Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Ubicación: Subsuelo de Portae Paradisi

E l amanecer aún no hubo tocado Roma, pero Portae Paradisi respiraba a su espera. Bellori bajó el último peldaño con el corazón golpeándole el pecho, incapaz de distinguir si era por el miedo o por aquello que Darrow le había hecho sospechar la noche anterior.

El aire se palpaba húmedo, por encima de lo normal para un recinto sellado desde hacía décadas. Un hilo de agua descendía por la pared, dejando un rastro oscuro, casi azul.

—Darrow… —apuntó el sacerdote, sin que el nombre pudiera devolverle el valor.

El pasillo estrecho que conducía a la cripta se notaba más frío de lo normal, y al avanzar, la sensación se intensificó.

La cripta apareció de golpe: un recinto arqueado, de piedra vieja atravesada por grietas como venas fosilizadas. Y allí, en medio del suelo, un cuaderno abierto. Las hojas temblaban levemente, aunque no corría brisa.

Bellori se inclinó. Reconoció la letra de Darrow al instante; nerviosa, afilada, urgente:

No puede amplificarse más. No sin un sacrificio.

Portae Paradisi es el primer contenedor.

Si rompen el sello…

El resto estaba emborronado por humedad o por un borrado deliberado.

Algo crujió detrás de él.

Bellori se giró en seco, instintivamente, aplastando el sobresalto contra su pecho.

Dos sombras emergían del pasadizo, avanzando sin prisa, sin esconderse, como quien camina por territorio propio. Entre ellos, arrastrado por los hombros, iba Darrow.

Bellori se pegó a la pared escondiéndose entre pilares. Ni respiró. Su cuerpo entero parecía haberse convertido en mármol.

Darrow estaba consciente. Apenas. Su cabeza colgaba hacia adelante, la barba manchada de polvo y sangre. Pero cuando pasó delante de Bellori, levantó la vista un instante.

Ojos vidriosos, reconocimiento inmediato, y una súplica muda, devastadora: «Haz algo».

Bellori abrió la boca, pero no emitió ningún sonido. Ni palabra. Ni aliento.

El hombre que lo sujetaba por la derecha habló en italiano con una voz grave que parecía venir del fondo de un pozo:

— Acellera . El nodo ya responde.

—El mineral está activo —respondió el otro—. Hoy llegamos al siguiente punto.

Bellori sintió un temblor recorrer la pared detrás de él. Una vibración profunda, casi imperceptible en la piedra… pero viva.

El hombre de la izquierda se detuvo un segundo. Miró hacia la zona donde Bellori se escondía.

El sacerdote contuvo la respiración hasta sentir el dolor en los pulmones.

Los ojos del secuestrador se entrecerraron apenas. No dijo nada, no llamó a nadie, no levantó la mano… Solo reprochó:

—El que mira y calla ya eligió bando —y siguió andando.

Las botas resonaron sobre la piedra, alejándose por un corredor lateral que Bellori jamás hubo visto antes. Allí, donde el plano oficial decía que no había nada.

Cuando la última sombra desapareció, Bellori cayó de rodillas. No sabía si lloraba o si sudaba.

—Perdóname… —rogó, aunque no sabía si hablaba a Dios, a Darrow o a sí mismo—. No pude…

Entonces vio algo en el suelo, algo que pudo haberle caído a uno de ellos tres. Era un cuaderno de notas. Lo recogió temblando. Había páginas arrancadas, símbolos incompletos, un diagrama circular con un fragmento tachado violentamente. Sabía que Darrow quería que Tan lo viera.

Sabía también que quien había secuestrado al científico lo había dejado con vida, al menos de momento, porque necesitaban su conocimiento… o su silencio definitivo.

Bellori avanzó hacia la salida; parecía caminar sobre fuego. Y justo al alcanzar la luz tenue del exterior, un hombre lo esperaba en la calle desierta, un metro más allá de la reja cerrada. El hombre del traje. Inmóvil. Sereno. Con el semblante de llevar horas aguardando exactamente ese instante.

—Buenos días, padre —dijo sin sonrisa—. Llega usted muy temprano para un templo que no abre.

Bellori no contestó. No podía.

El hombre inclinó levemente la cabeza e insistió:

—Ciertas puertas se abren solo para los que saben mirar —añadió—. Y usted parece haber mirado.

Una pausa larga e insoportable.

—Nos volveremos a ver —concluyó aquel extraño.

Y se marchó sin prisa, con el semblante de que todo estuviera ya decidido.

Bellori sintió que las piernas le fallaban. Aplastó el cuaderno contra su pecho, con la sensación insoportable de que aquel hombre sabía exactamente qué páginas faltaban. Qué había visto.  Qué había callado. Y qué había elegido. Porque no intervenir… también era elegir.

El clérigo salió caminando, casi a trompicones, con el peso de un secreto que sabía que Tan jamás podría perdonarle. Sin embargo, Bellori entendía algo más profundo: No podía contarlo. No sin condenarse a sí mismo. No sin despertar una pieza del tablero que aún no comprendía.

Y por primera vez, pensó algo que jamás habría admitido en voz alta: «Tal vez, la única forma de sobrevivir… es mentir al hombre que más podría entenderlo».