CAPÍTULO 45
Puente de Sant’Angelo
E l murmullo del Tíber los acompañaba como un recordatorio persistente de que no caminaban solos.
Clara se detuvo de golpe. Fijó su mirada en el agua. Su respiración se volvió irregular.
—Lo siento más fuerte —aquejó ella.
—¿Qué es ahora? —preguntó Tan.
—Algo… más ancho. Más profundo.
Mateo estaba a punto de replicar cuando ocurrió: Un pulso. Un único golpe, grave, que hizo vibrar farolas, cristales y hasta el aire entre sus costillas.
Clara se dobló hacia adelante con un jadeo.
—Eso no es un nodo… —dijo Bellori, lívido—. Es una respuesta.
Tan se volvió hacia el río. Y lo vio.
El nivel del Tíber, que antes era bajo, incapaz de alcanzar ni de lejos los muros que lo contenían, ahora, en varios tramos del cauce, el agua comenzaba a comportarse de una forma imposible: protuberancias locales, elevaciones circulares de medio metro que se alzaban como burbujas gigantescas empujadas desde el fondo, se sostenían un segundo y colapsaban de golpe, devolviendo al río un chapoteo sordo que reverberaba contra los puentes.
No era una crecida natural. Tampoco una marea. Algo intentaba levantar el río desde dentro.
Una de esas columnas líquidas llegó a elevarse casi un metro. Por un instante, Tan tuvo la impresión de que intentaba adoptar una forma humana. Luego se derrumbó.
—Dios mío —exhaló Mateo—. Si eso sube unos metros más…
Tan sabía cuánto. Lo había investigado.
—Si sube diez metros —dijo, sin quitar la vista del cauce—, Sant’Angelo se convertirá en una catarata, y todo el centro histórico quedará bajo el agua en minutos.
Clara tembló e intentó dar un paso adelante, hacia el puente, pero su cuerpo no respondió. Se quedó clavada en el adoquín, como atada con cuerdas invisibles.
—Tan… —dijo, sin aire—. No puedo avanzar.
Entonces llegó el segundo aviso. Con la crecida del Tíber las estatuas de Bernini vibraron. Lo suficiente para que el polvo acumulado durante siglos se desprendiera de los surcos de las plumas de los ángeles y flotara en el aire como ceniza.
Tan sujetó a Clara por la cintura antes de que perdiera el equilibrio. El pulso en el pecho de ella era tan intenso que parecía un tambor golpeándole las costillas desde dentro.
Bellori se quedó quieto, lívido.
—El pulso está… intentando alinearla —comentó el cura—. El puente es un punto de cruce. El agua la reclama.
Mateo soltó una risa nerviosa, quebrada, y protestó:
—¿La reclama? Fantástico. ¿Qué será lo siguiente? ¿Un río subiendo la escalera del Vaticano pidiendo audiencia?
No hubo tiempo para más sarcasmo. Un crujido metálico resonó desde el otro extremo del puente. No coincidía con el sonido del tráfico ni el de una obra lejana. Sonaba como al roce disciplinado de armaduras bien cuidadas, de tela gruesa y correas de cuero ajustadas.
Clara abrió los ojos de golpe.
—Viene alguien… —advirtió ella.
Lo vieron un instante después.
Un hombre emergió de la sombra de la muralla de Castel Sant’Angelo, recortado contra la luz blanca de la mañana.
Su figura no parecía amenazante, hasta que se acercó lo suficiente como para distinguirse su uniforme de azul profundo a franjas gruesas verticales, combinadas con otras emulando dorado y la alabarda ceremonial.
Un guardia suizo. Pero no uno posando para fotos de turistas. Éste se movía con la precisión de quien había sido advertido.
—Padre Bellori —dijo, inclinando apenas la cabeza—. El comandante ha ordenado que lo escolte.
Tan tensó la mandíbula.
—¿Y a nosotros?
El guardia lo miró, y lo evaluó con rapidez. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en la mano con la que Tan sujetaba a Clara.
—Vosotros venís con él —añadió—. Pero no por orden del comandante.
Clara sintió una descarga recorrerle la espalda.
—¿Entonces por orden de quién? —preguntó, con un hilo de voz la joven.
El guardia no respondió de inmediato. Avanzó dos pasos más… y el agua volvió a elevarse detrás de ellos, esta vez más rápido, como una criatura irritada por el retraso.
—Debéis entrar ya —añadió, bajando el tono—. No estáis seguros aquí. Él os está abriendo paso.
Tan intercambió una mirada con Bellori.
—¿«Él»? ¿Quién? —insistió Mateo—. Porque si es el del traje, yo me vuelvo a casa.
Por primera vez, el suizo mostró una fisura en su neutralidad. Miró de reojo hacia el río, por si el agua pudiera entenderlo.
—No diré más. No aquí —dijo con discreción—. El agua escucha.
Un tercer arco se formó en el Tíber, más alto que los anteriores. Uno de los ángeles del puente vibró tanto que un fragmento diminuto de mármol se desprendió de una pluma, y cayó al pavimento con un chasquido seco.
Clara jadeó. Tan la estrechó contra sí.
—Nos movemos —dijo Archer mirando al guardia—. Pero si esto es una trampa…
El suizo sostuvo su mirada, y esta vez lo que apareció en sus ojos no fue autoridad, ni fanatismo, sino algo mucho más reconocible: miedo.
—Si fuera una trampa… —rumió— ya no tendríais a dónde huir.
El puente tembló levemente. Roma estaba impacientándose y, tras ello, eligieron avanzar.