Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 80
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CAPÍTULO 80

Roma — San Juan de Letrán, corredor del umbral

E l pasillo parecía estrecharse conforme avanzaban los segundos.

Tan dio un paso, luego otro, con el fragmento del cuenco todavía hundido en la palma de su mano, sintiendo cómo el borde le abría la piel sin que llegara a dolerle de verdad.

Había aprendido hacía tiempo que «el dolor solo importa cuando aún queda margen para evitarlo».

Mateo no apartó la pistola de la espalda de Rinaldi.

—No hay más rodeos —dijo—. Darrow lo dejó claro. El sistema necesita un rostro.

Tan alzó la barbilla despacio.

—Y crees que es el mío.

Mateo no sonrió esta vez. Su expresión era otra cosa: pura expectativa, llegado el punto exacto donde todo lo demás deja de importar.

—No lo creo —corrigió—. Lo sé.

Bellori dio un paso hacia un lado, buscando un ángulo imposible. Titta ni siquiera lo miró. Permanecía atento al pulso del suelo, a la vibración mínima que ascendía por los muros como una respiración subterránea.

—El sistema está listo —dijo Titta—. Solo falta que alguien deje de esconderse detrás de excusas peregrinas.

Tan sintió el lamento del metro, no como un sonido, sino como una presión en la base del cráneo. Allí había cientos de personas, con los ojos abiertos al máximo y sin parpadear, por el terror que sentían en sus propias carnes.

—¿Y Clara? —preguntó Tan.

Durante una fracción de segundo, algo pasó por el rostro de Mateo. En su mirada se leía cálculo.

—Clara ya no importa. No es más que una interferencia —respondió—. Una anomalía útil hasta que deja de serlo. Y, el sistema no funciona con compasión.

—No. Pero se puede resolver con renuncia —dijo Tan, tratando de convencerle.

Mateo bruxó los dientes.

—Eso es romanticismo —replicó—. Darrow te infectó con esa idea porque necesitaba creer que había una salida limpia, y no la hay.

Titta dio un paso adelante por primera vez.

—Basta —ordenó—. El tiempo no negocia.

Señaló con el paraguas hacia el fondo del corredor, donde una antigua hornacina se abría como una boca de piedra.

—Ahí —dijo—. El punto de alineación. El nodo final.

Tan avanzó, ya que entendía que negarse ahora solo aceleraría algo peor. Rinaldi respiraba con dificultad, consciente de que él era poco más que un invitado en manos ajenas.

—Colócate —ordenó Mateo—. Mira al frente. No apartes los ojos.

Tan se detuvo delante de una pared desnuda. Entonces Mateo sacó un dispositivo móvil y se lo impuso frente a su rostro, como quien escanea un código QR.

—¿Así que esto es todo? —preguntó—. ¿Reducir siglos de historia a un gesto? —reprochó Tan.

—No —respondió Mateo—. Confirmarlos.

De nuevo el suelo vibró, Namtar recordaba cada poco tiempo que seguía adelante con su plan. El sistema eléctrico del metro lanzó un quejido prolongado, como un animal al que le quedaba poco tiempo para decidir si huir o embestir.

—Hazlo —exhortó Mateo—. Mira.

Tan elevó la vista.

Y durante un instante, nada ocurrió.

Ni luz. Ni revelación. Ni respuesta inmediata.

Solo una resistencia sutil. Un retraso casi imperceptible.

Mateo se mordió el labio inferior hasta sangrar.

—Otra vez.

Tan mantuvo la mirada. Sintió el fragmento del cuenco arderle en la mano. Reaccionó a algo que no terminaba de encajar.

—No creo que así consigas nada —vaticinó Bellori.

Titta se dio cuenta de que aquel no era el modus operandi , que lo más probable sería que, llegados a aquel lugar, donde las escaleras por las que Cristo ascendió para ser juzgado — aunque trasladadas desde Jerusalén—, la solución debía ser más simbólica.

Se trataba de salvar a la humanidad de sí misma.

—¿Qué está pasando que no acertáis? —se jactó Bellori.

Mateo dio un paso atrás, sin darse cuenta.

—No… —protestó—. No debería ser así.

Titta clavó los ojos en Tan.

—Aparta el fragmento —ordenó—. Está interfiriendo.

Tan no se movió.

—No soy yo —dijo—. Nunca lo fui.

El silencio se tensó como un cable a punto de romperse.

Mateo miró a Tan. Luego al fragmento. Luego, por primera vez, miró hacia atrás… hacia la dirección donde sabía que Clara había sido llevada.

La comprensión llegó tarde, pero inequívoca.

—No… —repitió—. No puede ser ella.

El suelo vibró de nuevo. Esta vez con un pulso desordenado. El sistema no avanzaba. Tampoco retrocedía. Estaba atrapado en un punto muerto.

—Mateo —dijo Titta en voz baja—. Concéntrate.

—Darrow mintió —dijo mientras le temblaban los dedos—. Nos dejó creer que…

—Darrow no mintió —le interrumpió Tan—. Tú completaste la frase que querías oír.

Un pitido lejano, agudo, atravesó la piedra desde las profundidades del metro. Una señal de fallo inminente.

Mateo respiró hondo. Por primera vez desde que todo había empezado, necesitó convencerse en voz alta:

—El sistema necesita convicción —dijo—. Y yo la tengo.

Pero ya no sonaba igual.

Titta lo observó con atención quirúrgica.

Y en ese instante, Tan lo supo: no era el sistema el que estaba a punto de colapsar. Era Mateo, a quien las dudas lo apresaban en ese instante de punto de no retorno.

Y algo, en algún punto bajo Roma, empezó a reaccionar a esa grieta.

De momento, el contador descendió otro nivel invisible: Cinco minutos .