CAPÍTULO 70
Años atrás — aula universitaria
Londres
L a sala rezaba medio vacía. No porque la clase no interesara, sino porque no figuraba en ningún programa oficial. No había créditos. No había evaluación. Solo un título escrito con tiza en la pizarra:
« Sistemas que sobreviven a sus dioses »
Darrow no estaba sentado. Nunca lo estaba.
Caminaba despacio frente a los pupitres, con las manos a la espalda, medía el espacio antes de ocuparlo.
Solía agachar la cabeza ligeramente antes de lanzar cada frase, como si las baldosas envejecidas del suelo que pisaba le apuntaran para reforzar cada argumento.
Fue entonces cuando se colocó el dedo índice de su mano derecha en los labios, elevó la mirada y dijo:
—La humanidad no teme al fin del mundo —aseguró sin preámbulos, con el desgastado y fino hilo de voz que titubeaba por el pasar de los años—. Teme al juicio.
Nadie levantó la mano. Nadie tomó apuntes.
En la tercera fila, Mateo apoyaba un libro sobre el pupitre: El guardián entre el centeno .
No lo ocultaba. Tampoco lo subrayaba. Lo tenía allí como quien deja una declaración de intenciones.
Darrow lo vio.
—Curiosa elección —comentó—. Holden Caulfield odiaba la falsedad, pero no supo qué hacer con ella.
Mateo alzó la vista.
—Porque no hay salida —respondió—. Solo evasión.
Algunos alumnos se removieron incómodos. Darrow sonrió apenas.
—Eso creen los que confunden corrupción con caos —comentó el profesor—. Pero los sistemas no colapsan por desorden. Colapsan por exceso de tolerancia.
Mateo cerró el libro con suavidad y preguntó:
—¿Está diciendo que la humanidad necesita corrección?
Darrow se detuvo frente a él.
—Estoy diciendo que toda civilización que se niega a juzgarse a sí misma delega ese juicio en algo peor —respondió—. El azar. La catástrofe. La extinción…
Mateo sostuvo la mirada y preguntó:
—¿Y quién decide cuándo se ha cruzado el límite?
Darrow tardó un segundo más de lo habitual en responder.
—Siempre alguien que no quiere hacerlo.
El silencio se volvió denso.
—¿Y si nadie quiere? —insistió Mateo.
Darrow inclinó la cabeza, como aceptando la pregunta.
—Entonces decide el sistema —dijo—. Y el sistema no tiene piedad.
Uno de los estudiantes rio nervioso.
—Eso suena… a fascismo.
Darrow giró lentamente.
—No —corrigió—. El fascismo cree en el poder humano absoluto. Esto es justo lo contrario. Es aceptar que el humano solo puede ejecutar… no justificar.
Mateo abrió de nuevo el libro.
—Los asesinos que leyeron esto antes de matar —dijo el joven— no lo hicieron por la violencia. Lo hicieron porque entendieron que el mundo estaba lleno de farsantes.
Darrow lo miró con una mezcla de interés y cautela.
—Y todos ellos confundieron diagnóstico con derecho —respondió—. Vieron la enfermedad… y se creyeron médicos.
Mateo sonrió por primera vez.
—¿Y usted no?
Darrow no sonrió.
—Yo solo estudio los instrumentos —respondió el profesor—. Nunca los uso.
Se acercó a la pizarra y escribió una sola palabra:
« VER »
—Los sistemas antiguos no se activaban con fe —continuó Darrow—. Se activaban con una mirada capaz de sostener la verdad sin apartarse.
—¿Como un juicio? —preguntó Mateo con aire de zozobra en el timbre de su voz.
—Como un espejo —respondió Darrow—. El problema no es quién mira… sino quién es capaz de seguir mirando cuando entiende lo que ve.
La campana no sonó. La clase terminó sin más aviso que el de Darrow, a quien parecía no gustarle que los demás alumnos acercasen sus conocimientos en desarrollo hacia esa turbia profundidad.
Cuando los alumnos se marchaban, Mateo permaneció sentado.
Darrow recogía sus papeles.
—Profesor —dijo Mateo—. ¿Y si alguien estuviera dispuesto a cargar con ese peso?
Darrow se detuvo. No se giró.
—Entonces —respondió—, habría que preguntarse si esa persona busca salvar algo… o demostrar que tenía razón.
Mateo cerró el libro, se levantó y apostilló:
—A veces es lo mismo.
Darrow lo miró por fin.
—No —replicó con firmeza—. Nunca lo es.
Mateo salió del aula. Sobre el pupitre quedó el libro olvidado. Darrow lo tomó y leyó una frase subrayada a lápiz:
«La gente siempre piensa que hay una razón para todo »
Lo cerró despacio y auguró:
—Y ahí empieza el verdadero peligro.
Darrow permaneció unos segundos más en el aula vacía.
No era la primera vez que aquella conversación se repetía con variaciones mínimas.
En los últimos meses, distintos alumnos —brillantes, inquietos, peligrosamente lúcidos— hubieron formulado preguntas parecidas.
No iguales, pero rimaban las unas con las otras.
Y eso era lo que empezaba a inquietarle de verdad.
Hubo llegado a aquellas clases siguiendo una intuición académica, casi arqueológica.
Al principio todo había sido teoría: sistemas hidráulicos rituales, ciudades construidas sobre capas de juicio, obeliscos como amplificadores simbólicos, no como monumentos.
Después llegaron los textos. Tablillas fragmentadas.
Referencias cruzadas entre Sumeria, Roma y Bizancio.
Y, finalmente, algo que no figuraba en ningún manuscrito: Un patrón ni matemático ni religioso, humano.
Darrow hubo comprendido que los sistemas antiguos no fallaban cuando se perdía la fe, sino cuando alguien estaba dispuesto a ejecutar sin dudar.
Aun llevándose a cabo un ritual, con algún objeto o reliquia, la convicción absoluta era el verdadero detonante.
La certeza de estar en lo correcto incluso a costa de todo lo demás. El poder de la sugestión.
Eso era lo que estaba empezando a ver en algunos de ellos.
En Mateo, en particular, hubo detectado algo distinto. No fanatismo. No rabia. Algo más limpio. Más frío. Una lógica que no pedía permiso ni buscaba consuelo. Y esa lógica era compatible con los instrumentos que estaba estudiando. Demasiado compatible.
Por primera vez desde que hubo dado inicio a sus investigaciones, Darrow sintió una sospecha incómoda: tal vez no estaba desenterrando un sistema muerto, sino reconstruyendo el manual de uso de algo que nunca dejó de esperar.
Recogió su abrigo, apagó la luz del aula y cerró la puerta con cuidado.
Mientras caminaba por el pasillo, una idea errática le atravesó con la claridad de una sentencia: «El problema no será quien active el sistema. Será quien esté dispuesto a justificarlo».
Y por primera vez, Darrow entendió que su papel no sería culminar ningún descubrimiento, sino avisar antes de que alguien lo utilizara.