CAPÍTULO 50
Roma — subsuelo no catalogado del Vaticano
Tres días antes
E l agua le llegaba hasta los tobillos. No corría. No goteaba. Latía.
Darrow lo supo sin necesidad de tocarla: el movimiento era rítmico, lento, deliberado. El canal bajo sus pies tenía un pulso propio o, tal vez… seguía uno ajeno.
—No sois cristianos —balbuceó, con la garganta seca.
Nadie respondió.
Las figuras permanecían inmóviles al otro lado del arco de piedra, cubiertas con hábitos oscuros que no pertenecían a ningún orden reconocible. No había cruces. No había símbolos visibles. Solo el agua… y el sonido.
Un murmullo grave, casi inaudible, que no venía del aire sino del fondo del canal.
—Habéis usado nuestros templos —continuó Darrow, apoyándose en la pared húmeda—. Nuestras palabras. Nuestros símbolos. Pero esto… —miró el agua— esto es más antiguo.
Una de las figuras dio un paso al frente. El gesto fue mínimo. Bastó.
El agua reaccionó. El nivel subió apenas un centímetro, pero Darrow sintió la presión en el pecho, con la sensación de que alguien le hubiera apretado las costillas desde dentro.
—El error —dijo la voz, distorsionada por la piedra— es creer que lo ocultamos bajo el cristianismo.
Darrow alzó la vista. Tras ellos, grabado en la pared, distinguió el contorno casi borrado de un pez. No el ichthys estilizado. Éste tenía escamas angulosas. Y algo más… Ojos humanos.
—Lo hicimos sobrevivir —continuó la voz—. Eso fue todo.
El agua vibró. Darrow cayó de rodillas. Y no por el dolor. Por la certeza.
—El cuenco… —sollozó—. No es un contenedor.
La figura inclinó la cabeza, como concediendo un punto y reconoció:
—Es un freno.
El canal respondió con un latido más profundo. El sonido se propagó por la piedra, por los muros, por Roma entera.
Darrow comprendió entonces lo que yacía escrito en los márgenes, lo que nadie quiso leer en voz alta.
—Si lo activáis aquí… no controlaréis el agua —advirtió el profesor.
La silueta dio otro paso. Ahora estaba casi pegada.
—No —le corrigió—. La recordaremos.
Un golpe llegó desde abajo. No fue una ola. Fue una orden.
Y mientras el agua ascendía lentamente, Darrow pensó en una sola cosa antes de perder el equilibrio: «Si alguien llega hasta aquí… que no lo haga tarde».