CAPÍTULO 67
E l Papa, llegado aquel instante, no tuvo más remedio que revelar la verdad que hasta el momento nadie se hubo planteado.
—El cuenco de lapislázuli no pertenece a nuestra tradición —apuntó Su Santidad—. Y, sin embargo, lleva siglos bajo nuestra custodia.
—¿Custodia? ¿Desde cuándo? —preguntó Tan con el ceño arrugado.
El Papa apoyó ambas manos sobre la mesa y, tras una profunda respiración, reveló:
—Desde que Roma entendió que no todo lo que se hereda puede ser destruido… ni comprendido.
Bellori afinó la mirada. Ya intuía lo que iba a oír.
—En las tablillas más antiguas —prosiguió Su Santidad—, el lapislázuli no funcionaba como mero adorno. Era el material reservado a lo irrevocable. A lo que no admite réplica.
Rinaldi asintió:
—En Sumeria solo los dioses y los jueces supremos lo usaban.
—De hecho —el jefe del estado del Vaticano asintió y completó la aportación de Rinaldi—, el cuenco no era un recipiente ritual en el sentido moderno.
No se llenaba de agua bendita ni de la sangre de Cristo.
Se llenaba de decisión. Se utilizaba en ceremonias de ajuste —continuó con aquel lenguaje abstracto—.
No para destruir, sino para corregir. Cuando una civilización había roto un equilibrio que no sabía recomponer, el cuenco servía para pronunciar un veredicto que no podía ser revocado.
Mateo alzó una ceja.
—¿Y quién pronunciaba ese veredicto? —preguntó el joven.
—Un humano —respondió el Papa—. Siempre un humano.
—¿Entonces no se trataba de un instrumento divino? —apreció Tan.
—No —admitió Su Santidad—. Era algo peor… Tenebroso. —Inspiró y completó—: El cuenco no decide. Obliga a decidir.
—Por eso nunca lo usamos —puntualizó Bellori con voz quebrada—. Nosotros no somos Dios para hacer ejecutar lo juzgado.
El Papa asintió:
—Comprendimos algo que Sumeria no quiso aceptar: ningún hombre, ningún sacerdote, ningún rey, ningún profeta debería cargar con el derecho de decidir quién merece ser corregido. Eso está en manos de Dios.
—¿Y por qué lo quieren ahora? —preguntó Tan.
—Porque creen que el mundo ya ha sido juzgado — respondió el Papa con los ojos cerrados.
Rinaldi completó la idea:
—Y porque necesitan una voluntad que no dude.
—Un reset —dijo Mateo con una leve sonrisa—. Un reinicio… limpio.
El Papa giró la cabeza hacia él.
—No, hijo —corrigió con firmeza—. No es limpio… Definitivo.
Tan amartilló los puños.
—Entonces el cuenco no es el arma —dedujo el periodista.
—No —dijo Su Santidad—. Es la pregunta final. Y alguien está convencido de que ya tiene la respuesta. Va por delante y nosotros necesitamos ese cuenco. —Levantó la vista, cansado pero lúcido— Tal vez sea la solución para ayudar a Clara.
El Papa guardó silencio unos segundos más de lo necesario.
—El cuenco fue retirado de su pedestal —dijo al fin—. Lamentablemente no fue robado.
—¿Cómo? ¿Lamentablemente? —preguntó Archer estupefacto.
—Lo peor es que fue sustraído… con consentimiento —aclaró.
Tan mostró todas las facciones de su rostro paralizadas.
—¿De quién!
—Del último Papa que comprendió lo que significaba custodiarlo —respondió—. No protegerlo del mundo… sino proteger al mundo de quienes lo buscan.
Rinaldi bajó la mirada. Bellori le siguió el gesto.
—El pedestal que ustedes vieron —continuó Su Santidad— nunca fue su emplazamiento definitivo. Era un punto de paso. Un lugar visible para quienes supieran mirar… pero no el lugar del veredicto.
Mateo ladeó la cabeza y preguntó lo mismo que Archer con gran interés:
—Entonces ¿dónde está?
El Papa levantó la vista lentamente.
—El lugar de Roma donde siempre se ha juzgado. Ni en el Vaticano ni en San Pedro… En la catedral madre. La archibasílica. La sede del obispo de Roma. El lugar desde donde, durante siglos, se ha decidido qué es ley… y qué es condena.
Rinaldi añadió, en voz baja:
—San Juan de Letrán. El lugar al que se llevó y se sitúa la Scala Sancta. Los escalones por los que Cristo subió para ser juzgado por Pilatos —recordó.
—Sí —confirmó el Papa—. No es una alegoría. Es una advertencia histórica.
Tan mordió con fuerza.
—¿Dónde exactamente?
El Papa no respondió de inmediato. Extendió la mano hacia una de las pantallas y activó un plano antiguo del complejo lateranense. Capas de estructuras se superpusieron; criptas, cámaras selladas, escaleras que no figuran en ningún plano público.
—Bajo la archibasílica —dijo—. No en una cripta funeraria. En una cámara previa a la consagración cristiana del lugar.
Bellori alzó la vista, sobresaltado.
—¿Una cámara… romana?
—Pre-romana —corrigió el Papa—. Un espacio que Roma no construyó. Solo reutilizó.
Mateo silbó entre dientes.
—Allí —continuó Su Santidad— se guardaban los objetos que no podían destruirse ni usarse. Los romanos lo llamaban locus iudicii . El lugar donde se decide antes de ejecutar.
Tan comprendió.
—Por eso Darrow nunca lo buscó directamente —supuso el periodista—. Porque sabía que no podía tocarlo sin cruzar ese umbral.
—Y porque sabía —añadió Rinaldi— que cualquiera que entrara allí con una convicción absoluta… saldría convertido en ejecutor.
El Papa asintió.
—Por eso solo yo conozco el acceso exacto. Y por eso nunca se escribió. Ni se dibujó ni se transmitió completo.
—¿Y por qué hasta ahora? —preguntó Mateo.
—El tiempo que ha de venir ya está llegando y dejó de permitir el silencio —aseveró Su Santidad—. No hay margen. El cuenco ya no puede esperar mucho más sin un veredicto. Y Clara menos. Sus constantes vitales están a punto de apagarse.
Y mientras los pasos apresurados de los sanitarios seguían resonando por los pasillos del Vaticano, Tan comprendió la verdad final: El cuenco no estaba escondido para que nadie lo encontrara, estaba escondido para que, llegado el momento, alguien tuviera que decidir para qué merecía ser usado.