Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 46
53%

CAPÍTULO 46

C aminar de vuelta sobre Sant’Angelo se convirtió en un ejercicio de equilibrio entre el pánico y la obstinación. Bajo sus pies, el pavimento vibraba en una cadencia casi musical. A cada pocos metros, el río lanzaba pequeñas sacudidas golpeándose a sí mismo contra los muros de contención.

Mateo evitaba mirar hacia abajo.

—Dime que esto no es normal —bufó el joven.

—¿Qué parte? —replicó Tan—. ¿El agua intentando subir o las estatuas temblando?

—Las estatuas no tiemblan —corrigió Clara, con voz apagada—. Resuenan.

El guardia suizo giró la cabeza un instante hacia ella.

—¿Tú lo sientes?

—Mucho —admitió ella—. El río quiere… entrar.

Él fijó la mandíbula, inquieto.

—Entonces han acelerado más de lo que pensábamos —musitó para sí, en un tono que no parecía dirigido a nadie en particular.

Tan se fijó.

—¿«Pensábamos»? —preguntó Archer—. Eso suena a que no estás solo en esto.

El guardia dudó un segundo, luego se presentó con una sobriedad casi militar:

—Cabo Meier. Segunda compañía. Y no, no estoy solo. Pero los demás aún creen que solo lidiamos con un problema estructural en los muros del río.

—¿Y tú qué crees? —inquirió Mateo.

Meier clavó la vista en la cúpula que comenzaba a asomar al fondo de la Via della Conciliazione.

—Creo que alguien de dentro ha despertado algo que no entiende —respondió—. Y que otro alguien… intenta evitar que se nos caiga encima.

Llegaron al final del puente. Allí, el tráfico humano comenzaba a espesarse: grupos de turistas, guías sosteniendo paraguas de colores, peregrinos con mochilas, cámaras al cuello, voces en mil idiomas distintos. La normalidad perfecta, como una máscara.

El Tíber, sin embargo, no fingía nada. Cada vez que el pulso recorría el río, las barandillas vibraban. Un niño que se asomó bastante tiempo al agua se apartó llorando sin saber por qué. Una mujer dejó caer una botella de plástico al suelo al notar cómo se le erizaban los brazos.

Clara estrechó la mano de Tan.

—Se intensifica cuanto más nos acercamos —aquejó de nuevo—. Duele… debajo de las costillas.

—Respira conmigo —dijo él, entre dientes—. Cuatro segundos dentro, cuatro fuera.

Meier los guio bordeando la masa de gente, sin detenerse ni una sola vez frente a la monumental entrada de la plaza de San Pedro. No los llevó hacia la columnata abierta, ni hacia el control evidente.

—No vamos por aquí —dijo—. Demasiados ojos.

—¿Entonces? —preguntó Bellori—. Porta Sant’Anna.

El suizo asintió, breve.

—La puerta del personal. Y para ciertos visitantes.

—¿Qué tipo de «ciertos visitantes»? —preguntó Mateo.

Meier no respondió. Torcieron por una calle lateral, dejando atrás la escenografía grandiosa de la plaza. La ciudad cambió de escala: edificios administrativos, muros altos, cámaras discretas, seguridad de verdad.

Clara, sin embargo, no miraba el entorno. Miraba arriba, hacia donde la cúpula se elevaba sobre todos los tejados, recortada contra el cielo. Se detuvo un instante sin poder evitarlo.

Tan la notó tensarse.

—¿Qué ves? —preguntó el periodista.

—No es lo que veo —rectificó ella—. Es lo que… oigo, pero sin sonido. Siento que ahí dentro hay un eco muy antiguo… y me llama.

Meier se giró bruscamente.

—No la dejéis sola ni un segundo —dijo—. Si el pulso decide usarla como canal antes de tiempo, no tendremos oportunidad de sacarla de aquí.

—Estás ayudándonos —observó Tan—. Pero no nos has dicho quién te lo pidió.

Llegaban ya a la vista de Porta Sant’Anna: el acceso amurallado, la caseta de control, otro guardia en posición, tráfico discreto de empleados con acreditaciones.

Meier bajó la voz, sin dejar de caminar.

—Monseñor Rinaldi —confesó—. Sección histórica del Archivo Apostólico. Lleva dos noches sin dormir. Dice que las lecturas del magnetómetro instalado bajo el Vaticano son… —buscó la palabra— obscenas.

Bellori resopló.

—Conozco a Rinaldi. Creí que estaba retirado.

—Lo han «retirado» del catálogo público —respondió Meier—. No de los pasillos.

El guardia de la puerta los vio llegar, se tensó al reconocer al sacerdote y a la figura tambaleante de Clara.

—Cabo Meier, esto no es… —empezó.

—Autorización especial —le cortó el suizo, mostrando una tarjeta con sello rojo—. Monseñor Rinaldi. Nivel interno. Registro diferido.

Las palabras parecieron tener peso propio. El otro guardia dudó un segundo y luego se apartó, sin dejar de observarlos con suspicacia.

—Solo ellos —añadió, señalando a Tan, Clara, Mateo y Bellori—. Nadie más.

El mundo exterior pareció quedar atrás con un solo paso. Dentro de los muros, el sonido de la ciudad se amortiguó como en una caja acolchada. El pulso, en cambio, se hizo más nítido.

—No me gusta —gruñó Mateo—. Esto suena a comienzo de película en la que muere el gracioso.

—No vas a morirte —dijo Clara, sin mirarlo.

Meier los condujo por un corredor interno, luego por un patio discreto, sin adornos, y finalmente hacia una puerta lateral con un sencillo rótulo:

« ARCHIVIO »

Era un acceso más bien austero. Nada de una entrada monumental del Archivo Apostólico que uno esperaría ver en un documental y, precisamente por eso…, inquietante.

Meier se detuvo.

—Hasta aquí llego yo —dijo el guardia—. Más allá… sólo por invitación.

—¿De quién? —preguntó Tan.

La respuesta llegó antes de que el cabo pudiera abrir la boca:

—Mía.

La voz era seca, envejecida, cargada de polvo y de lucidez. Un hombre apareció en el umbral: sotana negra, pelo blanco casi transparente, gafas antiguas colgando de una cadena. Sus ojos, sin embargo, no tenían nada de viejos. Eran de un gris claro casi invasivo.

—Monseñor Rinaldi —reveló Bellori.

El anciano lo miró con una mezcla de reconocimiento y reproche.

—Giulio —dijo—. Tardas mucho, para lo que corre.

Sus ojos se posaron en Clara. No la escaneó como a un sujeto de laboratorio. La observó como quien revisa un manuscrito raro que podría deshacerse con un soplido.

—Ella es el canal —afirmó Rinaldi, sin sombra de duda.

Clara contrajo el maxilar con cierto grado de indignación.

—No soy «el canal». Soy Clara —reprochó.

Rinaldi inclinó apenas la cabeza, aceptando la corrección.

—Clara, entonces. Discúlpame. Estamos demasiado acostumbrados a hablar de personas como si fueran piezas —miró a Tan—. Y tú debes ser Archer.

Tan no preguntó cómo lo sabía. Solo asintió.

—Darrow habló de ti —añadió monseñor—. No en sus informes, por supuesto. En los márgenes.

Clara sintió un vuelco en el pecho que no tenía que ver con el pulso.

—¿Lo conociste?

—Le escuché —rectificó Rinaldi—. Y eso bastó para que me hiciera impopular en ciertos despachos.

Se apartó de la puerta.

—Entrad. No tenemos casi tiempo. Y quizá, aún menos opciones.

Atravesaron el umbral. Del interior emergía cierto aroma a papel, piedra y algo que Tan ya empezaba a asociar con lo imposible: un rastro tenue de electricidad en el aire, como el olor de una tormenta que nunca termina de descargarse.

Descendieron por una escalera estrecha, de peldaños de piedra gastada. Cada planta que dejaban atrás significaba un siglo hacia abajo: pasillos de estanterías, puertas cerradas, vitrinas. Rinaldi no miró ninguna.

—¿Adónde vamos exactamente? —preguntó Mateo, en un intento desesperado de mantener el control—. Porque si esto es solo para enseñarnos un libro viejo…

—No, un libro no —le interrumpió el monseñor—. Más bien… un vacío.

Se detuvieron ante una puerta de hierro, sin decoración, con una cerradura doble y un teclado numérico discretamente empotrado.

El pulso, allí, era insoportable.

Clara se inclinó sin querer, tras sentir que el aire se volvió de pronto más denso. Tan la sujetó por la cintura.

—Está… aquí —balbuceó ella—. Lo que sea. Lo noto. Me está… buscando.

Rinaldi tecleó una combinación sin dudar. Luego introdujo una llave de metal pesadísima, que giró con un quejido largo.

La puerta se abrió. La estancia al otro lado era pequeña, octogonal, de paredes lisas. No había estanterías. No había vitrinas. Solo un pedestal de piedra en el centro. Vacío.

Clara dio un paso atrás, aquella visión la golpeó más que cualquier amenaza.

—No puede ser… —manifestó Tan.

Rinaldi contrajo los labios hasta casi hacerlos desaparecer.

—Éste es el lugar —dijo—. Aquí conservábamos, durante siglos, el cuenco de lapislázuli.

Mateo miró el pedestal desnudo, luego a los demás, con una mezcla de horror y confirmación.

—¿«Conservábamos»? —repitió—. Eso se supone que es pasado.

—Sí —reconoció Rinaldi, sin rodeos—. El cuenco ya no está.

El pulso atravesó la sala como un latigazo. Clara se llevó ambas manos al pecho. Durante un horrible segundo, Tan creyó que iba a desplomarse allí mismo.

Rinaldi dejó caer la mirada y añadió:

—Y lo peor es que no fue robado desde fuera. Lo sacaron con acceso legítimo.

Tan sintió que algo en su interior, una mezcla de rabia y miedo, encontraba por fin una forma concreta.

—Entonces —dijo el periodista en voz baja pero cortante—, el cuarto nodo está despierto, el neutralizador ha desaparecido… y alguien desde dentro del Vaticano está jugando al mismo juego que los Hijos de las Sombras.

El silencio que siguió fue tan denso que solo una cosa parecía seguir viva: el pulso. El del agua, el de Roma… y el que latía, con más intensidad, dentro de Clara.