CAPÍTULO 69
Roma — subsuelo / Línea B del metro
E l primer aviso no fue ninguna explosión.
Los trenes de la Línea B redujeron su velocidad casi al mismo tiempo, como obedeciendo una orden invisible que hubiera recorrido los raíles, antes que cualquier señal eléctrica.
En los túneles, las luces parpadearon una sola vez.
No se apagaron. Titubearon. Algo las hubo tocado sin decidirse aún.
En el vagón, la gente levantó la cabeza a la vez.
—¿Qué pasa? —preguntó alguien.
El convoy se detuvo con un chirrido seco, metálico, que resonó por el túnel como un lamento antiguo. Las puertas no se abrieron.
Un pitido breve anunció un mensaje que no llegó.
Y entonces, el agua empezó a gotear, aunque no a borbotones ni de forma violenta. Una gota, otra, otra más desde el techo del túnel, justo en el tramo entre Coliseo y San Giovanni.
En el Vaticano, Tan sintió el cambio antes de que nadie hablara. No fue una visión ni una intuición mística. Fue algo físico. Un desplazamiento mínimo en el aire, como cuando una tormenta decide por fin dónde va a descargar.
—Ha empezado —anunció.
Rinaldi ya estaba mirando una de las pantallas. Los sensores de presión hidráulica, superpuestos al mapa de Roma, acababan de registrar una anomalía leve… pero perfectamente alineada.
—No es un colapso —confirmó el anciano—. Es una preparación.
El Papa prensó los párpados.
—El sistema no destruye de golpe —avanzó—. Primero encierra.
El guardia suizo habló con el auricular pegado al oído.
—Confirmado. Trenes detenidos en varios tramos. Especialmente alrededor del Coliseo. Hay pasajeros atrapados.
Tan apretó los dientes con dureza.
—¿Cuántos?
—Aún no lo saben. Pero por la hora y el día que es hoy… —dudó—. Pueden haber no miles, pero sí cientos.
El monitor de Clara emitió un pitido agudo, breve, como una réplica del subsuelo.
Tan se volvió hacia la cama.
—No me mires así —le susurró el periodista—. No voy a elegirte a ti contra ellos.
Mateo, que hubo permanecido en silencio durante demasiado tiempo, habló:
—Eso es exactamente lo que vas a tener que hacer.
Tan se giró como un resorte.
—¿Qué has dicho?
Mateo dio un paso hacia la mesa donde aún se proyectaba el plano de Roma. Señaló los nodos.
—El metro no es el castigo —dijo el joven—. Es la prueba.
—¿Prueba de qué? —preguntó Bellori, quien aguardaba un mal gesto en las facciones de su rostro.
Mateo lo miró con una calma que resultó insoportable.
—De si el mundo merece seguir funcionando igual.
El Papa alzó la voz, grave.
—¡No tienes autoridad para decir eso!
Mateo sonrió apenas y redobló el tono.
—¡¡Nadie la tiene!! ¡¡Y aun así… siempre alguien decide!!
—Esto está fuera de quicio —recriminó Rinaldi y preguntó rápido—: ¿Darrow? ¿Esto viene de él?
Mateo tardó un segundo en responder. Solo uno.
—Darrow entendió algo que vosotros os negasteis a aceptar —dijo—. Que el equilibrio no se reza. Se ejecuta.
Tan lo miró fijamente.
—¿Dónde está el cuenco? Necesitamos saberlo ya.
Mateo sostuvo la mirada.
—No donde crees.
El silencio se tensó.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Tan.
Mateo no respondió. No hizo falta. El monitor de Clara volvió a descender un punto. Lento. Implacable.
El Papa habló con voz cansada, definitiva:
—Si el patrón se completa, el agua buscará salida. No solo en el metro. En toda la ciudad baja.
Tan lo entendió al instante.
—Los nodos —recordó—. Los obeliscos.
—Y el Tíber como eje —añadió Rinaldi.
Mateo asintió.
—Roma como modelo —dijo—. Si aquí funciona, funcionará en cualquier parte.
Tan dio un paso hacia él.
—No vas a salir de aquí.
Mateo negó despacio.
—Ya lo he hecho.
En ese mismo instante, una alarma secundaria sonó en la sala. El acceso quedó restringido en la puerta de servicio. Demasiado tarde.
De otro lado, bajo tierra, en el túnel, el agua empezó a subir por los raíles. No corría. Pero avanzaba sin frenos.
La gente comenzó a ponerse en pie. Gritos. Golpes contra las puertas. Un niño empezó a llorar.
En el fondo del túnel, algo vibró, pero no hubo derrumbe alguno; fue resonancia.
En el Vaticano, sin verlo todavía, Tan comprendió la verdad con una claridad brutal:
Mateo no quería que se destruyese Roma. Quería demostrar que el reset era inevitable. Y para eso, se necesitaban dos cosas: Un cuenco para dictar el veredicto y una ciudad llena de testigos atrapados bajo tierra.
Tan miró al Papa y le pidió:
—Dígame cómo acceder a Letrán. Ahora.
El Papa lo miró a los ojos y le respondió:
—Si cruzas ese umbral, ya no volverás siendo el mismo.
Tan pensó en Clara. En el metro. En Roma respirando agua.
—Nunca lo hacemos —contestó.
El contador seguía corriendo: Dieciocho minutos .