Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 84
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CAPÍTULO 84

Roma — Línea B del metro / Superficie en San Juan de Letrán

E l agua no irrumpió de golpe. No hubo explosión ni estampida inicial. Lo hizo como quien actúa a sangre fría desde el inicio de la constitución de un clan, o sociedad secreta, buscando el punto débil que llevaba siglos esperando.

Un primer chorro surgió de una junta lateral del túnel, apenas un hilo oscuro que resbaló por el hormigón ennegrecido. Nadie lo vio al principio.

En un vagón detenido entre estaciones, la atención estaba puesta en otra parte: en la falta de aire, en el silencio del conductor, en el latido subterráneo que ya no era un sonido sino una presencia.

—¿Eso es agua? —preguntó alguien.

El hilo se convirtió en corriente.

Aquella inundación, que no era repentina, sin embargo era peor, como una tortura. Era un avance constante y decidido. Por lo visto, el túnel habría recordado de pronto su función original: canalizar.

El vagón más cercano sintió el cambio de presión antes que el resto. Un crujido seco recorrió la estructura metálica. Las luces parpadearon y quedaron fijas en un amarillo enfermo y tintineante.

—Mantengan la calma —repitió una voz por megafonía—. Estamos trabajando en el restablecimiento de la normalidad.

Mentira. Ya nadie estaba trabajando en nada.

El agua alcanzó los tobillos en menos de un minuto. Fría. Turbia. Con un olor a metal oxidado que no pertenecía solo al río, sino a siglos de infraestructura enterrada, filtrándose desde la más oscura de las profundidades.

La mujer que abrazaba a su hijo lo alzó instintivamente. El niño no lloró. Miraba fijamente el reflejo tembloroso de las luces sobre la superficie negra, con una expresión en su rostro que hacía pensar que entendía algo que los adultos aún no.

En otro vagón, alguien empezó a gritar. No fue pánico colectivo. Se avanzó al resto, a la comprensión tardía de la gran mayoría de que aquello no era una avería, ni un retraso, ni una incidencia solucionable con paciencia.

El agua siguió entrando.

En la superficie, Roma no gritó. La ciudad sin ser consciente aún, presenciaba el sonido de las primeras sirenas, dispersas, sin sincronía.

Los primeros vehículos de emergencia se detuvieron en bocas de metro ya inutilizadas.

Ingenieros y operarios intercambiaban órdenes contradictorias.

Nadie tenía un plano completo, porque nadie había tenido, nunca, el plano de toda aquella lasaña de ciudades superpuestas por los siglos.

—Las compuertas no responden.

—¿Qué sistema es este?

—Es antiguo. No figura en los registros modernos.

Las palabras «antiguo» y «no figura» se repitieron con una frecuencia inquietante.

Bajo tierra, el agua alcanzó las rodillas. Algunas personas empezaron a subirse a los asientos. Otras golpeaban las puertas sin sentido. No había salida visible. No había dirección clara. Solo una certeza compartida: aquello no había terminado.

Y entonces, igual que hubo comenzado, el pulso desapareció.

No hubo alivio inmediato ni hubo anuncio. Simplemente… el latido subterráneo cesó. La vibración constante, que había acompañado cada minuto de espera, se apagó como una máquina que deja de recibir órdenes.

El agua siguió entrando, pero ya no avanzaba con tanta decisión.

No empujaba ni arrastraba, pero eso no lo hacía más reconfortante, ya que tampoco convenía romper las ventanas de los vagones, dado que el agua por fuera estaba en un nivel superior al del interior del mismo.

Alcanzaba la altura de los ojos, y ello, en la oscuridad, se volvía aterrador.

Segundos antes anunciaron por megafonía que «por seguridad de los pasajeros desconectaban todo el sistema eléctrico».

Todo quedó completamente sumido en la más opaca y lúgubre oscuridad.

A partir de aquel instante el caos se apoderó del interior de los vagones. Gritos, desesperación, pasajeros tropezando y agolpándose sin rumbo. Apenas unas cuantas linternas de móviles reflejando su luz sobre el agua ascendente… Pánico absoluto.

En San Juan de Letrán, el silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Desde las escaleras que condujeron a Cristo a su condena a muerte en la cruz, Archer lo notó al instante. No porque algo hubiera mejorado, sino porque algo había dejado de insistir con potencia.

—No ha terminado —dijo Bellori en voz baja.

No era una pregunta.

Titta observó el corredor vacío con una atención serena. Durante unos segundos pareció escuchar algo que los demás no podían percibir. Luego, se ajustó la gabardina con un gesto mínimo.

—Nunca termina del todo —respondió el verdugo — . Los ecos del pasado son los más dolorosos.

Tan dio un paso hacia él.

—Detenlo —exigió—. Si sabes cómo empezó, sabes cómo pararlo.

Titta lo miró por última vez. No con desprecio. Tampoco con lástima.

—No confundas sistema con voluntad —dijo—. Namtar ya no decide. Ahora solo quedan las consecuencias del destino. —Se inclinó ligeramente, casi como una cortesía antigua y añadió—: Roma siempre paga algo, aunque hoy no será todo. Pero será suficiente como aviso ejemplarizante para el mundo.

Y sin más, se alejó por el pasillo lateral. No corrió. No se ocultó. Simplemente dejó de estar donde podían alcanzarlo.

Tan quiso seguirlo, pero el comunicador vibró con una insistencia feroz.

—Treinta segundos —dijo la voz del dispositivo.

El tiempo se estaba agotando de forma inexorable y Clara, a unos pasos de Tan, agonizaba conforme se agotaba la cuenta atrás, como un paralelismo a lo que sucedía en el metro con la inercia del agua en ascenso.

La joven estaba entrando en parada.

Tan, con la mirada fijada en el suelo y la boca semiabierta, por la que casi ni entraba aire, parpadeó repetidamente al ser consciente de la situación tan complicada que tenía ante sí.

Y mientras, a lo lejos, decenas de personas aguardaban atrapadas entre estaciones, con el agua amenazando y el aire agotándose.

La realidad se imponía con una claridad cruel: El sistema había sido contenido en cierta forma, tal vez en tiempo, tal vez en repercusión…

pero lo cierto era que la ciudad aún no había quedado exenta de una fatalidad inminente.

El contador descendía sin piedad: Veinticinco segundos .