Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

Roma — margen oriental del Tíber

L a oscuridad se cerraba a su alrededor.

No hablaron durante varios minutos. A pesar de que el paso era angosto, se sentían invadidos por un peso que no venía solo de las paredes de piedra y el agua, sino de una presencia más antigua que ellos.

El frío que empezaba a calar, sin embargo, ya no importaba.

Lo que importaba era lo que sentían en el aire: aquella vibración latente, que les recordaba que en cualquier momento se podría reactivar el pulso del río.

—Este lugar nunca debió ser tocado —refunfuñó Bellori.

Rinaldi miró al frente, sus ojos escaneaban la oscuridad de la noche, tratando de escuchar algo que las sombras pudieran contarle.

—Desde hace siglos, los conductos que se conectan aquí no solo han servido para drenar el agua —dijo Rinaldi, con voz grave—.

Fueron parte del sistema que conectaba el Tíber con la ciudad misma, con la tierra sagrada sobre la que Roma se construyó.

Y antes de que Roma fuera Roma, esos túneles ya tenían un propósito.

Tan se detuvo un momento, tratando de asimilar lo que Rinaldi acababa de decir. Cada palabra parecía tener más peso del que le daba al principio. Clara, que caminaba cerca, arrugó la nariz y se acercó a la conversación.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella con voz tensa.

Rinaldi la miró y, por un segundo, su mirada se desvió hacia el suelo, como si intentara evocar los recuerdos más antiguos del lugar.

—No es un sistema solo de drenaje —continuó, midiendo cuidadosamente sus propias palabras—. Fue parte de un antiguo altar, un canal ritual. Y no solo por la fe de los primeros romanos, sino por algo más. Algo mucho más antiguo, y escrito, que devenía en control y gobernanza.

Bellori levantó su mano derecha, con el dedo índice señalando ligeramente hacia arriba, como para llamar la atención. Sus ojos reflejaban una inquietud poco —o nada— propia a la de un sacerdote acostumbrado al misterio de la historia.

—Me parece que hablas de los ME —dijo en voz baja.

—Creo saber algo de ellos también —interpeló Tan.

—Efectivamente. —Reordenó su mirada dirigiéndose a Tan— Y supongo que serás consciente, pues, de que los antiguos sumerios creían que cada ciudad poseía su propia tabla ME y que, al poseerla, la ciudad dominaba los secretos de la creación misma —explicó Bellori.

Rinaldi asintió su rostro sombrío.

—Exactamente. Durante siglos, los sumerios ocultaron el conocimiento de los ME en las entrañas de sus ciudades.

Lo que los romanos no sabían, y que no querían saber, es que la estructura subterránea que ahora consideran su sistema de drenaje era, en realidad, una representación simbólica de esos viejos secretos.

Los sacerdotes de la ciudad, aquellos que realmente conocían el poder de estos ME , construyeron esta red de túneles para mantener el equilibrio y… protegerlo.

Tan miró a Rinaldi con creciente estupefacción, mientras una sensación de conocimiento inquietante se apoderaba de él.

—Fue en Londres cuando oí hablar de los ME . —Resopló y continuó—: Si no recuerdo mal, quién controla esos pasajes, esos decretos... controla la ciudad.

—No solo la ciudad —interrumpió Bellori—.

Quien los controle también controla el acceso al poder sumerio, que se encuentra más allá de los rituales que los romanos siguieron.

Al principio, lo utilizaron para que el agua fluyera correctamente.

Pero más tarde... la conexión se convirtió en algo más.

Algo que los Hijos de las Sombras descubrieron hace tiempo.

Y lo que Namtar, el dios de la muerte y el destino, quiso recuperar.

Clara palideció.

—¿Namtar? ¿Quién es Namtar?

Rinaldi la miró con intensidad, ya que podía ser la última en comprender la magnitud de lo que se avecinaba.

—El dios de la muerte, una deidad del inframundo —sentenció—. Namtar, también mensajero de los dioses, tiene el poder de decidir el destino de las almas.

—¿Crees que alguien lo podría haber invocado? —preguntó Tan con aparente interés.

—Pues si lo hicieron los Hijos de las Sombras, lo invocaron para más que eso. Estoy convencido de que querrían usarlo para algo más. Algo que nunca estuvo destinado a ser liberado por manos humanas. La conexión entre los ritos y los ME es un punto clave.

—¿Crees que el ritual, o la iconografía de Darrow, no se completó porque él podría estar conteniendo supuestamente… a Namtar? —preguntó Tan, sintiendo el peso de la revelación.

—Así es —asintió lentamente Rinaldi—. Y cuando los Hijos de las Sombras lo terminen, el equilibrio se romperá.

Y con ello, el ciclo sumerio se activará.

La ciudad no será lo único que caerá. El mundo entero será un campo de batalla entre aquellos que quieren controlar el destino y aquellos que luchan por impedirlo.

Archer, sorprendido por tanta anticipación de mano de Rinaldi, no pudo evitar preguntar sobre un detalle que se le escapaba de las manos:

—Pero… ¿de dónde sale el nombre de Namtar? No hemos visto ningún símbolo que lo relacione. O, al menos, eso creo.

—No te empeñes en buscar símbolos que lo representen. No los encontrarás así. Su representación son los hechos —reveló Rinaldi.

—¿De qué estás hablando? —interpeló Mateo.

—Su nombre significa literalmente «destino». Y eso es lo que se está creando unido a la enfermedad. Simplemente hay que ver a Clara. Ella es el claro ejemplo de que Namtar está actuando desde la sombra.

La vibración en el aire aumentó, haciendo que todos se detuvieran. El agua, aún contenida, parecía seguir esperando. La ciudad, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir, continuaba su rutina diaria.

—Y Roma —murmuró Tan—, ¿sería el epicentro de ese destino de destrucción?

Rinaldi alzó la vista y caminó hacia el túnel más profundo, sin mirar atrás.

—Si llegamos antes, tal vez podamos detenerlo. Si no, el destino de todos quedará sellado.

La oscuridad los envolvió una vez más, mientras avanzaban hacia lo que solo podían esperar que fuera la última oportunidad de salvar lo que quedaba.