Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 77
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CAPÍTULO 77

Roma — San Juan de Letrán

D arrow respiraba con dificultad. Cada inhalación era un cálculo, cada exhalación una concesión. Tan se agachó a su lado, esta vez sin prisa. Sabía que las palabras que iban a pronunciarse no podían acelerarse sin romper algo esencial.

—Dijiste que no vino solo —recordó Tan—. Dijiste que alguien más le habló de necesidad.

Darrow asintió apenas. Su rostro no mostraba dolor, sino algo más inquietante: claridad tardía.

—Yo le hablé de sistemas —dijo el profesor—. De patrones. De límites. —Hizo una pausa— Pero no fui yo quien le enseñó a aceptar el precio.

Bellori arrugó la mirada.

—¿Quién? —preguntó el clérigo.

Darrow se contuvo un instante y anunció:

—Mastro Titta.

El nombre cayó en la cámara como una piedra en agua profunda.

—Eso es una leyenda —dijo Bellori—. Historia romana.

—No —corrigió Darrow—. Es una continuidad.

Tan se incorporó lentamente:

—Explícalo.

Darrow apoyó la cabeza contra la pared de piedra.

—Roma nunca ha destruido sin reconstruir —dijo—. Ni siquiera cuando ardió. Especialmente entonces. Nerón no incendió Roma por locura —continuó—. Eso es propaganda posterior. El fuego fue un método. Un borrado selectivo. Eliminó barrios enteros para rehacer la ciudad desde una lógica distinta.

Sonrió sin humor y prosiguió:

—El problema no fue el incendio. Fue el precedente.

Bellori comprendió:

—Destruir para ordenar.

—Lo has entendido —asintió Darrow—. Mastro Titta no es un hombre. Es un rol. Un transmisor de la idea de que la destrucción puede ser un acto fundacional… —pausó un instante para respirar con dificultad y concluyó—: si se hace con convicción absoluta.

—¿Y Mateo? —preguntó Tan.

—Mateo no buscaba poder —respondió Darrow—. Buscaba coherencia. Y Mastro Titta le ofreció algo que yo nunca habría hecho: una genealogía moral.

Darrow tomó aire antes de continuar:

—Le habló de Namtar no como un dios, ni como un demonio… sino como un sistema romano.

—¿Romano? —repitió Tan.

—Roma siempre tuvo sistemas que no figuraban en ninguna ley —reveló Darrow—. Infraestructuras paralelas. Hidráulicas, simbólicas, judiciales. Namtar es la convergencia de todas ellas. No está en un objeto. No está en una cámara. Está distribuido.

Bellori alzó la vista.

—¿Dónde?

Darrow levantó una mano temblorosa y señaló el suelo.

—Bajo Roma. En el agua. En los nodos que la atraviesan. En los obeliscos que amplifican. En los túneles que conectan. —Hizo otra pausa y culminó—: El metro no es una víctima colateral, es parte del circuito.

Tan dejó caer su mirada un segundo.

—Entonces Namtar no se activa…

—Se sincroniza —terminó Darrow—. Y necesita consciencia para completarse.

El lamento lejano del metro volvió a escucharse.

Bellori habló en voz baja:

—¿Y el cuenco?

Darrow tardó en responder. Luego, con esfuerzo, llevó la mano al interior de su abrigo. Sus dedos buscaron algo con cuidado obsesivo. Extrajo un pequeño fragmento envuelto en tela, sólido y áspero. Sin brillo.

—No cayó entero al Tíber —dijo—. Durante el forcejeo, se fracturó.

Desenvolvió la tela lo justo para que Tan viera el interior azul profundo, atravesado por vetas metálicas.

—El cuenco nunca fue solo de lapislázuli puro—continuó—. Era una aleación ritual. Mineral, metal y algo más que no hemos identificado del todo.

Aun ciego, dirigió su rostro hacia Tan:

—En dosis pequeñas… no juzga…

En aquel instante, un pinchazo en el pecho no le dejó continuar. Estaba muy afectado físicamente, hasta el punto que perdió la conciencia en aquel instante. Su cabeza cayó en seco apoyada sobre su propio hombro.

Bellori contuvo la respiración y acto seguido exclamó:

—¡Darrow!

Ambos trataron de devolverle la conciencia abanicándole y dándole ligeros golpes en sus mejillas. Pero no hubo modo alguno. Se encontraba débil, tanto que aquel pedazo del cuenco que sostenía en la mano se desprendió de ésta y cayó escaleras abajo.

Tan, en cuanto vio aquella piedra azul a cinco metros de sí, sintió el peso de la decisión caerle encima de golpe.

En cuanto el periodista se reincorporó para recuperarlo, su comunicador vibró.

—Ocho minutos —murmuró Tan.

El suelo vibró una vez más. Más fuerte. Más consciente. Y en ese instante, Tan bajó rápidamente hasta alcanzar el fragmento del cuenco, y cerró el puño con fuerza una vez en su mano.

—Tenemos que irnos a dar solución a esto —dijo Tan.

—¿Adónde? —preguntó Bellori, todavía aguantando el tronco superior de Darrow.