Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 82
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CAPÍTULO 82

Roma — San Juan de Letrán, corredor del umbral

E l temblor no cesó. Tampoco aumentó. Se mantuvo en una frecuencia incómoda, constante, como un pensamiento obsesivo que no termina de resolverse. Namtar no avanzaba, pero tampoco retrocedía. Seguía la espera.

Mateo no cesaba de apuntar a Rinaldi, pero su brazo ya no tenía la firmeza de antes. Aunque no por cansancio. Otra cosa… más peligrosa.

—No encaja —murmuró el joven.

Titta no respondió. Observaba. Siempre lo había estado haciendo hasta el momento. «Los sistemas no se dirigen, se leen». Y lo que estaba leyendo ahora no le gustaba.

Tan dio un paso atrás, con cautela, sin romper el contacto visual. No solo con Mateo, sino también con la situación. Sabía que cualquier gesto brusco sería interpretado como una declaración de intenciones, y las consecuencias serían fatales.

—Nunca fui yo —dijo Archer—. Y en el fondo lo sabes.

Mateo negó con la cabeza, como queriendo expulsar una idea indeseable.

—El sistema responde a la convicción —replicó—, a la coherencia interna. A alguien que no duda.

—Exacto —dijo Tan—. Por eso no te responde a ti ahora.

El suelo vibró con un pulso errático. No como un avance sino similar a una corrección fallida.

Mateo constriñó todos los músculos de la cara.

—Darrow manipuló los parámetros —planteó el joven—. Nos dejó creer que el rostro era solo una clave técnica.

—No —respondió Tan—. Te dejó creer que la clave eras tú.

El silencio fue absoluto durante un segundo. Y entonces ocurrió algo que Mateo no esperaba.

Tan abrió la mano. El fragmento del cuenco brilló apenas bajo los restos de luz temblorosa que accedían a duras penas. Era un azul profundo, denso. Contenía más de lo que mostraba.

—¿Sabes por qué el cuenco nunca fue solo lapislázuli? —preguntó Tan—. Porque el lapislázuli no juzga, absorbe.

Mateo frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Significa todo —replicó Tan—. Los ancestros siempre han creído que se trataba de un material que absorbía las energías negativas, los bloqueos mentales y, sobre todo, los pensamientos tóxicos.

Con un gesto rápido, preciso, Tan se llevó el fragmento a la boca y, a pesar de que el borde le causó un corte en la mucosa interior de ésta, no se detuvo. Mordió.

Bellori gritó su nombre.

—¡Tan!

Pero ya era tarde.

El periodista trituró el fragmento entre los dientes, con dificultad, hasta sentir cómo el polvo mineral se mezclaba con la sangre y la saliva. No lo engulló. Dejó que se disolviera lo justo. Lo suficiente.

Los allí presentes reaccionaron confusos.

Y de repente, el pulso subterráneo perdió sincronía. El metro emitió un quejido distinto. No se trataba de más presión, sino de un reajuste del sistema.

Mateo dio un paso atrás.

—¿Qué has hecho…?

Tan escupió el polvo restante en la palma de su mano. Azul, rojizo, vivo.

—Esto no activa nada —dijo—. Esto contamina la lógica del juicio.

Titta avanzó un paso.

—Estás interfiriendo —advirtió.

—No —corrigió Tan—. Estoy renunciando.

Y entonces miró a Mateo por primera vez sin desafío. Con algo peor.

—Tú la llamaste —reprochó el periodista—. No porque la necesitaras para ejecutar nada… sino porque el sistema la necesitaba para detenerte.

Mateo abrió la boca. No salió sonido.

—Clara no era la antena, ni ningún emisor, receptor o amplificador —continuó Tan—. Era tu límite, y por eso la envenenaste cuando bebió al lado de Portae Paradisi.

El suelo vibró de nuevo. Esta vez, con una cadencia irregular. Como un corazón con arritmia.

—No —corrigió Mateo—. Yo la traje porque… porque ella entendía el pulso…

—No —reiteró Tan—. La trajiste porque no quiere decidir nada. Porque no necesita tener razón.

El arma tembló en la mano de Mateo, y en ese instante, lo entendió todo: que Darrow no había dejado una clave; que no había rostro técnico; que no había activación limpia; que el sistema no se detenía por quien lo ejecutaba… sino por quien no deseaba hacerlo.

—Yo… —empezó el joven.

Titta ya hubo decidido, volvió a actuar como el verdugo de los Hijos de las Sombras. La punta de su paraguas golpeó el suelo con un sonido seco, el cual se conjugó con el disparo único que acababa de percutir. Un disparo preciso, sin más.

La bala lo atravesó sin ceremonia. Mateo dio un paso atrás, torpe, y luego cayó contra la piedra con un sonido hueco. La pistola que el joven amartillaba se le escapó de los dedos y rodó unos centímetros por el suelo, inútil, ajena ya a cualquier convicción.

Sus ojos quedaron abiertos y vidriosos, fijos en un punto que no ofrecía respuestas.

No hubo discurso final ni comprensión elevada, solo una certeza brutal que llegó tarde: no fue el ejecutor de nada, sino el instrumento.

Un joven brillante, perdido, devorado por una lógica que le prometió sentido y, en cambio, le robó la vida.

Los Hijos de las Sombras no lo hubieron elegido por su fuerza, sino por su vacío.

Y ahora, abandonado en el suelo frío de Letrán, Mateo no era un mártir ni un villano, sino lo que siempre había sido para ellos: un medio desechable, un pañuelo usado y arrojado cuando dejó de servir.

Entonces, mientras el cuerpo del joven Mateo se desangraba, el sistema respondió de inmediato. El pulso subterráneo se desordenó. El metro dejó de emitir vibraciones coherentes. Las luces del corredor vibraban con violencia.

Namtar no estaba activado. Estaba herido.

Titta bajó el arma con calma. No le causó ni el más mínimo estupor. Actuó como el Mastro Titta original, el que ejecutó a más de quinientos ajusticiados «apenas» dos siglos atrás.

—La convicción de Mateo se ha roto —apostilló Titta—. Y un sistema con un ejecutor que dude, o sin él, es solo una infraestructura oxidada.

Tan respiró con dificultad. Sentía sabor metálico y mineral por el polvo masticado, y un ardor que le abrasaba la garganta acompañaba el estupor causado al presenciar el cruel final de Mateo.

Sentía el cuenco recorriéndole el cuerpo como una fiebre lenta, y los dedos de sus manos se mostraban agarrotados por la tensión del asesinato por la espalda.

Bellori se arrodilló junto a Mateo. No para salvarlo. Para cerrar sus ojos.

—¡Ahora ya habéis conseguido destrozar a un ser humano! ¡Un joven que no debía nada! Él fue reclutado por vosotros y le envenenasteis el cerebro —expresó Archer con indignación—. ¿Y Clara qué? ¿También la vais a dejar morir? —preguntó con la voz rota.

Titta lo miró por última vez.

—Bueno, ya está —musitó, casi para sí—. Ahora es cuando el sistema decidirá si acepta el límite… o busca otro ejecutor.

Darrow, pálido, se balanceó hacia atrás. Bellori apretó la mandíbula, luchando por no moverse. Tan sintió un latigazo en el pecho; algo en la mirada de Titta le dijo la verdad: «un solo movimiento y habría dos cadáveres».

—¿Qué demonios…? —empezó Tan.

Titta levantó una mano.

—No me interesa lo que «sientes», Archer. Me interesa lo que viene —dijo, y se giró hacia el corredor, como si estuviera escuchando una música que los demás no podían oír—. Y viene ya.

Bellori degluyó.

—Aún no nos has dicho qué has hecho con Clara —insistió, más bajo, con la esperanza de que pronunciar su nombre pudiera invocarla.

La respuesta de Titta no fue una frase. Fue una pausa. Una pausa larga, fría, calculada.

—Clara no es una persona para ellos —dijo al fin—. Es un medio.

Tan dio un paso, solo uno.

—¿Dónde está?

Titta lo miró tratando del medir el grado exacto de desesperación que podía permitirse antes de romperlo.

—Aquí mismo —respondió de forma inesperada.

Y entonces se oyó el sonido: ruedas de goma rozando piedra. Un chirrido leve. Una camilla empujada con urgencia contenida.

Por el pasillo apareció una figura que no debería estar allí, en ese lugar, a esa hora: un sanitario sin insignias claras, la cabeza gacha, empujando una camilla envuelta en sombras, uno más de la tripulación de aquella falsa ambulancia.

Y sobre la camilla, apenas visible bajo una sábana manchada, una mano pálida tembló una vez…

como un último intento de recordar que aún había vida.

Titta avanzó dos pasos, tomó el lateral de la camilla y la giró hacia ellos con una autoridad que, sin embargo, no era médica, sino de mando.

Clara tenía los ojos entreabiertos. No enfocaban. Su boca buscaba, exhausta y sin fuerza, algo de aire que pudiera llegar hasta sus debilitados pulmones. El monitor que alguien había dejado conectado emitía un pitido irregular, cada vez más espaciado.

Tan se quedó sin voz.

—No… —exhaló.

Titta acercó su rostro a la oreja de Clara, presentía que le hablaba, aunque su mirada estaba fijada en Tan.

—¿Ves? —dijo—. La moneda llega siempre donde tiene que llegar.

Desde allí, se percibió cómo a lo lejos, bajo Roma, el metro quedó en silencio, aunque nadie se atrevió a celebrarlo porque la última decisión aún no había sido tomada.

Pero todavía una duda clave sobrevolaba el pensamiento de Tan. Tal vez aquel resquemor en la garganta que iba filtrándose en su flujo sanguíneo le estaba aportando más lucidez, lo cual le hizo formular una pregunta clave al sicario Titta:

—Hay algo que no entiendo… ¿Por qué tenéis un contador del caos si sabéis que, sin la activación de la máxima potencia, no va a ejecutarse vuestro plan de Namtar? —preguntó Tan mientras señalaba el dispositivo que yacía en la mano izquierda de Mateo.

—Efectivamente, necesitamos de su activación. Y debe salir de aquí mismo. —Tomó un respiro y continuó—: Veo que eres un hombre inteligente, y es que la cuenta atrás no es para Namtar.

Aquella frase cayó a plomo. Nadie esperaba esa respuesta. Un enigma más se clavó en el esquema de Archer, que quedó sin aliento.