CAPÍTULO 43
Roma —Actualmente
Ubicación desconocida
E l hombre del traje se detuvo bajo un arco antiguo, invisible para cualquiera que no supiera adónde mirar. No necesitaba luz para orientarse; la vibración de la piedra era suficiente. Roma le hablaba. Roma hablaba a quienes sabían escuchar.
Sacó un pequeño dispositivo metálico del bolsillo interior. No tenía botones. No tenía pantalla. Solo una superficie lisa que, al contacto con sus dedos, emitió una pulsación tenue, casi amable.
—Confirmado —dijo una voz detrás de él, con un respeto casi devoto—. El sacerdote vio más de lo previsto.
El hombre del traje no respondió de inmediato. La superficie del dispositivo se abrió como una flor metálica. Sobre su palma se desplegó un mapa lumínico, hecho de líneas vivas que temblaban como respiración.
Tres nodos brillaban con un tono azul profundo. Un cuarto permanecía apagado… Todavía.
—No es relevante —respondió finalmente—. El conocimiento parcial siempre es más útil que el conocimiento absoluto.
La otra figura dudó.
—¿Y Archer?
—Archer avanza —dijo el hombre del traje— y duda.
—El riesgo aumenta. Si él une las piezas que Bellori aún no ha…
—Archer no es el problema —interrumpió—. Es el catalizador. Él acelera lo inevitable. Lo único que debemos impedir es que llegue al neutralizador antes de tiempo.
La figura a su lado inclinó la cabeza, inquieta.
—¿Y si Bellori se quiebra? Él vio más de lo previsto. Él podría…
—No lo hará —sentenció el hombre del traje—. La culpa es una correa más fuerte que el miedo.
Guardó el dispositivo. El mapa se extinguió.
—¿Nos movemos al cuarto punto?
—Aún no —dijo él, mirando hacia el cielo que comenzaba a aclarar—. Primero dejemos que Roma siga respirando. Cuando exhale… —una ligera sonrisa, helada.
—…ellos vendrán solos.
Y se alejó sin producir el más mínimo sonido. Daba la sensación de que la ciudad misma se apartaba para dejarlo pasar.