Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Roma — Santa Maria Portae Paradisi

E l cambio en Clara no fue inmediato. Ni violento ni visible. Fue una desviación.

Dejó de mirar el espacio como quien teme lo que va a ocurrir… y empezó a hacerlo como quien recuerda. No avanzó hacia la salida ni hacia la cripta. Giró lentamente sobre sí misma, con una lentitud antinatural. Buscaba el punto exacto donde el aire tuviera una densidad distinta.

—Clara… —dijo Tan preocupado—. ¿Te encuentras bien?

Ella tardó en responder. Tenía los ojos abiertos, pero no parecía ver el templo. Respiraba despacio, muy despacio, como olvidando la función de respirar.

—Aquí no está pasando lo que creemos —dijo la joven al fin.

Su voz no temblaba. Eso fue lo que más inquietó a Tan.

—¿Entonces qué? —preguntó Bellori, con un fino hilo de voz.

Clara alzó la mirada hacia la bóveda ennegrecida, donde los frescos mutilados parecían observarlos desde otro tiempo.

—Una corrección —puntualizó Clara.

La palabra cayó como una losa.

Rinaldi se tensó apenas un segundo. No retrocedió. No se sorprendió. Simplemente, la escuchó.

—¿Por qué usas esa palabra? ¿Percibes algo especial? —preguntó el anciano.

Clara apoyó la palma en el muro húmedo. La piedra estaba fría. Pero no retiró la mano.

—Porque no empuja. No invade. Es como que selecciona y conecta —respondió—, como una transmisión.

Tan dio un paso hacia ella.

—Clara, aléjate de la pared.

—No. Ahora mismo… no quiere que me aparte —dijo ella casi delirando.

El aire cambió. No descendió la temperatura. Aumentó su densidad. Algo hubo entrado en el templo sin atravesar puertas ni umbrales. Generaba esa sensación de que una presencia hubiera ocupado un espacio que hasta entonces estaba vacío y, sin embargo... no se había escuchado nada en aquel momento.

Mateo fue el primero en notarlo.

—¿Hay alguien más aquí?

Nadie respondió.

La figura comenzó a definirse junto al lateral del templo, allí donde la penumbra era más espesa.

Pero no apareció de golpe. Se reveló poco a poco.

Primero el contorno. Luego la postura. Después la silueta exacta de un hombre alto, delgado, vestido de oscuro.

No llevaba símbolos religiosos. No llevaba armas visibles.

Solo presentaba una quietud profesional.

Bellori palideció.

—No… —susurró el sacerdote—. No puede ser.

El hombre desconocido avanzó un paso. No miró al grupo. Miró solo a Bellori.

—¿Lo conoces? —preguntó Tan sin apartar la vista de la figura.

Bellori mostró cierta zozobra en su rostro, y confesó:

—No debería… pero sí.

Rinaldi habló entonces, con la voz de quien nombra algo que nunca debió volver a pronunciarse.

—Giovanni Battista Bugatti —dijo.

—¿Quién? —preguntó Mateo.

—Mastro Titta —aclaró Rinaldi.

Mateo exhaló con incredulidad y miedo.

—¿El verdugo del Papado?

La figura inclinó ligeramente la cabeza. No en saludo. En confirmación.

—Murió hace siglos —murmuró Bellori—. Ejecutó a más de quinientas personas. Siempre decía que no juzgaba. Solo cumplía con su oficio.

Clara fijó los ojos de repente sobre aquella incipiente figura humana.

—¿Ha venido por nosotros? ¿Por alguna deuda?

El verdugo se detuvo frente a Bellori. El suelo no devolvió el sonido de sus pasos. No porque fuera silencioso, sino porque sus pasos no generaban ningún tipo de eco.

—Yo no he condenado a nadie —dijo Bellori, retrocediendo—. No con mis manos.

La voz respondió. No salió de la boca del verdugo. Salió del espacio:

—El error es creer que solo la acción ejecuta.

Tan sintió un frío seco recorrerle la espalda.

—¿Tiene que ver con Namtar…? —interpeló Archer.

Rinaldi no lo negó.

—El mensajero no juzga —añadió—. Transmite lo que ya ha sido decidido.

Bellori levantó la vista hacia Rinaldi y le reprochó:

—Tú sabías que esto podía ocurrir.

Rinaldi sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Sabía que los ajustes no se anuncian —dijo—. Solo se aplican.

Tan captó la grieta entre ambos. Mateo también.

Mastro Titta alzó la mano. No llevaba espada. Ni hacha. Solo una cuerda corta, gastada, usada… Una herramienta.

Clara abrió los ojos de golpe.

—¡No!

El verdugo se detuvo. El aire vibró. No como amenaza. Como advertencia.

—Ella no entra en el cálculo —pronunció la voz—. No aún.

Clara avanzó un paso.

—Bellori dudó y se detuvo —excusó la joven.

—La duda no anula la responsabilidad —respondió la presencia—. Solo la pospone. Pero el tiempo se acaba y es hora de que cada pecador pague con su alma.

Bellori cayó de rodillas.

Tan se interpuso.

—Si esto es una corrección o una advertencia —dijo el periodista—, entonces significa que seguimos dentro del sistema. Por lo que no se puede actuar sin consecuencias.

El verdugo giró lentamente la cabeza hacia él. No hostil. Meramente evaluador.

—Correcto —dijo la voz—. Por eso no he venido a ejecutar todavía. Cada uno tendrá su condena, y cuanto más se tarde en devolver lo robado, más cruel será ésta.

La cuerda cayó al suelo.

Mastro Titta retrocedió. Su figura empezó a difuminarse, no desapareciendo, sino retirándose, como quien ya ha hecho y dicho lo necesario.

Antes de irse, dejó algo sobre la losa: Un pequeño sello de metal ennegrecido.

Clara se llevó la mano al pecho.

—Esto no ha terminado.

Rinaldi observó el sello sin tocarlo.

—Namtar no castiga primero —dijo el anciano—. Marca.

—Y tú pareces saber exactamente cómo funciona ese proceso —reprochó Tan y lo miró con una desconfianza ya irreversible.

Rinaldi no respondió.

El templo volvió al silencio, pero éste dejó de ser vacío. Ahora era el silencio que queda cuando alguien ya ha pasado lista… y ha decidido volver.