CAPÍTULO 78
Roma — San Juan de Letrán, salida lateral
T an avanzó con el fragmento del cuenco cerrado en el puño, sin mirarlo.
Sentía que algo tan pequeño podía ser de un valor incalculable, y no por su coste, sino por todo aquello para lo que podría ser de utilidad.
A su lado, Bellori seguía sosteniendo el peso inerte de Darrow con ayuda de uno de los muros, respirando con dificultad, dado que el aire de la cámara parecía haber reducido su carga de oxígeno desde que el sistema hubo confirmado su consciencia.
—Tenemos que volver al Vaticano —dijo Tan—. Ahora.
Bellori levantó la vista. Tenía los ojos húmedos, pero no por fe, sino por comprensión de todo lo que se estaba desencadenando. Una sucesión trágica que se les escapaba de las manos y de la que, parecía, habían perdido el control a cada instante en que algo, o alguien, se interponía en su camino.
—Sólo queda una solución. Con este fragmento… —empezó Tan.
—No si… —le cortó Bellori— es lo único que tenemos.
Un nuevo temblor recorrió el suelo, más prolongado que los anteriores. Pese a que no fue violento, fue definitivo. El tipo de vibración que anuncia un colapso.
Tan echó a andar hacia la salida lateral. Bellori lo siguió, dejando atrás la cámara del juicio, como quien abandona una sala donde ya se ha pronunciado algo que no se puede retirar.
La puerta cedió con una facilidad excesiva. El pasillo estaba en penumbra. Las luces de emergencia proyectaban sombras largas y deformadas sobre las paredes. A mitad del corredor, Tan se detuvo en seco.
—Algo no va bien —sospechó.
No fue una intuición. Fue la ausencia de ruido. Ningún guardia, ninguna voz, ningún paso…
Entonces lo oyó:
—Tan.
La voz venía del fondo del pasillo. Era la de Rinaldi.
—¡Rinaldi! —respondió Archer avanzando un paso—. ¿Qué haces aquí? ¿Y Clara?
La figura emergió de la sombra despacio. Rinaldi caminaba rígido, con las manos ligeramente separadas del cuerpo. Detrás de él, a escasos centímetros, una pistola apoyada contra su espalda.
La sostenía Mateo.
—No te acerques más —dijo el joven perturbado, con voz tranquila—. No quiero errores ahora.
Bellori sintió cómo se le helaba la sangre.
—¿Dónde está Clara? —insistió Tan sin levantar la voz.
Mateo ladeó la cabeza, casi con curiosidad y respondió:
—Ya no donde tú crees. Se la han llevado. —Emitió una leve carcajada y dijo—: Entraron sin violencia, no te preocupes. Al fin y al cabo, ella no opuso resistencia —ironizó—. Además, sabían exactamente a dónde ir —resaltó con arrogancia.
Tan cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no había rabia en ellos. Había cálculo.
—La estás usando como palanca —dijo Archer.
—No —corrigió Mateo—. La estoy usando como prueba. —Avanzó un paso más, manteniendo el arma firme— El sistema está incompleto —continuó—. Le falta activar el último nivel, la última potencia. Y tú tienes algo que puede interferir.
Su mirada descendió al puño cerrado de Tan, y exhortó:
—Dámelo.
Bellori dio un paso adelante.
—Esto no es lo que crees —dijo el sacerdote—. No se trata de activar nada.
Mateo sonrió apenas.
—Eso es lo que siempre decís antes de que alguien se atreve a hacerlo.
Tan, sin moverse del sitio le advirtió:
—Si activas la potencia máxima —dijo—, no habrá corrección. Habrá una ejecución masiva.
Súbitamente otra figura irrumpió en la escena y confirmó lo que Mateo estaba a punto de decir:
—Exacto. Roma lleva siglos posponiendo eso.
De oscuro, con su gabardina hasta los tobillos y el paraguas negro en mano. Era Mastro Titta.
De repente, el suelo vibró de nuevo. Esta vez, más cerca, más inmediato. Como el anuncio de una premonición precedida de una presencia suprema.
—Siete minutos —añadió Mateo—. El metro ya no es solo un nodo. Es el receptor principal.
Rinaldi habló con la voz rota:
—Mateo…, esto no es justicia.
—Nunca lo fue —respondió el joven.
—Es coherencia —completó Titta.
Mateo alzó la pistola un poco más.
—La clave —exigió—. Dámela o la próxima decisión no la tomarás tú.
Tan entendió entonces la jugada completa. Clara no era solo rehén. Tal vez era la única mirada capaz de contener el sistema… y la única que Mateo no podía controlar.
—No sabes lo que estás pidiendo. Clara se está muriendo, y no eres capaz de dejarnos con ella para tratar de salvarla —dijo Tan.
—Sí, lo sé —respondió Mateo—. Pero llevo tiempo esperando este momento de redención humana.
El pasillo pareció estrecharse. Las luces parpadearon una sola vez. A lo lejos, bajo toneladas de piedras, el lamento del metro se transformó en algo distinto a un sonido; era un pulso sostenido.
Mateo dio un paso atrás, arrastrando a Rinaldi con él.
—Decide —dijo el joven—. O Roma lo hará por ti.
Tan, que no acababa de asimilar cómo Mateo hubo caído en manos de esa organización oscura, exprimió con fuerza el fragmento del cuenco dentro del puño, hasta sentir el borde rasgar la piel de la palma de su mano.
Y por primera vez desde que todo había empezado, comprendió la verdad completa: «El sistema no exige una respuesta correcta. Exige una renuncia».
Y el contador seguía descendiendo: Seis minutos .