CAPÍTULO 49
A vanzaron por el corredor, pasando entre mausoleos estrechos, paredes cargadas de nombres. De vez en cuando, otro mosaico, otra inscripción, otro símbolo medio borrado. La luz artificial no conseguía eliminar la sensación de estar caminando dentro de un pulmón de piedra.
El sonido del agua empezó a definirse. Al principio era un rumor general, un murmullo de fondo. Luego se convirtió en un goteo insistente, múltiple, que no venía de un solo punto, sino de todas partes: filtraciones antiguas, canales invisibles, pequeñas corrientes encajadas bajo las tumbas.
—¿Oís eso? —alertó Mateo.
—Sí —respondió Clara—. Siempre ha estado ahí.
Nadie preguntó cómo lo sabía. Doblaron un recodo y se encontraron con otra cámara pequeña, esta vez con el suelo cubierto casi por completo de mosaico.
No representaba escenas bíblicas ni figuras humanas.
Solo peces. Decenas de peces pequeños, repetidos, todos orientados hacia un círculo central vacío, donde una figura se habría borrado o arrancado deliberadamente.
Tan sintió el peso de esa ausencia.
—Ahí debería de haber algo —dijo—. Algo que alguien, seguramente, no querría que viéramos.
Rinaldi asintió despacio y Tan revisó algo que recordaba haber visto entre las notas del profesor.
—Creo que Darrow pensaba lo mismo —especuló Tan—.
Este mosaico aparece en sus notas. —Rebuscó unos instantes y exclamó con su dedo sobre el papel—: ¡Aquí está!
Según sus notas, creía que el círculo central marcaba el punto donde los antiguos cristianos sobreimprimieron su símbolo sobre otro…
más antiguo. Algo que no podían permitir que sobreviviera reconocible.
Clara ladeó la cabeza.
—Los peces están… mal —dijo ella.
—¿Mal cómo? —preguntó Tan, en voz baja.
—No nadan como deberían. No giran como un banco de peces. Giran como… —buscó la palabra— como una espiral. Como un remolino.
Y en cuanto lo dijo, lo sintió también en el pecho: ese giro. Ese enrollarse por algo invisible.
Bellori la miró sorprendido y con atención. Una revelación se hubo hecho paso de repente.
—Estás leyendo el patrón, Clara —entendió—. Igual que él.
—¿Que Darrow? —preguntó Tan.
—Sí. Él fue el primero en decirme que estos peces no eran decorativos —dijo monseñor—. Que eran una forma de anotación. Un esquema vibratorio. Una partitura para el agua.
Mateo parpadeó y preguntó:
—¿Me estás diciendo que… que un mosaico de pececillos es en realidad es como un pentagrama para que el agua haga cosas raras?
—No en sí mismo —respondió Bellori—. Pero en las manos adecuadas, leído con la clave adecuada, sí. Los Hijos de las Sombras no solo leen textos; leen piedra, leen iconos. Llevan siglos intentando reconstruir la melodía original.
Clara dio un paso atrás. Las ondas en su esternón se sincronizaron con el falso banco de peces del suelo.
—No podemos detenernos más tiempo. —dijo Tan—. Cuanto más rato permanezcamos aquí, más la están usando de antena.
Rinaldi asintió y alzó una pequeña linterna y la dirigió hacia un tramo del corredor menos iluminado, protegido por una cadena discreta y un cartel que advertía:
« ACCESSO VIETATO »
—Por aquí no pasan los grupos de visita —explicó Rinaldi—. Este acceso está reservado para arqueólogos y personal autorizado.
—Y para gente con muy malas ideas —interpeló Mateo.
Rinaldi retiró la cadena. La vibración del metal, al chocar contra la pared, se sumó al pulso que recorría el lugar, tal que el sonido fue absorbido en lugar de rebotar.
Más adelante, el suelo comenzó a descender.
Las tumbas desaparecieron. Las paredes se hicieron más toscas, menos trabajadas, y con ello dejaron atrás la ciudad de los muertos para entrar en algo anterior: un corredor de roca y ladrillo mezclado, reforzado aquí y allá con cemento reciente.
El murmullo del agua se escuchaba más claro. Pasó de ser una «inocente» filtración… a un flujo más denso.
Clara sintió que las rodillas le fallaron un segundo.
—Está cerca —presintió la joven—. Lo que sea… está justo debajo.
Tan rodeó su cintura con un brazo y la sacudió amablemente.
—Respira. Relájate un poco, seguro que queda menos para que esto te pase.
Ella intentó sonreír, pero el gesto se rompió en la mitad.
Rinaldi se detuvo frente a una puerta baja, casi escondida en la pared. No tenía señal alguna, ni cerrojo visible, solo una losa encajada con una junta sorprendentemente limpia.
—Aquí termina la necrópolis oficial —dijo el anciano—. Más allá… empieza lo que nadie quiso catalogar.
Tan lo miró y preguntó:
—¿Y ahí es donde cree que está el cuenco?
—Ahí es donde las lecturas del magnetómetro se volvieron indecentes —respondió Rinaldi—. Y donde Darrow subrayó tres veces la misma frase en sus notas: «Si rompen este sello, el pez dejará de ser símbolo… para volver a ser dueño».
Clara sintió cómo una gota de sudor frío le recorría la espalda, indistinguible del resto de humedad.
—Entonces no podemos permitir que lo hagan —dijo ella en un susurro.
—Por nada del mundo —respondió Tan—. Podría ser devastador.
Rinaldi apoyó la palma sobre la piedra. Un latigazo de vibración recorrió la losa desde dentro. ¿Sería una nueva respuesta al contacto?
—Tarde para «no romperlo» —musitó—. Alguien ya lo ha hecho. Ahora solo podemos decidir… quién entra primero.
El agua, al otro lado, esperaba en silencio. Y en algún punto que ninguno podía ver, un pez antiguo —uno sin nombre cristiano— extendía su sombra sobre Roma.