CAPÍTULO 65
Ciudad del Vaticano — dependencias internas
E l acceso no fue limpio. Ni silencioso. Ni autorizado en el sentido estricto de la palabra.
Tan cruzó el primer control casi por inercia. Un gesto seco, una mirada directa, su pasaporte mostrado como credencial, y sin detenerse lo suficiente como para permitir una comprobación real. El guardia suizo levantó la mano tarde, más por protocolo que por convicción.
—Un momento, señor…
Tan no se detuvo.
—Jonathan Archer. FDP —dijo, sin girarse—. Dígale a quien haga falta que ya llego tarde.
El nombre hizo su trabajo. No como una llave, sino como una grieta. Al segundo control ya lo esperaban. Dos miembros de la Gendarmería Vaticana intercambiaron una mirada rápida. Uno de ellos habló por el auricular. El otro se apartó medio paso.
—Le acompañamos.
—No —respondió Tan—. Ya me acompaña la falta de tiempo.
No fue una amenaza. Fue una constatación. Y siguió avanzando.
El Vaticano de noche no se parecía al de los turistas. Se veía todo más sobrio, gris. Había pasillos largos, suelos que devolvían el eco exacto de cada paso, luces funcionales, paredes muy limpias para una institución que cargaba con siglos de secretos.
Tan notaba cómo las miradas se acumulaban a su espalda. Sabía que en aquel momento estaba siendo observado, identificado, registrado. Pero también sabía algo más inquietante: nadie lo estaba deteniendo de verdad.
Eso era lo que más le molestaba.
Llegó al ala donde se encontraban las dependencias asignadas a Bellori. Un guardia joven le bloqueó el paso.
—No puede pasar —dijo con voz firme, aunque los ojos le temblaron al reconocerlo—. Hay una reunión en curso.
Tan dio un paso más.
—Precisamente por eso.
—Señor Archer, se lo ruego…
Tan apoyó la mano en el marco de la puerta, inclinándose apenas hacia él.
—Escúchame bien —dijo Archer en voz baja—. Si ahora mismo alguien dentro está tomando decisiones sobre Roma sin toda la información… entonces no es una reunión. Es una irresponsabilidad histórica.
El guardia vaciló. Un segundo… Dos.
La puerta se abrió desde dentro.
Bellori apareció en el umbral. No estaba sorprendido. Estaba tenso.
—Déjale pasar.
Tan entró.
La estancia era sobria, más funcional que ceremonial. Una mesa larga. Documentos abiertos. Pantallas encendidas con mapas, esquemas hidráulicos, referencias antiguas superpuestas a la topografía contemporánea de Roma.
Y al fondo, había alguien más en la sala. Allí estaba, sentado con las manos entrelazadas, de blanco impoluto.
—Su… ¡Su Santidad! —exclamó Tan ahogado por la sorpresa.
El Papa no se levantó. No hizo falta. Su sola presencia alteró la temperatura de la habitación.
Tan se detuvo en seco y enmudeció.
Por primera vez en toda la noche, no supo qué decir.
—Señor Archer —dijo el Papa con voz cansada, pero firme—. Nos conocemos por circunstancias que ninguno habría deseado.
Tan recuperó el aire.
—Santidad… —empezó—. Yo…
—Lo sé —interrumpió—. Viene buscando a Rinaldi.
Tan giró la cabeza.
Rinaldi, que seguía allí, de pie, ligeramente apartado, con el rostro serio, agotado, no tenía el gesto de quien ha sido descubierto. Tenía el gesto de quien lleva horas sosteniendo un peso que no puede soltar.
—Así que aquí estabas —dijo Tan, con la rabia todavía vibrándole en el pecho.
Rinaldi lo miró sin bajar la cabeza y confesó:
—Aquí es donde debía estar.
—¿Mientras Roma ardía? —reprochó Tan.
—Mientras Roma era advertida —corrigió el Papa—. Hay una diferencia significativa.
Tan cargó los puños.
—¿Sabían que iba a pasar? —preguntó con rabia.
Rinaldi respondió antes que nadie:
—Sabíamos que podía pasar. Y sabíamos algo peor: que no es el ataque final.
El Papa hizo un gesto leve. En una de las pantallas apareció un esquema de Roma. Los obeliscos estaban marcados como nodos. Líneas invisibles los conectaban. El Tíber aparecía resaltado como una arteria viva.
—Lo que han visto esta noche —dijo Su Santidad— no es destrucción… al menos todavía. Es sincronización.
Tan se acercó despacio a la mesa.
—¿El reset ? —preguntó Archer.
Rinaldi asintió:
—Está activo —dijo—. Pero incompleto.
—¿Qué falta? —preguntó Tan algo menos iracundo.
El silencio fue pesado. Bellori, que acababa de entrar segundos después de Archer, bajó la mirada. Rinaldi tardó un segundo más de lo necesario en hablar.
—Una voluntad humana consciente —dijo al fin el anciano—. Un ejecutor que no duda.
—Eso no lo hace un dios —murmuró Tan y sintió un frío seco recorrerle la espalda—. Es una persona con la mente enferma.
—Así es —confirmó el Papa mirándole directamente.
—Enfermo, pero parece que sabe bien lo que se hace —apostilló Mateo, comedido ante la presencia de Su Santidad, después de haber estado observando.
Tan asintió y pensó en Clara, en el pulso, en los símbolos, en los mecanismos que Mateo descifraba tan bien.
—¿Y si alguien ya se ha ofrecido? —preguntó Archer.
—Entonces el tiempo que nos queda es mínimo —respondió Rinaldi mientras sostenía su mirada.
El Papa apoyó las manos sobre la mesa y dijo:
—La Iglesia no puede detener esto sola. Ni debe hacerlo. Pero puede entregar lo que ha protegido durante siglos. —Hizo una pausa— Archivos. Mapas. Accesos. Llaves que nunca debieron existir…
Tan levantó la vista y preguntó:
—¿Por qué a mí?
El Papa no sonrió.
—Porque usted no busca salvar una institución —respondió y se movió ligeramente, tratando de buscar una posición más cómoda—. Busca decidir qué merece ser salvado.
La frase cayó como una confirmación terrible.
Rinaldi dio un paso adelante.
—Tan… —dijo—. Lo que venga después de esta noche va a exigir algo más que fe o razón.
El periodista asintió lentamente:
—Va a exigir elegir —dijo—. Y aceptar el precio.
Fuera, en algún punto de Roma, el agua volvió a moverse. El reset no había comenzado aún, pero ya sabía quién podía terminarlo.