CAPÍTULO 57
Roma — margen oriental del Tíber
E l sendero junto al río se estrechaba a medida que avanzaban. Había zonas donde el agua parecía deslizarse con normalidad… y otras donde se detenía; dudaba antes de continuar. Tan lo notó sin saber por qué. No era un sonido distinto, sino una «intención distinta».
—No estamos avanzando hacia nada al azar —dijo al fin el periodista—. Alguien decidió este recorrido antes que nosotros.
Mateo resopló, cansado.
—Eso espero, porque si no, estamos dando vueltas alrededor de un río cabreado y de dioses sumerios con mala leche.
Nadie sonrió.
Bellori caminaba unos pasos por detrás. No parecía agotado, pero sí encogido, cada metro que avanzaba le pesaba más que el anterior. Se detuvo de repente.
—Cuando era joven —dijo el sacerdote— creía que Roma se había construido sobre la fe.
Rinaldi se giró ligeramente, sin interrumpirlo.
—Luego aprendí —continuó Bellori— que se construyó sobre pactos.
—¿Pactos con quién? —preguntó Tan con el ceño fruncido.
Bellori tardó en responder unos segundos.
—Con lo que ya estaba aquí cuando llegaron los primeros altares —dijo al fin—. Con lo que exigía ser nombrado… aunque nadie supiera ya cómo llamarlo.
Clara lo miró, inquieta.
—Eso no suena a cristianismo.
—No lo es —admitió Bellori—. Es anterior. Y lo peor es que no se destruyó. Se recubrió. La mayoría de aquello que sobrevivió, simplemente fue porque se adaptó o se convirtió. Lo que no… fue arrasado.
El grupo reanudó la marcha. El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí prudente, por el miedo de que la ciudad misma estuviera escuchando.
—Has mencionado a Namtar —recordó Clara de pronto—. Pero no me ha quedado claro realmente qué es. Ni por qué importa tanto.
—Namtar no es un dios creador —respondió Rinaldi, que tomó la palabra sin mirarla directamente—. Es un ejecutor. Actúa en nombre de otros. En las tablillas más antiguas aparece como mensajero de Ereshkigal y Nergal.
Tan se tensó al oír de nuevo el nombre.
—Nergal no necesitaba mensajeros —apuntó Archer—. En la trama de conspiración en que trabajé, sobre el «Código Once», no era una figura principal; sucedía a alguien con mayor poder, dispuesto a desencadenar algo catastrófico.
—Exactamente —asintió Rinaldi—. Namtar es la señal de que algo se está preparando para él. Una enfermedad del mundo antes del castigo.
—Genial —frivolizó Mateo negando con la cabeza—. El heraldo del apocalipsis.
—No lo simplifiques —replicó Bellori—. Namtar no se supone que destruye por placer. Ajusta lo que considera desequilibrado.
—¿Y qué considera desequilibrado? —preguntó Clara después de tragar saliva.
Rinaldi se detuvo. Por primera vez desde que habían salido del subsuelo, pareció medir sus palabras con su característico lenguaje en clave:
—Una ciudad construida sobre un sello roto.
—Hablas como si supieras exactamente dónde está ese sello —dijo Tan mientras le miraba fijamente.
Rinaldi le sostuvo la mirada un segundo de más.
—He leído lo suficiente para saber que no estamos buscando un templo —respondió el anciano desafiante.
—Entonces ¿qué estamos buscando? —preguntó Mateo.
—Un umbral —reveló Rinaldi—. Un punto donde el agua deja de ser simplemente agua y se convierte en algo más.
—Portae Paradisi —dijo Bellori en voz baja.
Clara lo miró y le recordó:
—No he tenido demasiada buena experiencia en su exterior.
—Otros han sufrido peor destino —añadió Bellori.
Tan dio un paso hacia él.
—¿Estuviste allí dentro?
—Sí. Cuando aún creía que la obediencia era una forma de fe —afirmó Bellori con los ojos cerrados—. Vi los símbolos en una cripta oculta. No los comprendí… o fingí no hacerlo. Me dijeron que eran restos de un culto extinto. Que no quedaba nada vivo.
—Pero sí quedaba —admitió Clara.
—Sí, y ahora lo sé con certeza —admitió Bellori—. Portae Paradisi no es un vestigio. Es una cerradura. Y alguien ha empezado a girar la llave.
El río onduló suavemente. ¿Habría oído su nombre en aquel instante?
—Si Namtar actúa en nombre de Nergal —dijo Tan, tras una respiración profunda—, entonces no están improvisando. Están siguiendo un protocolo antiguo.
—Los ME —insistió Rinaldi—. Si los activan aquí, Roma dejará de ser una ciudad y pasará a ser… un caso.
Mateo soltó una carcajada seca.
—Odio cuando habláis así.
Tan no apartó la vista del agua.
—No vamos allí porque sea el siguiente punto del mapa —dijo—. Vamos porque si no lo hacemos, alguien terminará lo que empezó bajo el Vaticano y necesitamos un punto de referencia.
—¿Y si llegamos tarde? —preguntó Clara preocupada.
Tan tardó en responder.
—Entonces no estaremos deteniendo nada —reconoció al fin—. Estaremos decidiendo qué queda de todo después.
Rinaldi reanudó la marcha, adelantándose unos pasos, y dijo sin girarse:
—Portae Paradisi no juzga, pero respondió ante los sacerdotes de su templo que murieron en… extrañas circunstancias.
La conversación profundizó tanto como el sendero por el que transcurrían, el cual se perdió en una curva oscura del río.
Y mientras avanzaban, ninguno pudo evitar la sensación de que no se dirigían hacia un lugar, sino hacia unos hechos grabados en el tiempo que llevaban siglos esperando ser recordados.