Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Ribera del Tíber, camino hacia el Vaticano

T an caminaba con una urgencia contenida. Cada paso sobre la piedra húmeda era un latido robado al reloj. El rumor del Tíber decidió acompañarles río arriba. Seguía detrás de ellos, cada vez más cercano, más pesado…

Clara avanzaba apoyándose levemente en brazo. No se quejaba, no pedía descanso… y eso era precisamente lo que más inquietaba al periodista.

—Dímelo cuando sea insoportable —le rogó él.

—Si fuera insoportable ya lo sabrías —respondió ella con un intento de sonrisa.

Pero había un temblor nuevo en su voz. Uno que no estaba allí antes.

Mateo andaba unos pasos detrás, escoltándolos con la apariencia de temer a que algo emergiera de las sombras.

—Mira que hemos rehuido antes de cosas raras —aquejó el chico—, pero que ahora me persiga un río entero… es demasiado.

Bellori caminaba recto, silencioso, con el paraguas cerrado como un cetro oscuro. Cada vez que Tan miraba al sacerdote, encontraba algo distinto: primero culpa, luego miedo, luego una especie de determinación que no sabía si interpretar como valentía… o resignación.

—Estamos cerca del puente de Sant’Angelo —dijo el cura al fin—. Desde allí, ya se ve la cúpula.

Clara se detuvo un instante, respirando hondo.

—La siento —susurró ella.

—¿El río? —preguntó Tan, preocupado.

—No. Algo más. Como… como que la ciudad estuviera esperando.

—A ver si la ciudad puede esperar sentada, porque yo ya no puedo más con tanta expectación —dijo Mateo y tragó saliva.

Tan iba a replicar cuando el suelo vibró bajo sus pies.

No fue un temblor. Fue… de nuevo un pulso. Un único golpe, profundo, que hizo vibrar las ventanas, las farolas y el aire entre sus costillas.

Clara se agarró el pecho de golpe.

—Otro nodo… —jadeó.

—No. No un nodo. Una respuesta —dijo Bellori, pálido como el mármol.

Tan sintió el escalofrío recorrerle la espalda antes de girarse.

A lo lejos, sobre la ribera, durante un segundo efímero, el agua del Tíber pareció elevarse otra vez formando un arco más voluptuoso que la vez anterior. Una curva perfecta. Como una columna líquida intentando tomar forma humana.

Y entonces cayó.

—Tenemos que llegar al Vaticano —insistió Tan—. Ya.

Bellori alzó la vista hacia la cúpula que asomaba entre los edificios.

—El cuarto punto —expiró el sacerdote—. La cámara donde guardaron lo que no querían que nadie volviera a ver.

—El cuenco —dijo Clara, casi sin voz.

Tan la sostuvo, sintiendo cómo su temperatura cambiaba. Su cuerpo intentaba adaptarse a algo que estaba entrando en resonancia con ella.

—No te estamos perdiendo —le prometió al oído él, decidido—. No pienso permitirlo.

Mateo miró a Tan, luego a Bellori, desconfiado.

—Entonces dime, padre —espetó—, ¿nos llevas a salvar Roma… o nos llevas a una trampa?

Bellori no respondió de inmediato. Bajó la mirada. Su silencio fue peor que cualquier respuesta.

Tan dio un paso hacia él.

—Si sabes algo más —dijo con un tono que no había usado jamás—, me lo dices ahora… o te dejo aquí.

Bellori levantó los ojos. Y en ellos no se dibujaba maldad. Era algo peor. Vergüenza.

—Vi a Darrow —confesó—. Lo vi con ellos. Y no hice nada.

El mundo pareció detenerse alrededor. Clara inspiró. Mateo juró en voz baja. Tan apagó la mirada un instante, como quien recibe un golpe.

Y luego habló el periodista con una calma que solo se consigue al borde del abismo.

—Pues más te vale ayudar a arreglarlo.

Bellori asintió con una mezcla de alivio… y terror.

A lo lejos, una campana tocó la hora. Una, dos, tres…, y así hasta once veces. Roma marcó una cuenta atrás que solo ellos supieron reconocer.

Y es que, aunque el eco no sonó como un bronce. Sonó como agua. Y con cada reverberación, Clara tembló un poco más.