Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 79
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CAPÍTULO 79

Meses atrás — Roma / Trastevere

Noche

M ateo no recordaba haber llamado a nadie.

Y, sin embargo, cuando bajó del taxi, alguien le esperaba.

No hubo cita formal. Tampoco dirección exacta.

Solo una calle estrecha, mal iluminada, donde el ruido del tráfico se disolvía en pasos lejanos y conversaciones ajenas.

Un lugar que no invitaba a quedarse… ni a huir.

—Llegas tarde —dijo el hombre sin mirarlo.

Vestía de oscuro. Gabardina cerrada. Paraguas apoyado en el suelo, aunque no llovía. No parecía mayor, pero tampoco joven. Era una edad difícil de fijar.

Mateo se detuvo a dos metros.

—No nos conocemos.

El hombre sonrió apenas.

—Eso nunca ha sido un requisito.

Se dio la vuelta. Su rostro no tenía nada memorable. Y, sin embargo, resultaba imposible ignorarlo. No por autoridad. Por la certeza con que se expresaba.

—¿Eres compañero de Darrow? —preguntó Mateo.

—No —respondió—. Yo no estudio sistemas. Yo observo cuándo dejan de funcionar.

Mateo no se movió.

—Entonces no tengo nada que hablar contigo.

—Eso ya no depende de ti —dijo el hombre—. Depende de lo que estás empezando a entender.

Silencio.

—Has leído a Darrow —continuó—. Lo suficiente como para saber que el mundo no colapsa por maldad, sino por acumulación de excusas.

Mateo tensó el mentón.

—¿Quién eres?

El hombre tomó el paraguas y lo apoyó bajo el brazo, como parte de su cuerpo.

—En otra época me llamaron Mastro Titta —dijo—. Hoy no importa el nombre. Importa la función.

Caminaron. No juntos, pero en la misma dirección. Nadie parecía reparar en ellos.

—Roma ardió —prosiguió Titta—. Y sobrevivió. No porque fuera inocente, sino porque supo reconstruirse sin fingir que no había hecho falta el fuego.

Mateo lo miró por primera vez con atención.

—¿Me estás diciendo que la destrucción fue necesaria?

—Te estoy diciendo que fue coherente —corrigió—. Nerón no fue un loco. Fue un síntoma. El error fue no reconocerlo a tiempo.

Mateo se detuvo.

—Eso es justificar el horror.

Titta se volvió despacio.

—No —contradijo—. Es negarse a seguir fingiendo que el horror no tiene causas estructurales.

Un coche pasó. De él emanaban risas… Vida normal.

—Darrow cree que los sistemas deben contenerse —continuó—. Tú ya has entendido que eso solo pospone el colapso.

Mateo sintió una incomodidad precisa, que lejos de rabia o miedo, era el principio de la asunción, como aquel que en una negociación ya sabe que quiere comprar, pero lo único que le queda por saber es el precio que va a pagar.

—¿Qué quieres de mí?

Titta lo observó como una herramienta bien diseñada.

—Nada —respondió—. El sistema no necesita seguidores. Necesita coherencia.

Sacó del bolsillo interior de la gabardina un objeto pequeño. No lo mostró del todo. Solo lo suficiente.

—¿Sabes cómo se llama cuando una civilización llega al punto en que ya no puede mentirse sin romperse?

Mateo negó.

—Namtar —dijo Titta—. No es castigo. Es ejecución de una decisión que ya ha sido tomada muchas veces… pero nunca asumida.

Mateo sintió se estremeció. No por el nombre. Por la lógica.

—Darrow te habló de sistemas antiguos —continuó—. De rituales, de nodos y de obeliscos. Pero no te dijo lo esencial.

—¿El qué?

—Que todos fallaron por lo mismo —respondió Titta—. Porque al final siempre apartaban la mirada.

Se acercó un paso más.

—Tú no la apartas.

Mateo no respondió. Estaba paralizado.

—No te pediremos fe —añadió Titta—. Ni obediencia. Solo que no finjas duda cuando llegue el momento.

—¿Y si me equivoco? —expresó Mateo con el rostro de haber sido hipnotizado.

Titta sonrió por primera vez. Sin crueldad. Únicamente con calma, y le dijo:

—Eso es lo extraordinario. El sistema no distingue entre razón y error. Solo entre convicción y renuncia.

Mateo bajó la vista un segundo. Cuando volvió a alzarla, algo se hubo fijado en su interior.

—¿Y qué pasa con los inocentes?

Titta no respondió de inmediato.

—Roma nunca fue inocente —dijo al fin—. Solo fue eficaz.

Le tendió la mano. No como pacto. Como constatación. Aunque Mateo no la estrechó. No hizo falta.

Esa noche no sellaron ningún acuerdo. No fue necesario. El sistema no se activaba con promesas. Se activaba cuando alguien dejaba de pedir permiso para pensar.

—Por cierto, aquí te dejo un regalo por las molestias del viaje —le extendió una bolsa de tela negra con algo en su interior—. No es necesario que lo abras ahora. Espero que lo disfrutes.

Y al alejarse, decidió ver qué había en el interior de aquella bolsa misteriosa… Era sólido. Cuando lo sacó se dio cuenta de que se trataba de un libro, en la tapa del cual rezaba el siguiente título: « El guardián entre el centeno» .

Mateo arqueó las cejas, sorprendido por aquel regalo espontáneo. Desconocía el porqué del detalle. Todavía no era consciente de la influencia que aquel libro habría llegado a ejercer entre algunos de los criminales más afamados de la historia reciente.

Tras tanta atención, tras la recepción expresa y las palabras reveladoras de Titta, el joven comprendió algo que Darrow nunca habría aprobado: no estaba siendo utilizado. Estaba siendo reconocido.