CAPÍTULO 58
Roma — Santa Maria Portae Paradisi
L a iglesia seguía en pie. Y eso fue lo primero que pensó Tan al verla; para él aquello era ya un mérito.
Ni iluminada, ni acogedora, ni abandonada del todo.
Simplemente… en pie. Una masa de piedra oscura encajada entre edificios más modernos, como un recuerdo que nadie se atrevió a borrar del todo.
La verja exterior no chirrió al abrirse. Se movió con una docilidad inquietante. Llevaba tiempo esperándoles.
—Aquí fue —dijo Clara, deteniéndose antes de cruzar el umbral—. Bebí de la fuente… ahí fuera.
El aire cambió de inmediato al señalar aquella fuente de metal gris oscuro, de forma cilíndrica, como un bolardo protegiendo el lateral de la fachada que se adentraba por la bocacalle contigua.
No se percibía una sensación física concreta, se sentía una alteración sutil. El sonido del tráfico cercano quedó amortiguado, como si alguien hubiera colocado una capa de agua invisible entre ellos y la ciudad.
—Santa Maria Portae Paradisi —comentó Bellori—. Nunca fue una iglesia popular. Ni siquiera en su época.
Mateo miró alrededor y se preguntó:
—¿Y por qué demonios alguien levantaría una iglesia aquí?
Bellori no respondió de inmediato. Avanzó unos pasos, con la cabeza baja, incluso el suelo le exigía respeto.
—Porque aquí ya había algo —dijo al fin—. Y Roma aprendió pronto que lo más eficaz no era destruir… sino cubrir.
La fuente exterior permanecía inmóvil. El agua no alcanzaba a reflejar la luna ni las luces lejanas. Era un pequeño charco negro profundo, denso. Parecía no pertenecer del todo a la superficie.
Tan no la miró durante mucho tiempo.
Entraron en el templo a pesar de todo presentimiento y presagio en contra.
El interior de la iglesia estaba sumido en una penumbra irregular.
No completamente a oscuras, pero tampoco iluminado.
La luz artificial que entraba desde un ventanuco alto parecía cansada, incapaz de alcanzar el suelo con claridad.
Las paredes conservaban restos de frescos.
Figuras de santos desdibujadas, halos incompletos, miradas borradas por la humedad.
Pero bajo esa iconografía cristiana, Tan distinguió algo más: líneas que no correspondían a ninguna restauración, trazos más antiguos, geometrías que no buscaban representar nada humano.
—Esto no es solo abandono —conjeturó Archer—. Es superposición.
Clara avanzó despacio, con precaución y respeto. Cada paso resonaba con un eco breve, apagado, mientras el suelo absorbía el sonido en lugar de devolverlo.
—Aquí dentro… —dijo ella— el pulso no… no empuja. Está como expectante.
—Cuando entré por primera vez —confesó Bellori y se detuvo junto a una columna— creí que era miedo. Luego pensé que era culpa. Pero no, ahora sé que era… aceptación.
—Esta iglesia no fue consagrada para salvar almas —dijo Rinaldi mientras se movía con una naturalidad inquietante, sin explorar—. Fue consagrada para sellar algo. El nombre es una ironía tardía: Portae Paradisi. La puerta al paraíso… construida sobre un umbral a la muerte mucho más antiguo.
Tan siguió el rastro de humedad hasta el fondo del templo, donde una estructura semicircular sobresalía apenas del muro, casi invisible si no sabías buscarla.
—Aquí —dijo—. Aquí hay un descenso.
Mateo tragó saliva.
—¿Siempre ha estado ahí? —preguntó el joven.
—No para los ojos correctos —respondió Bellori.
Al mover el bloque de piedra, el aire que emergió desde abajo era distinto. Más frío. Más cargado. Olía a cal húmeda… y como a sangre podrida.
—Esto no es una cripta funeraria —dijo Tan.
—No —confirmó Rinaldi—. Es un espacio de tránsito. Aquí no se honra a los muertos. Aquí se decide qué conocimiento no debe subir.
—Deberíamos bajar —sugirió el periodista.
—No se lo digas a mi madre que he estado aquí debajo —bromeó Mateo para tratar de romper el inquebrantable hielo que tensionaba el ambiente.
Descendieron uno a uno.
La cripta era baja, circular, sin tumbas ni altar. Las paredes estaban cubiertas de marcas superpuestas: símbolos cristianos incompletos, espirales, peces deformados, líneas que parecían intentos desesperados de reinterpretar algo que no se comprendía del todo.
Clara sintió un mareo leve.
—Todo aquí… gira —trató de explicar ella, algo desorientada—. Aunque no hacia fuera, sino hacia dentro.
En el centro, sobre una losa desnuda, descansaba un cuaderno negro con las hojas onduladas, empapado de humedad seca.
Tan no dudó.
—Es de Darrow.
Lo abrió con cuidado. Muchas páginas eran ilegibles, otras habían sido arrancadas. Pero una permanecía protegida, casi intacta, con una frase inquietante escrita en ella:
« No formo parte del final. Si alguien lee esto, sabed que no hui. Me aparté .»
El silencio se cerró sobre ellos.
—Intentó detenerlo —dijo Bellori—. No quiso destruirlo ni mostrarlo.
Tan alzó la vista hacia Rinaldi.
—Sabías que este lugar existía.
Rinaldi sostuvo la mirada.
—Sabía que alguien como Darrow acabaría aquí.
Antes de que Tan pudiera responder, el agua de la fuente exterior vibró.
Un pulso lento. Contenido.
Y, Clara, con las facciones de su rostro contraídas, aquejó:
—Nos sienten.
—Entonces ya no estamos siguiendo pistas —dijo Tan y cerró el cuaderno—. Estamos dentro de una de ellas.
—Portae Paradisi no era el final… —admitió Bellori mirando hacia la escalera—. Era la advertencia.
Tal vez allí, o no muy lejos, Nergal reajustó el curso. No para atacar. Para observar la ejecución del plan de su mensajero Namtar.