CAPÍTULO 62
Roma — entorno del Vaticano
R inaldi se detuvo de repente. No fue un gesto brusco. Fue una interrupción precisa, casi educada, como una tecla pulsada en mitad de una frase todavía por pronunciar.
—Esperad aquí —dijo.
Tan se volvió al instante.
—¿Qué ocurre?
Rinaldi ya se estaba apartando un par de pasos, llevándose la mano al bolsillo interior de la chaqueta. El móvil vibraba con insistencia, pero no sonaba. Tal vez no quería ser oído o, peor aún… no podía permitirse serlo.
—Una llamada —respondió—. Tengo que atenderla.
No pidió permiso. No dio explicaciones. Simplemente se alejó unos metros, lo justo para que el murmullo del tráfico nocturno cubriera su voz.
Clara lo siguió con la mirada, aunque no por intuición sobrenatural, sino por instinto humano.
—No le gusta lo que está a punto de oír —comentó con los labios casi cerrados.
Bellori frunció el ceño y puntualizó:
—O le preocupa.
—O ya lo sabía —comentó Mateo y cruzó los brazos.
Tan no respondió. Observaba a Rinaldi desde la distancia. La postura rígida. La espalda demasiado recta para su edad. El gesto serio de alguien que no discute, sino que recibe instrucciones.
El viento trajo fragmentos de la conversación. Solo restos de palabras y frases incompletas.
—…no ahora…
—…no es el momento…
—…sí, entiendo…
Rinaldi guardó silencio unos segundos. Luego dijo algo más bajo. Aunque una palabra sí llegó:
— Sancta .
Tan tensó la mandíbula. Rinaldi colgó. Permaneció inmóvil un instante, necesitaba recomponerse antes de regresar. Cuando lo hizo, su expresión había cambiado. No estaba nervioso. Estaba decidido.
—Tengo que ausentarme —dijo Rinaldi—. No sé cuánto tiempo.
—¿Ausentarte? —repitió Mateo—. ¿Ahora?
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Archer, directo.
Rinaldi sostuvo su mirada. No esquivó la pregunta. Tampoco la respondió del todo.
—Porque hay cosas que, si no se dicen a tiempo, dejan de poder decirse.
Bellori dio un paso adelante y advirtió:
—Rinaldi… lo que está ocurriendo no puede gestionarse en despachos.
—Precisamente por eso —respondió—. Volveré.
—¿Adónde vas? —insistió Tan.
Rinaldi dudó una fracción de segundo.
—Tengo que marchar —respondió sin más y se alejó.
No miró atrás. El silencio que dejó fue inmediato y perplejo. Más que incómodo… sospechoso.
—Ha dicho «Sancta» —reprodujo Tan—. Ni «Vaticano» ni «Curia». «Sancta».
Mateo ladeó la cabeza.
—¿Y eso significa…?
—Podrían ser varias cosas, desde el Sancta Sanctorum hasta Su Santidad —dijo Bellori en voz baja.
—Debe saber que algo va a pasar y no ha querido decirlo —especuló Clara y tragó saliva.
Pasaron los minutos por decenas, mientras aprovechaban para comprar algo de cenar en un local de una de las callejuelas adoquinadas que atravesaban el corazón de la ciudad, algo para llevar, una de esas masas de pan de pizza crujiente con patata, otra con tomate, queso…
Necesitaban un empuje de hidratos de carbono para poder continuar con su investigación, a la hora que ganaban cierto tiempo a la espera de noticias de Rinaldi, noticias que no llegaban de momento.
Aún no habían agotado el último bocado, de pie los cuatro, agrupados, mientras a Clara le costaba engullir y, Mateo, por lo contrario, lo hacía de buena gana… un estruendo desgarrador les sobresaltó.
No fue una explosión. Fue peor. Un rugido contenido, profundo, acompañado de un temblor breve que recorrió el suelo bajo sus pies.
Tan giró sobre sí mismo, buscando el origen.
Una columna de humo oscuro se alzaba hacia el cielo nocturno, no muy lejos. Demasiado cerca.
—Eso no es una caldera ni fumata blanca —dijo Mateo—. Es fuego.
Las sirenas comenzaron a sonar casi de inmediato. Primero aisladas. Luego en cascada. Policía, bomberos, ambulancias…
La expresión de Clara mutó de repente, como si una sospecha hubiera aterrizado de forma abrupta entre sus pensamientos.
—No puede ser un accidente —dijo la joven—. Demasiada casualidad ya. Debe ser un gesto.
—Pero, ¿dónde? —preguntó Tan.
Bellori miró hacia el humo con expresión devastada.
—Hacia aquella dirección se encuentra un depósito antiguo. Canalizaciones previas a la Roma imperial. Si arde ahí…
Tan complementó la frase negando con su cabeza:
—Si están tocando el agua…
Mateo respiraba rápido.
—Y Rinaldi se fue justo hace un rato.
Tan sintió algo quebrarse por dentro. No se trataba de certeza alguna. Lo sentía como una posibilidad intolerable.
—¿Casualidad nuevamente?
—O causalidad —respondió Mateo—. A alguien lo necesitaban fuera.
Clara abrió los ojos.
—O necesitaban que así lo pareciera.
Tan ya estaba en movimiento.
—Vamos —imperó con decisión.
—¿Adónde? —preguntó Bellori.
Tan no dudó.
—Yo no me quedo aquí. Hacia esa columna de humo.
—¿Para qué? —insistió Mateo.
Tan tensó la mandíbula.
—Para informarnos y saber si Rinaldi ha ido hasta ese lugar a avisar o… a ejecutar.
El humo seguía elevándose. Roma comenzaba a alterarse. Y en algún lugar, bajo capas de piedra, historia y agua, algo antiguo registraba cada movimiento.
El incendio no fue un ataque directo y, a pesar de ello, Rinaldi acababa de convertirse, sin estar presente, en el principal sospechoso.