CAPÍTULO 64
T an mordió con ímpetu ante la acusación de Mateo y, aunque puso la duda a sobrevolar la conciencia de Archer, conjugó:
—No creo que haya provocado esto —dijo el periodista—. Pero sí creo que sabía que iba a pasar.
Bellori bajó la mirada.
—¿Y si temía que pasara… y fue a intentar detener algo más grande?
Mateo negó despacio y comentó:
—O a asegurarse de que ocurriera como estaba previsto.
Tan lo miró.
—¿Desde cuándo piensas así?
Mateo sostuvo la mirada solo un segundo antes de apartarla.
—Desde que todo esto dejó de parecerme improvisado.
Clara no respondió a las palabras de Mateo. Decidió avanzar unos pasos, alejándose del límite del cordón. Y allí, en la base de un muro antiguo parcialmente descubierto por las labores de extinción, algo llamó su atención.
Era la ausencia de algo; un símbolo incompleto.
Donde debería de haber una vieja inscripción —una cruz erosionada, un número de obra, una marca técnica romana— la piedra estaba limpia.
No se veía rota. Ni quemada. Estaba pulida, con indicios de que alguien se hubiera tomado el tiempo de borrar solo eso. Algo se veía allí iniciado.
Lo primero que se distinguía era una espiral. Apenas profunda. Casi tímida. Pero no se abría hacia fuera como las decoraciones rituales habituales. Giraba hacia dentro, cerrándose sobre sí misma, como un remolino que no arrastra, sino que absorbe. No había violencia en ese trazo. Había corrección.
Clara contuvo la respiración.
—Es… eso —carraspeó—. Es el mismo patrón.
Nadie le preguntó a qué se refería. Todos sabían que hablaba del pulso. De la sensación que el agua le provocaba. La misma cadencia. El mismo giro interno, contenido, hacía intuir que el mundo estuviera ajustándose sin pedir permiso.
En el centro de la espiral, atravesándola de arriba abajo, aparecía una línea vertical.
Su rectitud se quebraba por una leve desviación, casi imperceptible, tal vez quien la hubiera trazado habría aceptado que el equilibrio perfecto no existe.
No dividía el símbolo en dos mitades iguales. Lo descompensaba de hecho.
Bellori se inclinó, acercando la cara a la piedra.
—Esto… —expiró—. Esto no es cristiano.
Pasó el dedo por el aire, sin tocarla.
—Es una forma primitiva del eje del mundo. Aparece en tablillas muy antiguas. Representa el punto donde se decide… no donde se crea.
Tan levantó la vista.
—¿Decidir qué?
Bellori no respondió enseguida.
—Qué permanece —dijo al fin—. Y qué se corrige.
A ambos lados de la línea central, casi como un detalle que uno podría pasar por alto si no mirara con atención, había dos pequeñas muescas.
Irregulares. Asimétricas. No parecían decorativas.
Tampoco formaban un símbolo reconocible por sí mismas.
Pero incomodaban, no eran ojos ni pretendían serlo.
Sin embargo, daban la impresión de observar desde ángulos distintos.
Mateo arrugó el entrecejo sin darse cuenta.
—Da mal rollo. Parece que esté hecho para que sepamos que alguien ya haya mirado por nosotros —sugirió.
El silencio volvió a caer. La piedra no ardía. No estaba caliente pese al incendio cercano.
Clara dio un paso atrás y afirmó:
—No es una amenaza. Es una constatación.
Tan asintió lentamente.
—Dudo que hayan venido a simplemente avisar —concluyó—. Han venido a marcar.
Uno de los bomberos, al oírlo, intervino sin darle demasiada importancia:
—Sí, nos ha extrañado. Todo alrededor está afectado… menos ese punto. Como que el fuego no ha querido tocarlo.
Mateo se agachó ligeramente, fingiendo atarse el cordón de la zapatilla. Observó la zona con precisa atención técnica.
—O como si se hubiera detenido ahí —especuló el joven— a propósito.
Tan lo miró.
—¿Qué quieres decir?
—Eso debe ser calor aplicado y retirado antes de completar el proceso —explicó Mateo—. Como una rosca que no se termina de girar. Si lo hubieran querido fundir… estaría negro del todo.
Tan se incorporó lentamente. La idea le empezó a encajar con una claridad incómoda.
—Totalmente. No han dejado únicamente su marca —reconoció Archer—. Han dejado constancia de que tienen la capacidad haberla dejado.
Una sirena más cercana interrumpió el momento. Un mando policial hablaba con un grupo de técnicos municipales:
—…ya han avisado arriba —decía—. Los que saben de estas infraestructuras antiguas están yendo al Vaticano. Esto nos supera.
Tan alzó la cabeza.
—¿Al Vaticano? —repitió el periodista acercándose un paso.
El agente asintió, cansado.
—Sí. Patrimonio, archivos, ingeniería histórica… lo que sea que haya ahí abajo, alguien cree que conecta con estructuras que solo ellos tienen documentadas.
El silencio volvió a caer entre los cuatro.
Clara intervino, con voz firme:
—Esto no es el ataque. Es el señuelo. Si quisieran que fuera un ataque sus consecuencias habrían sido devastadoras y sanguinarias, y aquí no se ven víctimas. Solo un aviso o la preparación de algo más grande.
Tan asintió:
—El verdadero movimiento está escalando ahora mismo.
En aquel instante aquel policía se acercó a ellos «aconsejando» que se alejasen del lugar:
—Por favor, reverendo, no pueden permanecer más tiempo en la zona. Podrían poner en peligro su vida y la de cualquier agente o bombero de la zona si algo sucediera de repente.
Tan miró en dirección al Vaticano, visible a lo lejos, imponente incluso de noche. Agarró del antebrazo a Bellori con condescendencia y, dirigiéndose al policía, anunció:
—Nos íbamos ya, agente. Disculpe. —Luego giró la cabeza y, mirando a Bellori, le dijo—: Rinaldi no se fue huyendo —especuló—. Se fue al epicentro.
Bellori, preocupado, vaticinó:
—Allí deben estar tratando todo esto, y dudo que descansen ante tal suceso…
—Es que esto es más grave de lo que pensamos —concluyó Tan.
Las sirenas seguían sonando. Roma se agitaba, ajena aún a la magnitud de lo que se estaba activando bajo su piel. Y en algún punto, fuera de la vista de todos, Namtar había dejado de marcar lugares… Ahora estaba marcando tiempos.