CAPÍTULO 52
Roma — necrópolis vaticana.
Límite inferior no catalogado.
Actualmente.
E l aire era cada vez más frío allí abajo. La losa permanecía abierta apenas un palmo. Lo suficiente para que el agua encontrara un camino. Un hilo oscuro se deslizaba desde el interior, lento, constante, como una vena recién abierta.
—Eso no estaba así antes —apuntó Mateo, señalando la rendija—. ¿Verdad?
Rinaldi negó sin mirarlo.
—Nada de esto estaba así antes.
Clara se mantenía inmóvil, con los ojos fijados en la abertura. El pulso dentro de ella había cambiado. Había adquirido una cadencia distinta. Más espaciada y consciente. Ya no era una simple vibración.
—No quiere salir —entendió ella—. Quiere que entremos.
Tan no respondió ante sus posibles delirios. Estaba agachado frente a la losa, iluminando con la linterna el borde inferior de la piedra.
Allí, donde el agua había comenzado a filtrarse, distinguió marcas recientes. Más que símbolos incompletos o inscripciones formales, eran advertencias, trazos torcidos y apresurados, hechos con algo duro contra la roca húmeda.
—Darrow —dijo Archer en voz baja.
Se acercó un poco más. Reconocía aquella forma de escribir incluso sin letras claras. El mismo gesto nervioso. La misma urgencia mal contenida.
Mateo se inclinó a su lado.
—¿Eso es… escritura?
—No —respondió Tan—. Es un aviso.
Rinaldi se aproximó con cautela. Al ver los surcos, palideció.
—No es latín. Tampoco sumerio puro —dijo el anciano—. Es una mezcla. Una notación híbrida. Darrow empezó a usarla cuando dejó de confiar.
Clara dio un paso adelante. El agua reaccionó al instante, ondulándose con una vibración breve.
—No —dijo Tan, incorporándose de golpe—. No te acerques.
Ella se detuvo, pero su mirada seguía anclada al grabado.
—No está incompleto —recapacitó Clara sin elevar casi la voz—. Está… contenido.
Tan enfocó de nuevo la linterna. Entonces lo vio.
Entre los trazos irregulares, casi oculto por el desgaste del agua, aparecía un símbolo reconocible. Un círculo imperfecto atravesado por tres líneas oblicuas, como garras mal alineadas.
Mateo comprimió las cejas.
—Vale… eso no me gusta nada.
Rinaldi emitió una breve mueca de desaprobación torciendo su boca, con los labios fuertemente cerrados.
—Es un sello de negación —dijo—. O lo que queda de él.
Tan sintió cómo algo se tensaba en su estómago y preguntó:
—¿Negación de qué?
Rinaldi no respondió de inmediato. Bellori, que había permanecido en silencio, dio también un paso adelante. Su rostro se mostraba pálido, más envejecido de lo habitual.
—No es lo que se invoca —dijo Bellori—. Es lo que se impide.
Tan levantó la vista, ya sabiendo la respuesta antes de oírla.
—Decidlo —ordenó el periodista.
Bellori dudó. Luego habló, en voz baja:
—Nergal.
El efecto fue inmediato.
Tan dio un paso atrás sin darse cuenta. El aire pareció congelarse en su pecho. Sintió la presión de haberse reducido el espacio entre sus costillas.
Mateo lo miró, alarmado.
—Eh… —dijo—. Vale. Por cómo has reaccionado, diría que eso no es algo simpático.
Tan no contestó enseguida. Se pasó una mano por la cara, respirando hondo.
—No —dijo al fin—. No lo es.
Rinaldi le observaba con atención.
—Entonces sabes quién es.
—Lo conozco bien —respondió Tan, que revivía viejos demonios desaparecidos de su vida—. Enki construye equilibrios. Nergal los rompe. No negocia. No corrige… Arrasa.
Clara se atrevió a profundizar en aquello que aparentemente le infundió miedo a Archer.
—Tan… —dijo ella despacio—. Has mencionado ese nombre como si ya lo conocieras.
Él tardó en responder. Cuando lo hizo, no levantó la vista del suelo.
—Demasiado. —Respiró profundamente y añadió—: De investigaciones en Londres.
Mateo se encogió de hombros.
—Vale. Parad —rogó el joven—. Necesito contexto antes de que el agua decida comerse a alguien.
A Tan cada palabra parecía costarle.
—Descubrí el Código Once —arrancó Archer—… Descubrí que no todos los dioses sumerios cumplían la misma función. Enki era conocimiento. Ingeniería divina al servicio o ayuda del ser humano… Nergal no.
Bellori continuó por él, con voz apagada.
—Nergal era la consecuencia.
Tan asintió.
—Dios de la guerra, de las epidemias, del verano que quema las cosechas —enumeró el periodista—. Pero eso es sólo la superficie. En los textos más antiguos… —tomó aire— Nergal aparece cuando un equilibrio se rompe. No crea. No construye. Arrasa para resetear.
Clara sintió un frío distinto.
—¿Un destructor?
—No exactamente —precisó Tan—. Nergal no destruye por placer. Destruye porque algo ha desobedecido el orden original. Es el dios que llega cuando los otros han fallado.
Mateo negó despacio.
—Eso no suena a «dios menor».
Rinaldi apoyó la mano en la pared húmeda.
—No lo es —dijo monseñor—. Es menor solo en jerarquía. No en poder. En los rituales mesopotámicos, Enki abre la puerta… pero Nergal es quien cruza el umbral.
Tan elevó la mirada, por fin.
—En mi primera experiencia con todo esto —dijo— los Hijos de las Sombras hablaban de Nergal como una amenaza futura. Incluso ellos le temían, pero le invocaban para apoderarse del todo.
El agua volvió a vibrar levemente. Y Clara lo entendió antes que nadie.
—Entonces, si ahora aparece su nombre… —discernió ella.
Bellori entornó la mirada.
—Significa que ya no buscan controlar el sistema —dijo el sacerdote—. Ahora buscan castigarlo.
Mateo soltó aire despacio.
—O sea… que hemos pasado de conspiración a apocalipsis sumerio.
Tan no sonrió. Prefirió pronunciarse con extrema seriedad:
—No. Hemos pasado a la fase en la que el villano ya no quiere ganar. —Miró el símbolo incompleto dejado por Darrow y sentenció—: Quiere que todo termine.
Clara, estremecida, sintió una corriente en su cuerpo que no procedía del agua.
—No lo noto como antes —dijo ella—. No empuja. No llama.
—Porque no necesita hacerlo —apuntó Bellori—. Nergal no busca canales. Busca aperturas, o peor… Las crea.
Mateo miró desde la losa al grabado, luego al agua.
—Genial —ironizó—. De «evitar una catástrofe» a «alguien ha abierto la puerta equivocada».
Archer volvió a agacharse. Pasó los dedos a milímetros de los surcos sin tocarlos.
—Darrow no terminó el ritual que se llevaba entre manos —dijo Tan—. Lo interrumpieron. Pero dejó esto… —señaló el símbolo— para frenar algo peor.
Rinaldi asintió.
—Una contención de emergencia.
—O una advertencia —añadió Bellori.
Clara cerró los ojos por primera vez desde que habían entrado allí abajo. El pulso dentro de ella disminuyó. Aunque no desapareció por completo. Únicamente se replegó.
—Está esperando —concluyó la joven—. No a mí. A algo más.
—A que alguien termine lo que empezó —dijo Tan mientras se reincorporaba.
—Vale. Pregunta importante —dijo Mateo e inspiró con fuerza y exhaló—. ¿Y qué pasa si lo hacen?
Tan lo miró. No había dramatismo en sus ojos. Solo recuerdos.
—Que el pez dejará de ser símbolo —respondió Archer—. Y volverá a ser dueño.
El agua, al otro lado de la losa, onduló suavemente, como si hubiera entendido.
Y en algún punto bajo Roma, algo antiguo, paciente y violento reconoció que el nombre que lo había mantenido a raya durante milenios acababa de pronunciarse de nuevo. Esta vez, sin miedo.