Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

A l anochecer, el río se presentaba bajo.

Tal vez demasiado bajo para lo que estuvo sucediendo no mucho tiempo atrás.

Acababan de salir por un acceso desconocido.

Un pasillo de servicio, estrecho y sin señalizar que los condujo durante varios minutos.

No había símbolos, ni rituales, ni pulso.

Solo tuberías antiguas, paredes húmedas y el eco lejano de la ciudad que seguía viva.

—Este conducto se construyó para drenar —explicó Rinaldi en voz baja—. Antes incluso de que el Vaticano tuviera muros definidos. Todo lo que sobra… acaba buscando el río.

Nadie respondió. Subieron una última rampa de piedra, empujaron una reja oxidada y salieron al exterior.

El aire libre les golpeó con una normalidad que ya habían olvidado. Y entonces lo vieron.

Tan se detuvo en seco al llegar al pretil. No porque lo hubiera decidido, sino porque algo en su interior reconoció el patrón antes que su mente, antes que su razón. El Tíber no avanzaba con normalidad: su superficie parecía tensa, como una piel estirada en exceso.

—No debería estar así —dijo.

Mateo apoyó las manos en la barandilla y miró hacia abajo.

—Pues yo lo veo bastante tranquilo, sinceramente.

—Entiendo a Tan. Eso es lo preocupante —respondió Rinaldi—. El Tíber siempre se mueve, incluso cuando está bajo. Hoy… se contiene.

Clara no se acercó al borde. Se quedó unos pasos atrás, con los brazos cruzados, respirando despacio. El pulso no había vuelto, pero algo nuevo ocupaba su lugar. Una ausencia pesada, expectante.

—Aquí no empuja —dijo ella—. Está a la espera.

Bellori la miró.

—¿Es distinto a lo de abajo?

Clara asintió.

—Abajo era presión. Esto es… no sé cómo expresar. Cálculo, quizá.

Tan siguió el curso del río con la mirada. Puentes, reflejos, luces encendiéndose una a una. Roma entrando en su rutina nocturna sin saber que algo había cambiado bajo sus pies.

—Darrow no salió —aseguró Tan—. Pero tampoco murió.

Mateo lo miró.

—Lo dices como si lo supieras.

—Lo sé —respondió Archer— porque si hubiera muerto, el símbolo estaría completo. Y no lo está.

Rinaldi hizo una mueca poco halagüeña.

—¿Entonces lo mantienen con vida?

—No por piedad —añadió Bellori—. Por utilidad.

El silencio que siguió no fue cómodo.

Tan se giró hacia ellos.

—En toda la conspiración y constructo del Código Once —dijo— Nergal no aparecía como objetivo final. Aparecía como consecuencia.

—Porque no se le controla —dijo Rinaldi.

—Porque no distingue aliados —matizó Tan—. Solo equilibrio roto… y castigo. Incluso los Hijos de las Sombras le temían. Llegaron a activar un ritual para no afrentarle directamente con el líder de toda la orden maligna.

Clara abrió los ojos.

—Entonces, Darrow…

—Es el último freno —completó Tan—. Mientras esté vivo, el sistema no se completa.

Mateo negó despacio.

—O sea, que tenemos a un científico medio muerto reteniendo a un dios sumerio del apocalipsis hidráulico.

—Simplificado —dijo Bellori—, pero sí.

El agua del río se onduló suavemente, apenas perceptible. No como reacción. Como confirmación.

Clara palideció.

—No va a empezar aquí —dijo ella.

Tan levantó la vista.

—¿Entonces dónde?

Clara señaló, sin mirar.

—Donde el agua entra en la ciudad sin ser vista.

Rinaldi lo entendió al instante. Clara parecía jugar a su mismo lenguaje.

—Las cloacas antiguas —dedujo el anciano—. Los conductos previos a la Roma imperial.

Bellori quedó petrificado.

—Los canales que conectan con el Tíber… y con el Vaticano.

Mateo soltó una risa seca.

—Genial. El tour completo.

Tan exhaló. No había épica en su gesto. Solo decisión.

—Si Darrow sigue vivo —dijo—, lo están usando para terminar lo que empezó sin él. Y cuando lo hagan…

—Nergal no vendrá como símbolo —dijo Rinaldi—. Vendrá como proceso.

Clara se encogió toda en sí misma.

—Y cuando eso ocurra, ya no habrá pulso que frenar —vaticinó la joven.

—No es que vayamos a impedirlo —aseguró Tan—. Vamos a llegar antes.

Mateo lo miró y preguntó:

—¿Antes de qué?

Tan alzó la vista hacia el curso oscuro del río.

—Antes de que decidan que Roma ya ha entrado en fallo.

El Tíber siguió fluyendo. Bajo. Silencioso. Contenido como el Leviatán que aún no ha decidido si merece la pena atacar o esperar un poco más mientras…

—¡Eh! —advirtió Mateo de repente—. ¿Eso estaba ahí antes?

Tan siguió su mirada.

Bajo un arco de piedra, apoyado contra el muro húmedo, descansaba un paraguas negro. Cerrado. Perfectamente colocado. No tirado, no olvidado al azar. Sin nadie a su alrededor parecía estar listo para exhibirse ante Tan.

Archer no se movió. No porque dudara, sino porque lo reconoció.

El paraguas no tenía marca visible ni logotipo. Solo una empuñadura curva, gastada por el uso, tras haber pasado por muchas manos. O, más aún, por muchas épocas.

—No es de ahora —dijo Tan, al fin.

Mateo se frotó el mentón con la mano izquierda.

—¿Un paraguas no es… un paraguas?

Tan negó despacio.

—No si aparece así. Justo en este momento.

Rinaldi se acercó un poco más de la cuenta, sin miedo alguno.

—Será de algún trabajador —destiló confiado—. O tal vez de alguien que pasó antes.

Tan levantó la mirada hacia él entornando los ojos. Fue solo un segundo.

—No —respondió el periodista—. Esto es una marca.

El viento ondeó ligeramente la tela negra. El paraguas no cayó.

—Aquí alguien nos ha estado esperando —apuntó Clara.

—O nos ha estado siguiendo —puntualizó Tan con visible desasosiego.

No lo tocaron ni lo recogieron. Continuaron caminando, pero ninguno de los cuatro dejó de sentir que, a partir de ese momento, ya no iban por delante de nada, sino que algo iba más avanzado a ellos.