Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 81
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CAPÍTULO 81

Minutos antes de la llegada de Tan y Bellori a San Juan de Letrán

R inaldi no miró el crucifijo del pasillo. Ni los frescos. Ni el mármol. En ese momento, el Vaticano era solo un laberinto que debía atravesar rápido.

Clara iba en camilla, con la piel pálida. El monitor emitía pitidos constantes, pero con un ritmo que parecía estar a punto de perder la disciplina. La mascarilla de oxígeno empañaba el plástico con cada exhalación, como si el cuerpo estuviera rindiéndose por fases.

—Sus constantes son inestables —dijo uno de los sanitarios sin levantar la vista—. Hay que trasladarla ahora.

Rinaldi tensó los maxilares.

—¿A dónde? —preguntó a secas.

El sanitario dudó lo justo…

—A un lugar seguro. Ya está coordinado.

Dos guardias suizos aparecieron en el cruce del pasillo. No era habitual verlos allí a esas horas, y menos escoltando una camilla. Pero esa noche nada era habitual.

—Ruta de servicio —dijo uno de ellos—. Por aquí.

Rinaldi siguió la camilla con el corazón golpeando en una frecuencia que no le gustaba. No sentía miedo, percibía otra cosa: la sensación de que el Vaticano, por primera vez en su vida, no controlaba su propio perímetro.

Llegaron a una puerta metálica de acceso restringido. Un guardia pasó una tarjeta, tecleó un código, y el cierre abrió con un clic limpio.

El aire nocturno los recibió con un golpe húmedo.

Fuera aguardaba una ambulancia con el motor encendido, sin sirena y sin luces. Aparcada, como esperando desde antes de que nadie tomara la decisión.

Rinaldi miró fijamente y sin pestañear.

—¿Por qué no está señalizada?

El guardia suizo no apartó la vista del exterior.

—Orden directa. Discreción.

Uno de los sanitarios empujó la camilla hacia la rampa trasera.

Rinaldi dio un paso para acompañarlos, pero el otro guardia levantó la mano, cortándole el paso con una autoridad silenciosa.

—Usted no.

—¿Cómo que no? —Rinaldi notó su propia voz más alta de lo que pretendía—. Soy el responsable de…

—Dentro, sí —dijo el guardia—. Fuera… no.

Rinaldi quiso protestar. Quiso exigir nombres, matrículas, autorizaciones. Pero el segundo sanitario ya estaba subiendo a Clara, ajustando el suero con movimientos excesivamente precisos.

La puerta se cerró. Y ese sonido —el golpe final del cierre— le dejó sin aire.

La ambulancia arrancó sin sirena.

Rinaldi se quedó mirando las luces traseras perderse en la calle oscura. Entonces ocurrió algo mínimo, casi absurdo.

El monitor que todavía se veía a través de la ventanilla trasera parpadeó una vez. Solo una. Algo hubo absorbido una parte de la señal.

Rinaldi miró al guardia suizo.

—¿Qué unidad es esa? —preguntó.

El guardia tardó un segundo en responder.

—La que nos dijeron.

Rinaldi sintió, por primera vez en años, una certeza incómoda: Aquella respuesta no era una respuesta.

Dentro de la ambulancia, el aire olía a plástico, metal caliente y un perfume demasiado limpio para un vehículo de urgencias real.

El conductor llevaba guantes negros. No miró al espejo. No miró a Clara. Conducía como si siguiera una ruta memorizada, sin improvisación.

—Estado —dijo una voz desde atrás.

—A punto de apagarse —respondió el sanitario alto, revisando el suero.

—No se apaga —corrigió el conductor, sin emoción—. Se abre.

El sanitario calvo prensó los labios.

—Se está muriendo.

—Y por eso sirve —dijo el alto.

Clara emitió un sonido mínimo, apenas un hilo de aire. Sus dedos temblaron un instante.

El conductor pulsó un botón oculto bajo el volante.

No hubo alarma. No hubo chispa. Solo un leve cambio en el zumbido del motor. Y una interferencia invisible que hizo que el monitor parpadeara de nuevo.

El sanitario alto inclinó la cabeza. Daba la sensación de que escuchaba algo que los demás no podían oír.

—La marca sigue activa —dijo—. Ya está indexada.

El calvo mostró preocupación:

—¿Y si no llega?

El conductor giró, por fin, ligeramente la cabeza. Sus ojos se veían tranquilos, sobremanera.

—Llegará —dijo—. La ciudad está preparada. La ruta once está despejada.

Y volvió a mirar al frente.

El paisaje de Roma pasaba como un túnel de luces y sombras.

A tres calles de distancia, una furgoneta oscura se incorporó al flujo nocturno sin encender las largas.

Al volante iba Titta. En el asiento del copiloto, Mateo no encontraba una postura para las manos.

Las apretaba, las soltaba, las volvía a apretar.

Su rostro estaba totalmente pálido, y los ojos fijos, sin moverse ni por el destello de las luces de la ciudad.

—Dijiste… —empezó, pero la voz se le quebró—. Dijiste que era para llevarla a un hospital.

Titta no lo miró.

—Dije «a un sitio seguro».

Mateo dudó:

—Esto no es seguro.

Titta dejó escapar una sonrisa mínima, sin humor.

—¿Seguro para quién, Mateo?

En el móvil de Titta apareció un mensaje sin nombre:

« OBJETIVO EN RUTA. INTERCEPTAR. LATERANO »

Mateo lo vio de reojo, y el estómago se le cerró.

—¿Viene con nosotros? —vaciló.

—Va donde el sistema escucha mejor —le corrigió Titta.

Mateo negó con la cabeza.

—Ella se está muriendo.

Titta aceleró suavemente para mantener la distancia exacta con la ambulancia.

—Justo por eso. Hay cosas que solo se «leen» cuando el cuerpo está al límite.

Mateo sintió náuseas.

—Yo no quería esto.

Titta lo miró por primera vez. No había ira. Había certeza.

—Lo sé. Por eso eres útil. Porque todavía te duele.

Delante, la ambulancia giró hacia una avenida amplia.

Titta activó el intermitente como un ciudadano ejemplar.

—Ahora calla —dijo—. Y observa.

Mateo entró en parálisis, sus pupilas absorbían las luces rojas de la ambulancia, lo sentía cual último aviso.

—Tan… —susurró, casi para sí— va a enfurecer.

Titta no respondió. Sólo siguió la ruta.