Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

E l pasillo por el que deambulaban no figuraba en ningún plano oficial. No era una galería ceremonial ni un corredor excavado con intención estética.

—Este acceso no debería existir —murmuró Rinaldi mientras avanzaban—. Es posterior a la necrópolis, pero anterior a los refuerzos contemporáneos. Una solución improvisada… o una huida.

Clara caminaba en silencio, con la respiración más estable que minutos atrás. El pulso había disminuido, sí, pero no hubo desaparecido por completo. Era como una presión residual, un eco que no necesitaba insistir para hacerse notar.

Archer cerraba la marcha. No dejaba de mirar las paredes. Y entonces lo vio. Se detuvo en seco.

—Esperad —dijo.

Iluminó con la linterna un tramo en la parte baja del muro.

Allí, casi oculto por una capa de cal desprendida, se divisaba una marca reciente.

No un símbolo ritual. No un grabado formal.

Una flecha, torcida, rápida… Hecha con algo duro, probablemente metálico.

Y junto a ella, una línea irregular, casi temblorosa.

Mateo se acercó.

—Vale, dime que eso no es lo que creo que es —pronunció el joven.

—Lo es —asintió Tan y presionó la lengua contra los dientes.

El periodista se agachó. Pasó la linterna despacio. La marca no señalaba hacia delante… sino hacia una abertura lateral, un hueco oscuro entre dos bloques de piedra que apenas se distinguía del resto del muro.

—Otra vez Darrow —susurró Clara, sin preguntar.

Rinaldi se acercó con cautela. Observó el trazo durante varios segundos.

—No es simbólico —dijo el hombre—. Es algo práctico. Desesperado.

—¿Está indicando un camino alternativo? —se preguntó Bellori con los músculos de la cara contraídos.

—No —negó Tan también con la cabeza—. Está indicando que él pasó por aquí.

—¿Después del ritual? —preguntó Mateo arqueando las cejas.

—Malherido. A rastras, probablemente —asintió Tan—. Esto no lo hace alguien que huye con tiempo. Esto lo hace alguien que no sabe si va a volver a ponerse en pie, pero que intenta marcar un camino de vuelta con desesperación.

Clara se llevó una mano al pecho. El pulso reaccionó, apenas un suspiro.

—Podría seguir vivo —dijo ella.

La expresión de Rinaldi decayó; aquella esperanza le pesaba más que cualquier amenaza.

—Entonces no hubo un sacrificio —supuso sorprendido el anciano—. Fue un intento fallido.

—O interrumpido —añadió Bellori.

Tan enfocó la linterna hacia el hueco señalado. El interior se veía parcialmente colapsado. Impracticable.

—No nos está diciendo «venid» —deliberó Archer—. Nos está diciendo «llegué hasta aquí».

Mateo exhaló despacio.

—Eso es… extrañamente tranquilizador.

Tan negó de nuevo.

—No. Es una cuenta atrás.

Se incorporó y apagó la linterna.

—Si Darrow sigue vivo, es porque aún no han terminado con él. Y si no han terminado… —miró a Clara— es porque lo necesitan.

Clara asintió, tensa.

—Como testigo —supuso la joven universitaria—. O como llave.

Rinaldi señaló hacia adelante.

—La salida está cerca. Pero no podemos volver atrás ahora. No después de esto.

Continuaron. El pasillo empezó a ascender. La humedad disminuyó. El aire cambió. El pulso… se desdibujó. Y entonces, la abertura.

La losa superior permanecía abierta apenas un palmo.

—Eso no estaba así antes —recordó Mateo—. ¿Verdad?

Rinaldi negó sin mirarlo.

—Nada de esto estaba así antes.

Clara se mantuvo inmóvil, con los ojos fijos en la abertura, y Tan, agachado frente a la losa, iluminando el borde inferior de la piedra.

Allí, donde el agua hubo comenzado a filtrarse, distinguió los surcos. Los reconoció al instante.

—Sí. Esto es… Darrow —insistió Archer en voz baja.

Pero el miedo que sintió no fue por lo que había escrito, sino por lo que había intentado impedir.