CAPÍTULO 66
Ciudad del Vaticano — dependencias internas
D e repente un golpe seco silenció la sala.
No hubo convulsión ni gesto previo. Ninguna advertencia sobrenatural.
Simplemente, la joven acababa de dar un paso atrás y, sobre una alfombra carmesí, con motivos que se entrelazaban en sus bordes, sin ni siquiera dándole tiempo a exhalar ni pedir ayuda, Clara apareció tirada, en el suelo, sobre aquélla, despojada de su consciencia.
—¡Clara! —gritó Tan.
Todo ocurrió a la vez y, al mismo tiempo, demasiado despacio.
Tan se arrodilló junto a ella, sosteniéndole la cabeza. Su piel estaba fría. Los ojos entreabiertos, sin foco, dirigían su mirada hacia algo que no estaba allí… o que se encontraba en la lejanía.
—Clara, mírame —dijo, con la voz quebrada—. Clara, por favor.
No hubo respuesta.
Uno de los guardias suizos reaccionó al instante. Otro ya estaba hablando por el comunicador, en voz baja pero firme, usando códigos que Tan no comprendía.
— Emergenza medica. Livello interno. Richiediamo assistenza immediata.
El Papa se levantó por primera vez desde que Tan había entrado en la sala.
No fue un gesto teatral. Fue el movimiento cansado de alguien que ya sabía que este momento iba a llegar.
Bellori se acercó despacio, temía alterar algo solo por respirar de cerca.
—¿Respira? —preguntó.
Tan asintió, aunque la duda le atravesó el pecho:
—Sí… pero es irregular.
Uno de los guardias se arrodilló al otro lado y tomó el pulso con precisión entrenada.
—Está débil.
Mateo observaba desde atrás. No se acercó. No se arrodilló ni preguntó nada.
—Esto no es un desmayo —dijo Rinaldi de pronto, con una certeza que heló la sala—. Es agotamiento por resonancia.
Tan alzó la vista.
—Explícate.
Rinaldi contrajo los maxilares con fuerza y detalló:
—El sistema está activo. Incompleto, pero activo. Clara ha estado funcionando como… interfaz.
—¿Cómo que interfaz? —preguntó Tan.
—Como un punto de conexión —aclaró Rinaldi, con la voz tensa—. El lugar donde el sistema y la mente humana se cruzan. Es decir, lo que uno emite, el otro lo procesa… y lo amplifica dentro de ella.
El Papa cerró los ojos un instante.
—Entonces el tiempo ya no es una hipótesis —dijo—. Es una variable en descenso y cada vez más escaso.
Clara emitió un leve gemido, apenas audible. Tan pulsó su muñeca con los dedos.
—¿Qué le está pasando? —exigió saber el periodista.
Rinaldi respondió sin rodeos:
—Mientras falte la pieza final, el sistema buscará compensación. Y ella es el punto más sensible.
Bellori palideció.
—La está… usando.
—No —corrigió Rinaldi—. La está midiendo.
Las puertas se abrieron de nuevo. Dos sanitarios entraron empujando una camilla, rápidos, silenciosos, con la eficiencia de quien sabe que cada segundo cuenta.
—Vamos a trasladarla —dijo uno de ellos—. Necesitamos monitorizarla ya.
Tan se apartó solo cuando no tuvo elección. Observó cómo la colocaban con cuidado, cómo le conectaban sensores, cómo el pitido irregular del monitor llenaba la estancia con un ritmo que no prometía nada bueno.
Antes de que se la llevaran, Clara abrió los ojos. Solo un segundo. Y buscó a Tan.
—No… —titubeó ella—. No es aquí.
Tan se inclinó sobre la joven.
—¿Dónde, Clara? Dime dónde.
Sus labios temblaron.
—El cuenco… —dijo—. No está en Roma.
El pitido se aceleró.
—¿Dónde? —insistió Tan, desesperado.
Clara agarró la mano de Tan con la punta de los dedos, con la poca fuerza que le quedaba en aquel momento.
—Algo me habla dentro de la cabeza y… —trataba de explicar con apenas un desgastado hilo de voz— me dice que está… «donde el juicio no fue humano».
Los sanitarios se la llevaron.
El silencio que quedó no fue de shock . Fue de comprensión.
El Papa habló al fin:
—El cuenco de lapislázuli.
Tan se incorporó lentamente.
—¿Dónde? —preguntó.
Rinaldi y Bellori se miraron ante esa pregunta que quedó suspendida en el aire.
Mateo emitió una extraña mueca, nada acorde a lo que se estaba allí viviendo, pero nadie se percató… porque todos estaban demasiado ocupados intentando salvar a Clara.