CAPÍTULO 60
Roma — Santa Maria Portae Paradisi
E l templo parecía haber encogido. Pero no en tamaño, sino en opciones. La aparición de Mastro Titta provocó que el lugar redujera sus zonas disponibles, y la tensión hubo alcanzado tal punto que cada respiración parecía exigir una justificación.
Durante unos segundos, ninguno habló. La ausencia de sonido anunciaba espera.
Mateo fue el primero en romper aquel silencio:
—Ese sello… —dijo, señalando el pequeño disco ennegrecido que había quedado sobre la losa—. Eso no estaba aquí antes.
Nadie lo tocó. Ni siquiera Tan, que ya había aprendido que algunas cosas no debían recogerse, aunque parecieran abandonadas.
—No es un aviso común —dijo Rinaldi finalmente—. Es una indexación.
—¿Una qué? —preguntó Mateo.
—Un marcador —aclaró—. No dice «detente». Dice «mira aquí después».
Tan siguió la dirección implícita del comentario. No hacia la cripta abierta. No hacia la salida. Su atención se desplazó hacia un lateral del templo, donde un altar secundario permanecía medio oculto por sombras y capas de cera seca, lo cual dejaba entrever que nadie hubo rezado allí en décadas.
—Aquí —dijo Clara de pronto, llevándose la mano al pecho—. Esto no responde igual.
No supo explicar por qué. Simplemente lo sabía.
El altar era tosco, sin ornamentación destacable. Nada que atrajera a un visitante casual. Pero al acercarse, Tan vio algo que no encajaba: una pequeña pieza cilíndrica incrustada en la base, casi a ras de suelo, con una superficie metálica gastada.
—¿Eso es… una manivela? —preguntó Bellori, inseguro.
Mateo ya se había agachado.
—No exactamente —respondió Tan, entrecerrando los ojos—. Es una rosca.
La tocó con dos dedos. Giró con suavidad. No se movió.
—Bloqueada —sentenció.
—No fuerces —advirtió Bellori al instante.
Mateo acercó una mano, tranquilo.
—No iba a hacerlo, pero… —Sonrió apenas el joven—. Esto no se fuerza. Se entiende.
Clara lo miró, sorprendida.
—¿Entiendes esto?
Mateo se encogió de hombros mientras seguía observando el mecanismo.
—Bueno, el tipo que sigo en YouTube, que se dedica a abrir cajas fuertes imposibles y mecanismos históricos, siempre dice lo mismo: si no se abre, es porque estás girando en el sentido correcto. O eso crees…
Giró la muñeca, pero en sentido contrario. Nada ocurrió.
—Exacto —confirmó—. Demasiado obvio.
Se detuvo. Pasó el dedo por el borde metálico, con una atención casi reverencial.
—Esto no es una rosca normal —añadió—. Está invertida.
—¿Invertida? —repitió Bellori.
—Sí. Aprietas para aflojar. Aflojas para apretar. Es un sistema antiguo. Se usaba para que alguien con prisa lo rompiera creyendo que lo estaba abriendo.
Tan contuvo el aliento.
—¿Y cómo se abre?
Mateo no respondió. Apoyó la palma con suavidad… y presionó hacia dentro mientras giraba lentamente en el sentido contrario al intuitivo.
Un clic seco.
El sonido no resonó. Fue absorbido por el templo, la piedra de sus muros lo había estado esperando.
El altar vibró apenas un segundo. Luego, algo se desplazó en su interior con un sonido grave, profundo, como una compuerta sellada desde hacía siglos que por fin aceptaba moverse.
Una sección del suelo, justo detrás del altar, descendió unos centímetros.
—Joder… —expresó Mateo con apenas un fino hilo de voz—. Funciona.
Nadie sonrió, pero al menos se atrevieron a bajar con cuidado, pese a la reciente amenaza de aquel ser de negro.
El compartimento no era una cripta. Ni un túnel. Era un nicho técnico, excavado con una precisión impropia de su época. Las paredes no tenían símbolos. Ni marcas rituales. Era un espacio funcional, casi moderno en su sobriedad.
En el centro, protegido por una carcasa de piedra y plomo, descansaba un cilindro de cerámica sellado con cera oscura.
Tan lo reconoció al instante.
—Darrow.
Lo tomó con ambas manos. No había prisa en su gesto. Tampoco reverencia. Solo reconocimiento.
Rompió el sello con cuidado. Su interior aguardaba una sola hoja, no más, escrita con letra firme, inclinada, sin titubeos.
Tan leyó en voz alta:
« Si estás leyendo esto, es que el mensajero ya ha pasado».
La mirada de Clara descendió. Tan continuó:
« No he huido. Me he negado». «No a ellos. Al final».
Mateo se tensó y Tan prosiguió:
« Namtar no castiga primero. Ajusta». «Nergal no viene como dios. Viene como consecuencia».
Bellori bajó la cabeza, aquella frase le arrancó de todo refugio posible.
« Si intentan completarlo sin mí, no lo lograrán. Pero lo intentarán».
Tan sintió un nudo seco en el estómago.
« El error es creer que el equilibrio se rompe con violencia». «A veces se rompe cuando nadie quiere cargar con la culpa».
Rinaldi no apartaba la vista del papel.
« Si Clara está con vosotros, aún hay margen».
Clara abrió los ojos de golpe. Esa frase era la evidencia de que todavía podía seguir vivo Darrow, que no hacía mucho de sus palabras en esa nota. Que alguien le habría transmitido lo que le estaba pudiendo suceder a la joven.
Tan leyó la última línea:
« No busquéis salvar Roma». «Buscad decidir qué merece sobrevivir».
El silencio que siguió fue distinto, no expectante ni tenso. Era el silencio que queda cuando alguien ha tomado una decisión… y ha dejado a otros la responsabilidad de continuarla.
Mateo fue el primero en hablar.
—Vale —dijo, con voz baja—. ¿Entonces ya no estamos siguiendo a Darrow?
Tan dobló la hoja con cuidado, así evitaba que el papel pudiera romperse por razones que no tuvieran que ver con la fuerza.
—No —respondió—. Ahora estamos terminando lo que él no quiso terminar solo.
Clara se apoyó contra la pared. No estaba débil. Estaba saturada.
—No me habló como a vosotros —dijo ella—. No me advirtió. Me eligió como variable.
—No —corrigió Tan—. Te dejó margen.
—Eso no siempre es un regalo.
Desde algún punto bajo la iglesia, el agua volvió a moverse. Pero sin prisa ni furia. Tal vez el siguiente paso ya no dependía de los «dioses».
Rinaldi fue el último en expresarse:
—A partir de ahora —dijo—, Namtar no marcará lugares.
—¿Qué marcará entonces? —preguntó Mateo.
Rinaldi levantó la vista.
—Decisiones.
Santa Maria Portae Paradisi, vacía y antigua, pareció aceptar la respuesta como alguien que siempre hubiera sabido que ese sería el verdadero umbral, aunque algo no encajaba.
A Tan le empezó a referir un pensamiento, una sospecha un tanto cruel.
—Creo que todo esto que estamos encontrando, todo lo que nos acerca cada vez más a Darrow y al camino que nos puede llevar a encontrar la solución, es como un código que necesitan que resolvamos para obtener el objetivo contrario al nuestro.
Mientras ellos amenazan con un apocalipsis teledirigido, al cual le falta alguna pieza, seguro que en manos de Darrow, en algún rastro que haya dejado, nosotros nos confiamos pensando que estamos en dirección de hallar la solución, el antídoto a todo esto.
—¿Y qué hacemos? ¿Dejamos a Darrow que siga desaparecido? —le recriminó Mateo.
La relación entre ellos se acababa de endurecer.
Ese planteamiento levantaba ampollas y los dejaba en una encrucijada, con un grave problema a resolver, con una opción absolutamente justificable con la teoría del mal menor, pero un argumentario que, de ser aceptado por todos ellos, no dejaría dormir con tranquilidad a ninguno.
¿Iban a arriesgarse a facilitar el detonante del «juicio final», por la temeridad de pretender lo contrario? O… ¿iban a abandonar tal temeridad para preservar la ciudad de cualquier cataclismo?