CAPÍTULO 63
Roma — canalizaciones históricas próximas al Vaticano
E l olor a humo llegó antes que el fuego.
A medida que se acercaban, la calle se estrechaba.
Fachadas altas, balcones cerrados, ventanas encendidas a medias.
El ruido de sirenas rebotaba entre los muros como dentro de un cañón urbano.
La gente se agolpaba en las aceras, teléfonos en alto grabando, rostros tensos…
Cuando doblaron la última esquina, la escena se abrió de golpe.
Un tramo del Lungotevere, a escasos minutos del Vaticano.
No se sentía un humo limpio de combustión rápida, sino un espeso y agrio que se adhería con rabia a la garganta.
Tan lo reconoció al instante: aquello no podía ser un accidente doméstico ni una caldera antigua mal sellada.
Sin duda, debía de ser «un incendio provocado con intención», pensó el periodista.
Las calles se habían estrechado en un laberinto de cordones policiales, luces intermitentes y voces superpuestas. Bomberos entrando y saliendo de una boca de acceso subterráneo, policías conteniendo a curiosos, vecinos asomados a balcones con el miedo reflejado en los ojos.
Las mangueras serpenteaban por el adoquinado. Un par de vehículos policiales cortando el paso. El fuego no conseguía hacerse visible desde allí, pero el calor sí. Subía desde el subsuelo como un aliento contenido.
—Por aquí —ordenó Tan, esquivando una cinta de seguridad antes de que nadie pudiera detenerlo.
Clara avanzaba en silencio tapándose boca y nariz, contenía la tos por el humo y se mantenía con el pulso bajo pero alerta.
No sentía la vibración directa del agua…
pero sí algo más inquietante: una resonancia residual, como que el lugar acabara de ser utilizado y aún no hubiera terminado de enfriarse.
El foco del incendio estaba claro. Una antigua estructura de canalización, previa incluso a la Roma imperial, había ardido desde dentro hacia fuera. Las piedras estaban ennegrecidas, el metal retorcido por el calor, deformado hasta perder cualquier función reconocible.
Mateo observó el interior con la expresión de la cara casi contracturada.
—No es solo fuego. Han usado acelerantes… y algo más.
—¿Ritual? —insinuó Clara—. Seguro que no para invocar, sino que lo han hecho para señalar.
Un bombero pasó junto a ellos, visiblemente alterado.
—Nunca había visto arder algo así ahí abajo —comentó a otro—. No debería haber metal en esas conducciones. Lo retiraron hace siglos.
Bellori alzó la cabeza de inmediato.
—¿Metal? —repitió clavando la mirada en el acceso—. ¿Qué tipo de metal?
El bombero se encogió de hombros. Estaba a punto de ordenarles que se marcharan de la zona, pero al reconocer la autoridad eclesiástica de Bellori en su alzacuellos decidió responderle antes:
—Restos antiguos. Refuerzos, grapas, abrazaderas… supongo que de cuando los sacaron de edificios más viejos para reutilizarlos.
Bellori no dijo nada durante varios segundos. Luego avanzó un paso. Necesitaba acercarse a la herida abierta en la ciudad.
—Ahora lo entiendo… —rumoreó.
Tan se giró hacia él.
—¿El qué?
Bellori señaló las piedras chamuscadas, el metal fundido adherido a ellas como una cicatriz.
—Este lugar no es aleatorio. No es solo hidráulico. Es simbólico.
Clara lo miró con atención.
—Explícate.
Bellori respiró hondo.
—Roma no es inocente —dijo al fin—. No lo ha sido nunca del todo.
Mateo abrió la boca para replicar, pero Bellori continuó antes de que pronunciara cualquier palabra:
—Durante siglos, esta ciudad arrancó metal de sus propios edificios sagrados.
De iglesias, de campanas, de estatuas consagradas…
No por ignorancia, sino para hacer la guerra.
Para fundirlo y fabricar armas. ¿Por qué si no se derrumbó una gran parte del Coliseo?
El metal que sostenía los pilares de su estructura fue extraído.
De ahí todos los agujeros que se pueden ver como cicatrices en sus piedras de la fachada.
—Una auténtica barbarie —lamentó Archer.
El silencio que siguió fue incómodo. Denso.
—Se convirtió lo elemental en munición —añadió Bellori—. El sostén de la ciudad en recuerdo y en instrumento de muerte.
Tan sintió un peso nuevo asentarse en el pecho.
—¿Y eso qué tiene que ver con esto?
Bellori alzó la vista hacia la columna de humo que empezaba a disiparse, y Tan siguió:
—Entiendo que para los Hijos de las Sombras —dijo el periodista—, el pecado no es la guerra. Es el vicio, la frivolidad con que la humanidad ejerce su libertad.
—Proclamar redención… mientras sigues violando el equilibrio —añadió Bellori.
La mirada de Clara parecía extraviada por momentos.
—El agua tiene memoria —trató de explicar ella, sin poder contener un leve tosido—. La piedra también.
Mateo pronunció, casi para sí:
—Y el metal… entonces… —arrancó finalmente— este incendio no busca destruir. Busca recordar.
—Recordarle a Roma lo que hizo. ¿De dónde, si no, salió ese metal milenario que se fundió sin dejar prácticamente rastro?
—Bellori prensó la mandíbula y sentenció—: No tengáis la menor duda que de alguien con la suficiente conexión como para acceder a él…
—pausó un segundo, inhaló con cierta dificultad y sentenció—: y marcar que el ajuste ha comenzado.
Un agente de policía se acercó a uno de los bomberos, hablando en voz baja. Tan captó un fragmento de la conversación:
—…han avisado ya arriba…
—…gente importante…
—…se han ido al Vaticano…
Tan se tensó.
—¿Has oído eso?
Mateo asintió.
—Sí. Quien tenía que saberlo… ya lo sabe.
Clara entornó la mirada.
—Y Rinaldi se fue justo antes.
La sospecha se materializó sin necesidad de palabras. No como una acusación directa, sino como una incómoda alineación de los hechos.