Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 88
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CAPÍTULO 88

El final.

E n San Juan de Letrán, Clara yacía sentada en el suelo, descansando el peso de su responsabilidad contra el sacro muro del Sancta Sanctorum, cubierta con una manta térmica sobre los hombros. Sus manos aún temblaban.

El dispositivo descansaba apagado sobre la piedra. No emitía luz. No marcaba el tiempo. No pedía nada.

Tan lo observaba desde unos pasos de distancia, recelaba que acercarse demasiado pudiera romper algo que todavía no entendía.

—No sé si lo he desactivado —dijo Clara en voz baja— o simplemente… lo he dejado sin motivo.

Tan asintió. No intentó corregirla. Sabía que no se trataba de técnica. Estaba convencido de que hubo algo más allá. «Algunos lo llamaríamos: milagro», pensó el periodista.

Bellori regresó desde el pasillo, con el teléfono aún en la mano.

—Están evacuando los trenes —anunció el sacerdote—. Hay afectados leves, sobre todo, gente en shock , pero… —apretó el puño de la otra mano por el cúmulo de emociones acumuladas y reveló—: están todos vivos.

La mirada de Tan se veía totalmente congelada, mientras por sus comisuras exteriores se deslizaban lágrimas de alivio.

—Entonces ha funcionado —sollozó el periodista.

Clara negó despacio.

—Ha dejado de insistir —corrigió.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue honesto y consciente.

Darrow seguía aturdido, atendido por personal sanitario. Respiraba. Nada más. Su cuerpo hubo decidido que ya había visto suficiente por una vida.

—Mateo… —empezó Bellori, y se detuvo.

Tan miró hacia el lugar donde hubo caído el joven. El cuerpo ya no estaba allí. Solo una mancha oscura sobre la piedra y el recuerdo de una decisión tomada por otros.

—No era un monstruo —dijo Tan—. Era alguien que necesitaba creer que el mundo tenía que romperse para tener sentido —lamentó.

Clara cerró los ojos.

—Eso es lo que hacen los sistemas, las sectas o las órdenes secretas cuando no tienen límites —relató—. Convencen a alguien de que la duda es una debilidad.

Tan la miró.

—Y tú, ¿no dudaste?

Clara abrió los ojos de nuevo.

—Sí —respondió—. Dudé todo el tiempo. Por eso… —calló, expiró y prefirió reservarse para sí el final de la respuesta.

La luz del amanecer empezaba a filtrarse por las rendijas altas del templo con una lánguida palidez, casi tímida, que se clavaba segundo a segundo en los ojos enrojecidos de ellos cuatro.

A lo lejos, Roma comenzaba a hacer lo que mejor sabía: continuar. Con cicatrices, con preguntas sin responder, con historias que nunca se contarían del todo.

Contra toda sensatez, el sistema Namtar no había sido destruido. Tan lo sabía. Clara también. Bellori lo intuía, y Darrow… Darrow todavía no era consciente.

Había sido contenido por algo que ningún diseño había previsto: una mirada sin voluntad de imponer.

—Cuando contemplé el rostro del Santísimo Salvador, lo que sucedió fue extraño. Su semblante cambió —confesó Clara.

—Salmo 17: « al despertar me saciaré de tu semblante» —recitó Bellori—. Cristo se fijó en ti, y su rostro demostró haberte reconocido, no por tu cara… sino por tu interior. Por tu bondad.

Mientras nadie más que Clara tuvo la capacidad de visualizar aquella mutación tan íntima entre ella y el Santísimo Salvador, quien sí lo percibió fue el dispositivo que operaba Namtar.

Así como cuando Tan encaró el aparato a la imagen no surgió resultado, cuando Clara, empujada por la verdadera fe, la que acompaña cuando ya no hay nada más en qué sostenerse, lo enfocó al tiempo que miraba con misericordia a los ojos de Cristo en la reliquia y, casualidad o milagro, el terminal decidió obedecer, como quien reconoce una orden divina que se decide a iluminar al elegido, en este caso la elegida: Clara.

Pero lo cierto fue que con Archer —que ni subió de rodillas ni rezó de la forma tan sincera como Clara hizo— no funcionó y, en cambio, con ella lo reconoció.

Pasados unos segundos, Archer elevó su mirada hacia el arquitrabe y leyó una inscripción, de la que antes, por la oscuridad no se hubo percatado, que rezaba:

—¿« Non est in toto sanctior orbe locus» ? ¿Qué significa, padre?

—Así es, « no existe en el mundo lugar más santo » —tradujo Bellori del latín.

—¿Acaso los Hijos de las Sombras pretendían derrumbar la santidad tan primigenia de este lugar? —preguntó Tan.

—Es la capilla privada de los papas, bajo la cual se esconde el archivo secreto Pontificio y, sucediendo así, habría sido el golpe más devastador para el cristianismo.

La fama de la basílica de San Pedro del Vaticano protege la discreta sacralidad de este lugar.

Pero en esta ocasión, ellos la han buscado corromper sin dejarse llevar por… ya sabes…

—¿El poder del Vaticano?

—No sabría cómo describirlo —respondió Bellori con reservas.

—Pues casi lo consiguen —completó Archer.

Bellori asintió y continuó:

—¿Y ahora qué?

Tan contempló el rostro del Santísimo Salvador una última vez. No buscó respuesta. No la necesitaba. Simplemente inclinó levemente la cabeza mostrando respeto a Cristo allí pintado.

—Ahora —dijo el periodista— hemos dejado constancia de que el límite existe.

Clara apoyó la cabeza contra el muro, exhausta.

—Y recemos para que nadie vuelva a olvidar por qué.

El dispositivo permaneció apagado en el Sancta Sanctorum y, bajo Roma, el agua siguió drenando lentamente, llevándose consigo siglos de acumulación, sin testigos ni ceremonias.

Clara bajó la mirada y, como si nada hubiera ocurrido:

—Ya está —dijo, sin solemnidad.

Tan, de pie, dio un paso adelante, incapaz de hablar durante un segundo, pronunció:

—¿Lo has detenido?

Clara negó despacio.

—Quién sabe. La fe no se puede entender —respondió.

Bellori se dejó caer de rodillas. No en oración. En agotamiento.

—¿Y Namtar? —preguntó el sacerdote.

Darrow, atendido por servicios médicos, reclamados por Rinaldi, dijo mientras lo elevaban en camilla:

—Los sistemas no mueren. Solo aprenden hasta dónde pueden llegar.

El silencio que siguió no fue miedo ni alivio. Fue algo nuevo. Algo frágil.

A lo lejos: sirenas, pasos, voces…

Pero lo que importaba en aquel instante: Roma seguía en pie. Y no porque hubiera sido juzgada, sino porque, por una vez, alguien se negó a ejecutar el veredicto. Y eso —aunque nadie lo escribiría en ningún libro sagrado— fue suficiente.

FIN