yo no solemos conversar.
No soy perfecta y cada día cometo errores.
Pero esta vez acudo a ti. Sabes que no pido nada para mí, no lo quiero.
Solo te ruego que ayudes a los que están sufriendo.
Son inocentes, ni ellos ni sus familias deben nada que se tenga que pagar con tanto horror…
—rezó ella con sinceridad y en voz baja durante el trayecto.
El contador seguía activo. No descendía, pero tampoco desaparecía. Era una amenaza en pausa, como un dedo apoyado en el gatillo.
Esta vez fue Bellori el que abrió la puerta del Sancta Sanctorum , con manos temblorosas, a la joven decidida a acceder, a la que el dolor en sus rodillas le recordaba cómo había subido hasta allí.
Clara lo sintió antes de verlo del todo.
Más que una llamada, era una presencia que no exigía nada.
Dio un paso más. Luego otro. Cada movimiento le costaba un esfuerzo que no era físico, era interior, una lucha contra sí misma, contra la impotencia que genera que el cuerpo no responda a donde la mente está acostumbrada a llegar.
—No sé si buscando respuestas en el mismo lugar consigamos algo —dijo Tan desde atrás, recordando las palabras de Darrow y la desdicha que, recientemente, acababa de sufrir en el intento de desbloquear el dispositivo frente a la misma reliquia.
Darrow apenas pudo pronunciarse con un anuncio que antes no se atrevió a revelar:
—Es el Salvador…
—Pero no ha funcionado —le recordó Tan—. Algo debe haber sucedido en su configuración. Algún error, profesor. No ha habido manera.
Clara asintió sin girarse.
—Esto es lo único que queda por hacer. Déjame el terminal —exhortó Clara.
Tan le tendió el dispositivo que todavía sostenía en su mano, apenas agarrado con la yema de sus dedos. El contador seguía marcando el tiempo, ahora en rojo, pulsando con una cadencia palpitante. Clara lo sostuvo.
—Por favor, no te pongas en riesgo, trata de no mirar fijamente la acheropita, debe desprender algún tipo de radiación, o lo que sea, que pueda haber reaccionado a raíz de las ondas de Namtar.
—Tan insistió— Darrow quedó ciego. —Y le rogó—: No me gustaría salir de aquí todavía peor de lo que estamos.
Clara desoyó el consejo de Tan, acababa de fijar su mirada sobre el Santísimo Salvador de forma casi hipnótica, al tiempo que le enfrentaba la cámara frontal del dispositivo.
Un silencio atronador de nuevo… Ni se oía ni se sentía el respirar de los allí presentes, paralizados, atentos a cada gesto de Clara, mientras contenían el aire en los pulmones.
Y ocurrió algo distinto a todo lo anterior. El sistema no reaccionó. No hubo vibración. No hubo pulso. No hubo respuesta inmediata. Por primera vez desde que Namtar hubo despertado, no pasó nada. No irrumpió aquel: « Reconocimiento facial incorrecto» .
Clara alzó la vista. No buscó al Salvador como quien busca salvación para sí. No pidió nada desde el egoísmo. No esperó permiso. Simplemente se dejó ver. Sin prejuicio. Sin deseo de demostrar tener razón. Acudió como una jarra vacía que deja ser rellenada desde la más simple humildad.
En un principio, todo seguía aparentemente igual. De hecho, el rostro del Santísimo Salvador no cambió… Al menos de forma visible. No para los demás. Se veía el mismo que hubo enfrentado Tan segundos atrás.
Pero Clara lo sintió. No fue una visión.
Fue una comprensión silenciosa, algo íntimo, como una confesión ante un sacerdote en un templo vacío, sin feligreses fisgoneando alguna palabra emanar del confesionario.
El sistema no pedía un rostro perfecto, ni puro, ni fuerte.
Pedía algo más… raro. Pero no raro por su forma, sino por la rareza de ser único y especial.
Alguien que pudiera mirar sin la pretensión de decidir.
El contador emitió un pitido distinto. No de alarma. De confirmación. Fue breve pero agudo.
De momento, no se sabía el significado de aquel sonido perturbador.
¿Qué sería lo que acabaría de detonar con aquel cambio de paradigma?