Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Roma — subsuelo no catalogado del Vaticano

En algún momento desconocido

D arrow no sabía cuánto tiempo había pasado.

El agua seguía allí. Más alta. Más espesa. Ya no le llegaba a los tobillos. Ahora le cubría las pantorrillas, tibia como un cuerpo vivo que se negaba a soltarlo.

Respiraba. Él también. Apenas.

Estaba apoyado contra la pared de piedra, con el costado ardiendo y la visión fragmentada. Alguien pareció haber movido el mundo medio centímetro fuera de sitio. Cada latido le atravesaba el cráneo con un zumbido grave, idéntico al del canal.

—No… no terminó —negó, sin saber si hablaba en voz alta.

El arco de piedra seguía frente a él. Vacío ahora. Las figuras habían desaparecido. Pero el ritual no se había ido con ellas.

El símbolo del pez, grabado en la pared, ya no parecía erosionado. El agua había limpiado los surcos antiguos, revelando escamas angulosas, líneas que no pertenecían a ningún alfabeto conocido… y esos ojos, siempre los ojos, parpadeaban, pero no físicamente, en otra capa.

Darrow intentó reincorporarse. El cuerpo respondió con un dolor seco inmediato que le arrancó un jadeo. Algo dentro no estaba donde debía. Costillas, quizá. O algo más profundo.

—El cuenco… —indicó—. No lo habéis activado del todo.

El canal reaccionó. Una vibración leve recorrió el agua, como una respuesta irritada. No una amenaza, una advertencia.

Darrow sonrió, o algo parecido.

—Os habéis quedado a medias —dijo el profesor—. Y eso os va a costar siglos.

El ambiente se volvió más denso, aunque no por humedad. Era por la presencia de alguien. No estaban allí… pero seguían escuchando.

El científico lanzó la mirada hacia un punto perdido durante un instante. Pensó en Tan. En el margen de aquel texto donde había escrito la frase que ahora le martilleaba la cabeza.

« Si rompen este sello… »

El agua subió un dedo más.

Darrow inhaló profundamente, ignorando el dolor, y apoyó la palma ensangrentada contra la piedra.

—Aún estoy vivo —se dijo a sí mismo—. Y mientras lo esté… esto no es vuestro —gruñó por el esfuerzo.

El canal no respondió con violencia. Respondió con silencio. Y lejos de allí, en la ciudad que no sabía lo cerca que estaba de ahogarse, algo antiguo y paciente entendió que tendría que esperar… otra vez.