CAPÍTULO 68
Ciudad del Vaticano — dependencias privadas
E l monitor no pitaba con regularidad. Ese fue el primer detalle que Tan percibió al entrar.
No fue el olor a desinfectante, ni la luz blanca, limpia, ni la presencia silenciosa de dos médicos vaticanos que hablaban en susurros junto a una mesa auxiliar.
Fue el ritmo. Irregular. El cuerpo de Clara ya no seguía un patrón humano, sino uno impuesto desde fuera.
Tan se detuvo en seco al verla.
Estaba pálida. La piel casi translúcida; la sangre empezó a retirarse de su superficie. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. El pecho subía y bajaba con un esfuerzo mínimo, calculado y ajeno.
—Está empeorando —dijo uno de los médicos, sin dramatismo—. No responde a la medicación como debería. Su sistema nervioso parece… distraído.
Tan mascó con impotencia hasta sangrarle las encías.
—¿Distraído por qué? —preguntó al fin el periodista.
El médico dudó. Miró al Papa, que observaba la escena desde un lateral, con las manos entrelazadas.
—Está como atendiendo a otra cosa —respondió al fin el doctor—. Algo que no está aquí.
El Papa asintió con solemnidad.
—Gracias. Déjenos solos.
Los médicos obedecieron sin protestar. Los guardias suizos permanecieron a una distancia prudente. El silencio que quedó no fue íntimo. Fue expectante.
Tan se acercó a la cama y tomó la mano de Clara.
Estaba fría.
—No tienes permiso para irte —le rogó Tan—. No así.
No hubo respuesta. Solo un leve descenso en la línea del monitor. El sistema parecía haber registrado la intención… y haberla descartado.
Rinaldi habló desde el fondo de la estancia.
—No va a mejorar —dijo—. No mientras el sistema siga activo.
—Entonces apágalo —dijo Tan sin levantar la vista.
—No es un interruptor —contestó Rinaldi, después de que hubo cerrado los ojos un segundo.
—Siempre hay uno —replicó Archer—. Solo que a veces lo llaman sacrificio.
El Papa dio un paso adelante y corrigió:
—O decisión.
En ese instante, uno de los guardias se acercó con cierta rapidez contenida. Llevaba un dispositivo en la mano.
—Santidad —dijo—. Ha llegado esto por los canales que nos indicaron.
El Papa lo tomó. No preguntó de dónde venía. No hizo falta.
Tan levantó la cabeza.
—¿Qué es?
El Papa leyó en silencio. Una sola vez. Luego apoyó el dispositivo sobre la mesa y habló:
—Es un mensaje de los Hijos de las Sombras.
Mateo, apoyado contra la pared, levantó la vista por primera vez desde la caída de Clara.
—¿Qué dicen? —preguntó.
El Papa pulsó la pantalla y el mensaje se proyectó. No había imágenes de sangre. No había símbolos exagerados. Solo texto blanco sobre fondo negro.
« No habrá mártires, sólo pasajeros. El juicio no se anuncia, se ejecuta para salvarnos .»
El silencio se volvió físico.
Tan sintió cómo algo se le cerraba en el pecho.
—El metro… Van a hacerlo allí —dijo el periodista.
—No es casual —incidió Bellori y avanzó un paso—. El Metro y ejecución. Sangre antigua y juicio. Roma mirando hacia dentro.
Rinaldi asintió.
—Es el último aviso. No quieren negociar. Quieren que corramos.
—¿Tiempo? —preguntó Tan.
El guardia respondió tras consultar el dispositivo.
—Veintisiete minutos.
Archer soltó la mano de Clara despacio y se incorporó.
—Entonces no vamos a poder llegar a todo —lamentó Tan.
El Papa lo miró.
—No. Tendrán que elegir.
De nuevo Mateo sonrió apenas. Una sonrisa mínima, casi imperceptible. Como disfrutando de vivir esa situación tan extrema.
—Eso siempre es lo más honesto —aseguró el joven.
Tan se giró hacia él con brusquedad.
—¿De qué coño estás hablando?
Mateo sostuvo la mirada.
—De que no se puede salvar todo —respondió—. Nunca se ha podido.
El Papa intervino antes de que Tan reaccionara.
—Hay algo más —dijo—. Si el metro es el detonante, entonces lo que falta no es energía, sino un patrón. Y esas últimas palabras… « para salvarnos ».
Rinaldi entendió al instante:
—La mirada.
—La mirada ¿de qué?, ¿de quién? —comentó Tan frunciendo el ceño.
El Papa asintió.
—Del único que puede salvarnos desde la divinidad. No puede ser más que la Aquerópita del Salvador.
Bellori, con rostro serio, completó:
—El rostro no pintado por manos humanas…
—No —corrigió el Papa—. El rostro que no juzga… hasta que se le obliga a hacerlo.
Tan recordó las notas de Darrow. Fragmentos sueltos. Una frase que siempre le había incomodado.
—«El sistema no se activa con fe» —repitió—. «Se activa con una visión».
Rinaldi lo miró.
—Darrow lo sabía.
—Y alguien más —añadió Tan, girándose lentamente hacia Mateo.
Mateo no apartó la mirada.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Ahora vas a mirarme así?
—Siempre has sabido leer mecanismos —dijo Tan—. Demasiado bien…
Mateo soltó una breve risa.
—Seguía una lógica.
—Demasiada evidencia y facilidad. No seguías a un youtuber. Seguías un plan —le reprochó Archer.
El Papa alzó la voz por primera vez.
—¡Basta!
El silencio volvió a caer.
—Si quieren activar el patrón completo —prosiguió Su Santidad—, necesitan el código que no está escrito. El que solo puede leerse… mirándolo.
—El rostro como mapa —dijo Rinaldi—. Las proporciones. Las sombras. La asimetría.
Tan comprendió.
—No es un cuadro. Es un algoritmo visual.
Bellori elevó la nariz.
—Dios como interfaz…
Mateo dio un paso adelante.
—O como excusa.
Tan lo señaló.
—¿Desde cuándo piensas así?
Mateo tardó en responder. Pero cuando lo hizo, no dudó.
—Desde que entendí que el mundo está podrido —reprochó—. Y que no se cura con parches.
El monitor de Clara emitió un pitido largo. Descendió. Luego se estabilizó… apenas. ¿Y si aquella fue la señal de que la joven hubiera escuchado la declaración de Mateo y hubiera querido reprenderle?
Tan miró a la cama.
—Esto la está matando.
—No —respondió Mateo—. Esto está revelando lo que siempre ha sido inevitable.
Rinaldi dio un paso hacia él.
—Todos somos hijos de Dios.
Mateo soltó una carcajada seca.
—Tú no estás en posición de hablar de hijos —replicó—. Eres parte del sistema que bendijo guerras con metal arrancado de sus propios templos.
Tan intervino, con la voz baja pero firme.
—No tienes derecho.
Mateo lo miró con frialdad absoluta.
—Tengo convicción. Que es justo lo que hace falta.
—Entonces el tiempo se ha acabado —dijo el Papa, y acto seguido agachó la cabeza y expulsó el aire que quedaba en sus pulmones de un soplido.
Fuera, en algún punto bajo Roma, el agua empezó a moverse. No con violencia; de nuevo, con intención.
Y en el monitor, la línea de Clara descendió un punto más.
Tan entendió la verdad con una claridad devastadora: El cuenco podía actuar contra el sistema y el cuadro podía activarlo y desactivarlo.
Y Mateo… Mateo estaba dispuesto a pagar cualquier precio. Incluso si ese precio fuera Clara.
El contador seguía corriendo… Veintidós minutos .