Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 72
82%

CAPÍTULO 72

Roma — tránsito hacia San Juan de Letrán

E l Vaticano quedó atrás sin despedidas. Tan avanzaba con paso firme por corredores que ya no le atañían. Nadie lo detuvo ni le increpó. Las puertas se abrían porque alguien, en algún punto invisible, hubo decidido que era mejor dejarlos ir que preguntar, sin confianza; aquello fue renuncia.

Bellori caminaba a su lado en silencio. No rezaba. No murmuraba. Llevaba la mano cerrada sobre el alzacuellos; comprobaba, cada pocos pasos, que seguía allí, para saber que aún era quien había sido durante toda su vida.

«No busques absolución. Aquí no la encontrarás», le dijo el Papa antes de que se marcharan.

La frase seguía flotando entre ambos, más pesada que el humo nocturno del incendio.

Al salir al exterior, Roma los recibió con una calma inquietante. Más propio de una ciudad contenida que dormida.

Las calles despejadas. Las luces, demasiado estables. A lo lejos, las sirenas resonaban entre un eco constante, sin urgencia aparente, conteniendo cualquier reacción de pánico antes de tiempo.

Tan respiró hondo. El aire olía a una recurrente humedad y metal antiguo.

—¿Lo notas? —preguntó Bellori sin mirarlo.

—Sí.

No hizo falta explicar qué. No era un temblor físico. Era una vibración profunda, subterránea. Algo se hubo puesto en marcha bajo la piel de la ciudad y avanzaba sin prisa, con la seguridad de que nadie podía detenerlo.

Avanzaron por calles cada vez más estrechas. Alcantarillas antiguas. Muros marcados por siglos de reutilización. Roma superpuesta sobre sí misma, capa tras capa, juicio tras juicio.

Bellori rompió el silencio:

—San Juan no es un templo.

Tan lo miró de reojo.

—Explícate.

—Es anterior a casi todo lo que hoy llamamos Iglesia —respondió—. Es un umbral. Un lugar donde Roma decidía antes de ejecutar. Por eso nunca fue cómodo. Ni siquiera para nosotros.

Tan pensó en Clara. En su respiración irregular. En el monitor descendiendo. No dijo nada. No podía permitírselo.

Un sonido metálico, breve, interrumpió el silencio. El comunicador que Tan llevaba vibró una sola vez. Información comprimida. Datos sin contexto.

—« Evacuación parcial fallida » —leyó en voz baja—. « Línea B inmovilizada. Pasajeros atrapados entre estaciones. Sin comunicación directa» .

Bellori afiló la mirada.

—No quieren muertos —dijo—. Los quieren conscientes.

—Argumentos —corrigió Tan.

Siguieron avanzando. A cada paso, la silueta del Coliseo se perfilaba a lo lejos, oscura, abierta como una herida antigua. Más allá, invisible aún, San Juan de Letrán los esperaba.

—Mateo no quiere destruir Roma —dijo Tan—. Quiere obligarnos a mirar lo que cree que somos.

—Eso es lo que a lo largo de la historia han hecho algunos jueces —respondió Bellori—. Confundir la observación con el derecho.

Llegaron a la explanada frente a la archibasílica. El lugar les esperaba casi vacío. La fachada se mantenía imponente, muda, sin iluminación ceremonial. Las escalinatas parecían absorber el sonido de sus pasos.

Bellori se detuvo antes de subir.

—Aquí no se entra para rezar —dijo.

Tan asintió.

Las puertas laterales cedieron sin resistencia. Dentro, el aire era distinto. Más frío. Como en un espacio diseñado para contener decisiones. Nada de plegarias.

Avanzaron por un corredor secundario. Entonces, Tan lo vio: Una puerta entreabierta donde no debería estarlo.

Más allá… una luz encendida. Débil. Artificial.

Bellori se acercó despacio. Se arrodilló junto al umbral. Tocó la piedra con dos dedos y los retiró al instante.

—Sangre —desveló—. Seca. No es reciente… pero tampoco antigua.

Tan sintió un nudo cerrársele en el estómago.

—No vamos detrás de Mateo —dijo—. Vamos detrás de alguien que intentó detenerlo.

Bellori alzó la vista.

—¿Crees que…?

El nombre quedó suspendido en el aire, como si el lugar lo reconociera, pero ellos no se atrevieron a confirmar su identidad por miedo a equivocarse.

A lo lejos, amortiguado por toneladas de piedra, llegó un sonido grave. ¿El metro quizás? No fue un estruendo, sino un lamento profundo, continuo, como un animal atrapado bajo tierra.

Bellori resopló.

—Si está aquí —dijo el sacerdote—, entonces ya entendió que no bastaba con estudiar.

—O que ya era tarde para huir —completó Tan, y avanzó hacia la puerta entreabierta.

Un nuevo temblor recorrió el suelo. Breve y preciso.

El reloj seguía corriendo mientras, en algún punto entre el Coliseo y San Giovanni, cientos de personas aguardaban sin saber que la ciudad entera estaba a punto de mirarse al espejo.

¿Quién sería el dueño de aquella sangre derramada? ¿Estarían a punto de descubrirlo o… ya era tarde?