CAPÍTULO 47
E l silencio en la sala subterránea se percibía cargado, nada normal, y la habitación contenía una verdad tan pesada que ni el aire se atrevía a moverse. A pesar de tal solemnidad, Tan fue el primero en romperlo.
—Dígame que esto es un error —dijo, sin levantar la voz, pero con una dureza glaciar—. Dígame que el cuenco está en otra cámara, o en revisión, o en restauración. Dígame cualquier cosa… menos que ha desaparecido.
Rinaldi no se defendió. Solo apoyó una mano sobre el pedestal vacío, como quien acaricia una tumba.
—Ojalá pudiera mentirle —respondió—. Pero el cuenco fue retirado hace tres días. Con acceso autorizado. Y no por un intruso.
Clara se acercó al pedestal con una mezcla de vértigo y repulsión. Su respiración se volvió más tensa, ya que aquella piedra desnuda le afectaba más que la presencia del obelisco o del río.
—¿Quién? —preguntó ella, casi sin voz.
Rinaldi no contestó enseguida. Sus ojos, gris claro, se movieron hacia Bellori.
El sacerdote dio un paso atrás, alarmado.
—No fui yo —dijo, sin que nadie le hubiera acusado directamente—. Yo no tenía acceso. ¡Y aunque lo tuviera, no…!
—Lo sé, Giulio —interrumpió Rinaldi sin mirarlo—. Si hubieras tenido acceso, te habrían seguido. Ellos no te necesitan para eso.
Tan volvió a presionar.
—Entonces, ¿quién lo sacó?
Rinaldi inspiró hondo. Una respiración que parecía apresada en sus pulmones.
—El registro indica un nombre —avanzó al fin—. Pero sé que está falsificado.
—¿Cuál? —insistió Tan.
—El del archivista responsable de esta cámara —respondió Rinaldi—. Monseñor Accursio.
Bellori abrió los ojos desorbitados.
—Eso es imposible. Accursio murió el mes pasado.
—Exacto —dijo Rinaldi, y esa mera afirmación llenó la estancia de una oscuridad repentina.
Mateo se pasó la mano por la frente.
—Maravilloso. O sea, que alguien está usando la identidad de un muerto para llevarse el único objeto que puede salvarnos.
Clara apoyó una mano en el borde del pedestal. Apenas lo rozó… y la piedra vibró. No como un terremoto. No como una resonancia del pulso. Reaccionaba a ella.
Tan la apartó instintivamente.
—¡Clara!
Ella sacudió la cabeza, mareada.
—Lo siento… no lo he hecho a propósito.
Rinaldi no se acercó. Pero observó cada detalle y no pudo evitar reconocer sus sensaciones:
—Sigue avanzando rápido —dijo mascullando más para sí mismo que para ellos—. Demasiado.
Tan rechinó los dientes.
—¿Podría la resonancia… matarla? —le preguntó el periodista con discreción, al margen de la atención de Clara.
Rinaldi levantó la vista.
—Puede quebrar su sistema nervioso. O convertirla en un canal involuntario.
Mateo, que lo pudo escuchar, juró por lo bajo.
—¿Eso qué significa? Que… ¿puede emitir?
—Significa —dijo monseñor, sin adornos— que, si la red se amplifica y Clara está sincronizada, la vibración puede salir de ella y no del agua.
—Un transmisor humano —exhaló Bellori.
—Exactamente —asintió Rinaldi.
Clara, que también percibió esas últimas palabras, retrocedió un paso, horrorizada.
—Yo… no quiero ser nada de eso.
Tan la tomó de los hombros.
—No lo vas a ser. Vamos a hacer todo para que nada de eso suceda.
Un crujido leve, pero insistente, resonó desde los muros de todo el lugar.
Todos levantaron la vista.
Una de las paredes lisas —una pared de piedra vaticana, reforzada, hasta ese momento inmune al paso del tiempo— se arqueó un milímetro hacia el interior.
Mateo dio un salto hacia atrás.
—¡¿Eso ha sido el agua?!
Rinaldi negó, lívido.
—No. Es el pulso. Está entrando en el perímetro. Esta sala está a treinta metros bajo tierra. Si ha llegado hasta aquí…
Clara contrajo las mejillas, con una expresión mezcla de miedo y conexión. Las pestañas, casi juntas, apenas dejaban que se vieran sus pupilas.
—…entonces ya no es solo el río —auguró ella—. Es la ciudad entera.
Rinaldi los miró con una claridad que daba miedo y recordó:
—El cuenco fue sacado para un propósito concreto. Y no está fuera. —¿Qué quiere decir? —preguntó Tan.
El anciano se giró hacia la puerta, con el temor a que las paredes pudieran escucharlo.
—Que quien lo retiró… no lo sacó del Vaticano. Se lo llevó más abajo.
Bellori parpadeó, sin comprender del todo.
—¿Más abajo… que esto?
Rinaldi asintió.
—A la zona que no aparece en ningún plano. Ni siquiera en los documentos secretos. Se trata del estrato más antiguo de la Ciudad del Vaticano.
—¿Cuál? —preguntó Mateo, inquieto.
El anciano respondió con una voz que parecía surgir de siglos atrás:
—La antigua necrópolis… y más allá. Donde el agua siempre fluyó.
Rinaldi retiró lentamente la mano del pedestal vacío y, sin girarse, se expresó con una gravedad que heló el aire.
—No estoy adivinando —dijo—. Sé dónde está el cuenco. O, mejor dicho… sé dónde no está.
Tan frunció el ceño.
—Explíquese.
El anciano respiró hondo.
—Durante dos noches he analizado las lecturas del magnetómetro situado bajo el Vaticano. El pulso no asciende desde las cámaras superiores, ni se desvía hacia los laterales. Desciende. Cada medición es más intensa cuanto más profundizamos. Es un eco… invertido.
Mateo se llevó las manos a la cabeza.
—¿Invertido? ¿Qué demonios significa eso?
—Que la perturbación no viene desde la superficie —respondió Rinaldi—, sino desde un punto más bajo que esta sala. Muy por debajo.
Bellori dio un paso adelante, incrédulo.
—Pero no hay ningún nivel más bajo que éste…
—En los planos oficiales —insistió Rinaldi—. Sin embargo, el registro de acceso falsificado con el nombre del difunto Accursio no señala una salida. Señala un descenso. El pasillo al que accedieron solo conduce a un lugar.
—¿Cuál? —preguntó Mateo.
—La entrada restringida al lugar más ancestral —respondió.
Tan sintió un hueco abrirse en el estómago.
—¿Y cómo sabe que el cuenco no fue simplemente trasladado para ocultarlo mejor?
Rinaldi los miró a todos, uno por uno.
—Porque Darrow lo dejó escrito.
—¿Dónde? Porque yo no he visto nada de eso —expresó Tan.
—No en su informe, sino en los márgenes de un texto más antiguo. Una sola línea:
« Lo sellaron donde el agua nunca calló ».
Clara abrió los ojos lentamente, comprendiendo antes que nadie.
—El agua… —comentó—. Allí abajo… siempre se oye.
Rinaldi asintió con solemnidad.
—Solo existe un lugar en todo el territorio vaticano donde el agua nunca ha dejado de correr, incluso antes de que existieran estas paredes. Un canal ancestral, previo al cristianismo. Un punto donde convergen todas las líneas. —Inhaló profundamente y exhaló—: La necrópolis.
Un pulso atravesó la sala como un latigazo, confirmándolo.
Tan sintió un temblor atravesar su cuerpo que nada tuvo que ver con la temperatura.
Clara abrió los ojos, temblorosos.
—Entonces… —vaciló la alumna— si lo han llevado allí…
Rinaldi la miró fijamente y completó:
—…allí es donde está el verdadero epicentro del cuarto nodo.
El pedestal vibró una vez más. El pulso… iba en ascenso.
Clara se agarró el pecho. Tan la sostuvo. Rinaldi señaló la salida.
—No podemos quedarnos aquí. Si el pulso atraviesa esta sala, la estructura entera podría constreñirse como un pulmón.
—Entonces, ¿adónde vamos? —preguntó Tan.
El anciano inspiró y continuó:
—A lo único que queda bajo nosotros: las cámaras selladas, los túneles antiguos… —hizo una pausa—. Lo que aquí llamamos las entrañas del Vaticano.
Tan abrió los ojos con intensidad y enunció:
—El sitio donde está la tumba de San Pedro.
Rinaldi asintió.
—Efectivamente. La puerta de acceso está en la necropoli scavi . Y donde si no actuamos antes que ellos, a este paso, Roma entera… dejará de ser Roma.
El pulso resonó entonces como si hubiera escuchado su nombre.