Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 85
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CAPÍTULO 85

Roma — San Juan de Letrán, cámara adyacente (presente)

C lara no respiraba bien. Cada inhalación parecía llegar tarde.

Su cuerpo había olvidado el ritmo por momentos y ahora parecía tener que improvisarlo.

Archer la elevó y la abrazó sobre su pecho, ajeno, por un instante, al eco del agua que reverberaba bajo la ciudad y al silencio inquietante que hubo dejado la marcha de Titta.

El contador parpadeaba con crueldad matemática: Veinte segundos .

—Clara… —susurró Tan, acercando su rostro al de ella—. Escúchame. No te vayas ahora. No después de todo esto.

Sus labios estaban extremadamente pálidos. El pulso, apenas perceptible.

Bellori observaba desde unos pasos atrás, incapaz de rezar.

Lo había hecho demasiadas veces para demasiadas cosas que no se habían cumplido.

Ya no tenía fuerzas para ninguna plegaria.

Acababa de caer en una crisis de fe cuando, prácticamente, hasta ese momento siempre se había encomendado a Dios Padre.

—El fragmento —dijo Tan a sí mismo en voz baja—. Queda algo.

Él, que todavía notaba el ardor en la garganta, la fiebre mineral recorriéndole el pecho. Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó lo que había quedado adherido a la tela: polvo azul oscuro, mezclado con sangre seca, casi imperceptible… pero allí.

—No es suficiente para juzgar como lo haría el cuenco completo —murmuró—. Pero Darrow dijo que en pequeñas dosis…

No terminó la frase. No hacía falta.

« Quince segundos »

Con cuidado, Tan reincorporó a Clara y humedeció el polvo con unas gotas de agua de una botella pequeña, que llevó consigo desde la cena. Lo hizo despacio, con esmero, ya que cada gesto podía alterar el resultado. Mezcló con el dedo hasta formar una pasta irregular.

—Perdóname —le suplicó—. Sé que no va a ser de tu agrado.

Introdujo la mezcla entre los labios de Clara, repartiendo con cuidado por las mucosas para que filtrara en su sangre con más rapidez, sin forzar.

Lo repasó incluso por debajo de la lengua de Clara, que no tenía fuerza ni para resistirse al manoseo que estaba sintiendo en sus fauces.

Pero no reaccionó al principio. Luego, Tan aplicó unos pulsos de presión sobre la garganta de ella y, entonces…

un reflejo mínimo: un intento de tragar.

« Diez segundos»

El cuerpo de Clara se arqueó levemente. Un espasmo breve. Tan contuvo el aliento.

—Eso es… eso es… —alentó—. Ingiérelo.

El azul del polvo parecía apagarse al contacto con su piel, como si el material estuviera cediendo algo que llevaba siglos guardando.

Pasaban los segundos y el cuerpo de la paciente no reaccionaba, su muerte estaba más cerca…

« Cinco segundos»

—Nada que hacer, padre —dijo Tan con lágrimas en los ojos, al tiempo que dirigía su mirada hacia Bellori mientras la sostenía en sus brazos.

Con el tiempo prácticamente agotado, un ruido seco, seguido de un fino y cálido soplido, golpeó el tímpano derecho de Tan. Fue un tosido de Clara. Un hilo de aire entró con fuerza desigual en sus pulmones. Luego otro. Y su pecho subió de forma más notable.

El contador llegó a un segundo … y se detuvo.

No desapareció. No se apagó. Simplemente dejó de descender.

Tan emitió un sollozo breve, no se permitió más.

—Respira —dijo—. Respira, Clara. Ya está…

Aquel «ya está» era un tanto aventurado todavía. Quién sabe si se trataba de la recurrente mejoría antes de la muerte. La despedida que la naturaleza, la ciencia o la divinidad que nos creó configuró en los humanos para poder, en ocasiones, despedirnos con dignidad.

Bellori se acercó despacio. Temía romper el momento con su sola presencia.

—¿Ha mejorado?

Tan negó con la cabeza.

—Todavía está en el límite. Se siente extremadamente débil.

Clara abrió los ojos. No de golpe. No como un despertar.

Fue más bien, de manera paulatina, acompañado de un leve temblor en sus párpados, como haber regresado de un lugar donde no había tiempo y, ahora, tuviera que aceptar su existencia de nuevo, y reconocer con incredulidad el escenario que la rodeaba.

Miró a Tan sin percatarse de quién era durante un segundo. Luego parpadeó.

—El zumbido… —bisbiseó ella—. Ya no grita —y carraspeó al sentir la garganta seca.

Tan la abrazó con cuidado.

—No —respondió él—. Ya no.

Clara tragó saliva con dificultad y confirmó lo que notaba:

—Pero no se ha ido.

Bellori intercambió una mirada con Tan.

—No —admitió el periodista—. Solo está esperando.

Clara cerró los ojos un instante y apretó los párpados con fuerza, la poca que tenía en aquel momento; parecía escuchar algo que los demás no podían percibir. Luego los abrió de nuevo y miró alrededor con los ojos entornados. Se fijó en la piedra. La altura. La presencia muda del lugar.

—El rostro —dijo—. Sigue ahí, ¿verdad?

Tan asintió.

—No quiere ser mirado —añadió ella—. Quiere ser sostenido.

—Sí. Darrow ha sido cegado —completó él.

El silencio que siguió no fue miedo. Fue el de alguien que trata de analizar el entorno.

Y Tan entendió entonces que el fragmento del cuenco no había sido el final de nada. Solo había comprado tiempo. El verdadero acto aún no había ocurrido. Y esta vez no podía hacerlo por ella. Tenía que dejar que fuera Clara quien se levantara.

Aun así, Archer, Bellori y, por supuesto, Clara, no eran conscientes del momento tan extremo y horrible que se estaba viviendo en el subsuelo ni del nivel que el agua estaba alcanzando.

Pensaban que con la latencia de Namtar, sin llegar a su máxima potencia, la situación gozaría de mayor margen de maniobra.

Pero no, mientras tanto, fuera, bajo Roma el agua seguía avanzando despacio entre túneles. No con furia, sino con inercia y crueldad.