Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

Ciudad del Vaticano — corredores internos / Roma

E l monitor emitió un pitido sensiblemente largo. Luego descendió. No fue una caída brusca. Fue peor: una pérdida lenta, obstinada. El cuerpo de Clara había empezado a soltar amarras una a una.

—Está entrando en fallo sistémico —dijo el médico, sin levantar la voz—. No responde a estímulos externos.

Tan dio un paso adelante, pero Rinaldi lo detuvo con una mano firme en el pecho.

—Si la mueves ahora, la pierdes.

Tan selló los labios con firmeza. Miró a Clara. Su respiración era apenas perceptible. No parecía dormida. Parecía ausente.

—Entonces dime qué cojones hacemos —exigió entre sollozos y rabia.

El Papa estaba de pie, apoyado en el respaldo de una silla. Acababa de envejecer diez años en una hora.

—Elegir —dijo—. Y aceptar que no todo se puede sostener a la vez. El resto lo dejaremos en manos del Padre.

En ese instante, el guardia suizo que avanzó el incidente del metro irrumpió, de nuevo, con más información que acababa de recibir por radio.

—Santidad, Línea B. Son varios trenes los que han sido detenidos entre Coliseo y San Giovanni. Hay más pasajeros atrapados en túnel de lo que pensábamos. El suministro eléctrico está entrando en fase inestable.

El silencio cayó como una losa.

—¿Tiempo? —preguntó Tan.

—Quince minutos para evacuación segura. Después… nadie puede garantizar nada.

Bellori se santiguó en silencio.

—Es ahora —murmuró el sacerdote—. El juicio en el lugar del juicio.

Tan se dirigió al Papa:

—No es un atentado. Es un ultimátum.

Su Santidad asintió y apuntó tras una breve reflexión:

—Nos están obligando a mirar donde no queremos.

Rinaldi giró la cabeza hacia Mateo y le reprochó:

—Tú sabías que llegaríamos aquí.

Mateo no respondió de inmediato. Observaba el monitor de Clara, impasible.

—Sabía que el sistema no se completa sin presión —dijo al fin—. Y no hay presión más honesta que con el uso de vidas reales.

Tan avanzó hacia él en dos zancadas.

—¿Honesta! ¡Estás hablando de gente atrapada bajo tierra!

Mateo sostuvo la mirada sin pestañear.

—Estoy hablando de evitar algo peor.

—No hay nada peor que esto —insistió Archer.

—Eso es lo que crees porque aún piensas en términos individuales —respondió Mateo—. El sistema piensa en conjunto.

El médico levantó la voz por primera vez.

—Señores, la paciente no va a aguantar mucho más.

Tan se volvió hacia él.

—¿Cuánto?

El médico dudó.

—No sabría asegurar. Minutos, quizás una hora, antes de daño irreversible.

Tan cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.

—Rinaldi —dijo el periodista—, tú te quedas con Clara.

—Tan…

—No es negociable. Si hay una mínima posibilidad de estabilizarla, pasa por el cuenco.

El Papa asintió de nuevo.

—Yo le indicaré el acceso —dijo—. No habrá escolta. No habrá margen de error.

Tan se giró hacia Bellori.

—Vienes conmigo.

—¿Al metro? —preguntó el sacerdote.

—A Letrán —respondió Tan—. Si el cuenco cura y el cuadro activa, necesitamos ambos fuera del tablero.

Mateo, impasible, incidió:

—Llegas tarde.

Tan se volvió.

—¿Cómo!

Mateo, posicionado al lado de la puerta y guardando cierta distancia de los demás, alzó lentamente la mano derecha. En ella, un pequeño dispositivo negro.

—He adelantado el reloj —dijo—. El sistema no espera a quienes dudan.

En ese instante, todas las luces de la estancia parpadearon.

El monitor de Clara descendió otro punto.

—¡Se la está llevando! —gritó el médico.

Rinaldi se lanzó hacia la cama.

—¡Clara! ¡Clara, escúchame!

No hubo respuesta.

El Papa avanzó hacia Mateo.

—Hijo… aún estás a tiempo.

Mateo negó despacio.

—Eso es lo que os decís siempre para no actuar.

Tan sintió algo frío asentarse en el estómago.

—No vas a salvar el mundo —dijo el periodista—. Vas a demostrar que tenías razón.

Mateo lo miró con una calma aterradora.

—Exacto.

Un nuevo aviso entró por el comunicador del guardia.

—Su Santidad… Los trenes han quedado bloqueados. Hay más de doscientas personas atrapadas.

Bellori suspiró:

—Dios mío…

—No invoques a Dios ahora —replicó Mateo—. Él ya decidió no intervenir.

Tan avanzó hacia la puerta.

—Vámonos —ordenó a Bellori—. Ahora.

Rinaldi levantó la vista.

—¿Y el metro?

Tan se detuvo antes de aproximarse a Mateo y dijo:

—Si resolvemos el patrón, quizás podremos resolver cómo detener el sistema entero —cerró el puño—. No habrá detonación. No habrá agua. No habrá juicio.

Mateo rio suavemente.

—Eso es lo que Darrow creyó durante años.

Tan se giró hacia Mateo y le dijo:

—Darrow sabía algo que tú no.

—Ah, ¿sí?

—Que nadie sale limpio de sostener la mirada.

Mateo ladeó la cabeza.

—Eso ya lo he aceptado.

El Papa habló con voz firme.

—Mateo. Si cruzas ese umbral, no habrá absolución posible.

Mateo dio un paso atrás, hacia la sombra del pasillo.

—No la quiero —respondió y desapareció.

El silencio que dejó fue absoluto.

—Se ha ido a Letrán —dijo Bellori.

—Pero ¿dónde?

—Tal vez busca apoderarse de algo, de lo más sagrado —respondió el Papa.

El médico interrumpió.

—¡La perdemos!

Tan miró a Clara por última vez. Su rostro estaba sereno. Impertérrito.

—Aguanta —rogó—. Solo un poco más.

Rinaldi oprimió los labios.

—Si fallamos…

—No fallamos —dijo Tan—. Llegamos antes.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos. Bajo Roma, el agua seguía moviéndose. No con furia. Con propósito.

Y en algún punto entre el Coliseo y San Giovanni, doscientas personas esperaban, sin saber que se habían convertido en el argumento final de una decisión que llevaba milenios aguardando a ser tomada.