Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

S Alieron uno a uno por la abertura sin mirarse, por el miedo y el respeto que les infundía la situación en que acababa de quedar su mapa mental. El aire de la superficie era más cálido. Más ligero. Demasiado normal.

Tan fue el último en salir. Cuando sus pies tocaron el pavimento exterior, sintió un extraño alivio físico, el mundo seguía en pie. Los muros no se habían agrietado. El cielo no se había oscurecido. Roma continuaba respirando con la normalidad de que nada hubiera ocurrido bajo sus cimientos.

Pero eso le empezó a inquietar con mayor intensidad en cuanto recapacitó.

—¿Alguien más siente…?

—Que algo no encaja —completó Mateo.

—Roma siempre ha sido así —dijo Bellori, ajustándose el abrigo—. Sobrevive a todo.

Rinaldi no respondió. Observaba el suelo con atención excesiva, buscando una referencia que ya no estuviera donde debía.

Clara fue la única que se movió hacia atrás, de modo instintivo, apenas salieron al exterior. Se llevó una mano al pecho, pero no por dolor. Por vacío.

—Ya no está —dijo.

Tan se giró de inmediato.

—¿El pulso?

Clara negó despacio.

—No como antes. No empuja. No vibra. —Contuvo la respiración, desconcertada—. Es como… cuando alguien deja de hablar en una habitación, pero sigue allí.

—Vale, eso es oficialmente la cosa más tranquilizadora e inquietante que has dicho hoy —reconoció Mateo con una sonrisa forzada.

Avanzaron unos metros. El sonido habitual de la ciudad volvió poco a poco a su normalidad: pasos lejanos, una puerta cerrándose, el eco amortiguado de voces ajenas a ellos.

Tan se detuvo de pronto.

—Esperad.

Se inclinó y recogió algo del suelo. Un pequeño charco, nada más. Agua sucia, oscura, acumulada en una hendidura entre adoquines.

—¿Qué? —preguntó Mateo.

Tan no respondió de inmediato. Observaba la superficie del agua. No se movía. No había vibración. No había onda.

Pero el reflejo del cielo estaba mal. Ni distorsionado ni roto. Desplazado. El agua reflejaba una versión del mundo ligeramente más antigua.

—Esto no estaba así —aseguró Archer.

Rinaldi se acercó. Al verlo, palideció.

—El canal… —expiró— ha dejado de comportarse como un conductor.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Mateo, sin humor.

Bellori respondió por él.

—Es definitivo.

Clara cerró los ojos. Por primera vez desde que todo había empezado, no sintió miedo inmediato. Sintió algo peor.

—No nos está observando —dijo—. Nos ha descartado… de momento.

Tan alzó la vista, alarmado.

—¿Quién?

Clara tardó un segundo en responder.

—Aquello que necesitaba canales… ya no los necesita.

Un sonido metálico resonó a lo lejos. Una verja cerrándose. Un golpe seco, cotidiano.

—Nergal no vigila —dijo Archer, casi para sí, compungido—. Espera a que todo esté listo.

Mateo exhaló despacio y refunfuñó:

—O sea, ¿que ya hemos cruzado el punto en el que «si no hacemos nada, no pasa nada»?

Tan asintió.

—Exacto.

Rinaldi miró hacia la ciudad. Hacia las cúpulas, las torres, los puentes. No se veían cambios.

—Cuando el castigo llega —dijo el anciano—, nunca lo hace donde empezó el error.

—Empieza donde más duele —completó Clara y abrió los ojos.

Nadie respondió.

A lo lejos, el Tíber seguía su curso. Bajo. Tranquilo. Sospechosamente contenido.

Y mientras Roma continuaba con su rutina, ignorante de que algo había cambiado sin hacer ruido, una verdad incómoda se asentó entre ellos: No habían salido para evitar una catástrofe, habían salido después de que algo hubiera aceptado que ya no merecía ser evitado, sin que tuviera miedo a ningún freno.

Y eso, pensó Tan Archer, era «exactamente como empiezan las peores historias».