CAPÍTULO 41
C lara presionó el brazo de Tan. Sus ojos se mostraban empañados.
—Está… sincronizado —explicó—. Cada vez que sube, mi pecho se acelera. Y cuando baja… me arranca el aire.
Tan rodeó sus hombros con un gesto instintivo.
—Mirada aquí —dijo—. No al agua. A mí.
Ella obedeció, pero no consiguió desconectar del todo. El río seguía tirando. No solo de su cuerpo, de algo más profundo.
—Bellori —dijo Tan, sin apartar la vista de Clara—. Explícate.
El sacerdote inspiró despacio. Parecía prepararse para un examen que sabía que iba a suspender.
—Los textos que estudié —comenzó— hablaban de una «impregnación». Decían que, cuando el agua se saturaba con el mineral conductor, no solo se convertía en vehículo, también podía convertir en vehículo a quien la bebiera o la tocara en el momento de máxima excitación.
—Y, ¿para que nos entendamos? —preguntó Mateo.
—El cuerpo humano pasaba a ser como un nodo secundario —sentenció Bellori.
Clara forzó la garganta.
—Como… ¿un nodo? —repitió—. ¿Quieres decir que… que ahora formo parte del sistema?
—No del todo —se apresuró a matizar Bellori—. Aún no. Pero si la red sigue amplificándose y si el cuarto punto se activa, tu resonancia podría… —Bellori prefirió morderse la lengua y callar el resto de la frase en ese momento.
—¿Podría qué? —saltó Mateo—. ¡¿Podría qué?!
—Podrías ser utilizada como amplificador para alguna catástrofe —admitió el sacerdote ante la presión—. No solo como víctima.
Clara comprimió los párpados. Era una frase que no necesitaba oír, pero que ya intuía.
El operario se alejó discretamente, refunfuñando algo sobre «no querer estar allí si reventaba el muro». Se perdió por una escalerilla hacia la calle superior, dejándolos solos con el río y con sus propios miedos.
Tan se inclinó un poco más sobre el pretil.
El Tíber avanzaba como una masa indiferente, pero ahora, bajo la superficie, distinguía algo más: zonas donde la corriente se arremolinaba con forma de espiral.
En uno de esos remolinos, durante un instante brevísimo, creyó ver un destello azul.
Un reflejo imposible, el agua dejó entrever por un segundo la forma de un cuenco, o algo morfológicamente parecido.
—¿Lo has visto? —indicó Clara.
Tan la miró, sorprendido.
—¿Qué?
—Un círculo… ahí —señaló sin dudar—. ¿Alguien ha dejado algo dentro del río?
Bellori palideció.
—No, no… —negó ladeando repetidamente la cabeza y en movimientos cortos—. No tendría sentido sumergirlo. El lapislázuli absorbería parte del pulso, sí, pero al mismo tiempo se saturaría. Sería como… como meter una esponja dentro de un océano lleno de veneno. Solo ganaríamos tiempo.
—Tiempo es justo lo que nos falta —replicó Tan.
Un golpe seco retumbó bajo sus pies. No fue un terremoto, pero se le asemejó. El muro vibró. Una grieta casi invisible serpenteó unos centímetros en la piedra.
—Nos vamos —dijo Mateo—. Ya. No pienso quedarme a comprobar qué aspecto tiene una avenida del Tíber si se desborda.
Tan asintió, pero antes de alejarse del todo se volvió hacia Bellori.
—Darrow dijo que el cuenco podía proteger a quien hubiese sido impregnado —recordó el periodista—. No hablo ya de salvar Roma. Hablo de ella.
Clara sintió un extraño nudo en la garganta al oírlo en voz alta.
—Yo puedo soportarlo —mintió—. Lo importante es detenerlos.
Tan negó con la cabeza.
—Nada de héroes sacrificiales. No esta vez.
Bellori estranguló el paraguas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Si el Vaticano ha enviado gente al río —dijo—, significa que saben que el pulso se ha desviado del plan original. O que alguien ha movido el cuenco sin informarles.
—¿Y dónde estaría ahora? —preguntó Mateo—. ¿En sus sótanos? ¿En una vitrina? ¿En manos del tipo del traje?
Bellori dudó.
—Hay secciones del archivo a las que ni siquiera yo puedo acceder —admitió al fin—. Si el cuenco sigue en territorio vaticano, no lo encontraremos sin… ayuda.
—Entonces necesitaremos a alguien dentro —dijo Tan.
Un nuevo oleaje recorrió el Tíber. Esta vez no subió solo en un punto; toda la lámina de agua pareció hincharse unos centímetros y descender de golpe. A lo lejos, se oyó el grito de un hombre en una barca.
Clara estrujó con más fuerza el brazo de Tan.
—Nos está siguiendo —avisó ella—. Pero no el agua del río, el pulso. Va donde vamos.
Tan miró la corriente. Durante unos metros, una franja más oscura parecía desplazarse paralela a la ribera, acompañando su posición como una sombra líquida.
—No es el cuarto nodo el que se acerca —dijo en voz baja, más para sí que para los demás—. Es Roma entera.
—Tan —intervino Mateo—. No me has respondido. ¿Dónde crees que está ese cuarto nodo?
Archer tardó unos segundos en contestar. En su mente, el mapa de Darrow se superponía al de la ciudad: Laterano, Santa Croce, Portae Paradisi, Popolo… líneas de energía uniendo puntos que no existían en ningún plano oficial.
Miró el río, luego al horizonte, hacia la cúpula que se intuía a lo lejos, recortada sobre el cielo.
—No es un solo edificio —dijo al fin—. Es un sistema. Pero si hay un lugar desde donde todo se coordina… —el periodista achinó los ojos— está al otro lado del Tíber.
Clara siguió la dirección de su mirada. La intuición le llegó antes que las palabras.
—El Vaticano —susurró.
Bellori bajó la cabeza.
—El corazón de la ciudad… y el lugar donde se ocultó aquello que podía salvarla —dijo, con amargura—. Si el cuarto nodo despierta por completo, no habrá muros lo bastante gruesos.
Tan se apartó del pretil, tirando de Clara con cuidado.
—Entonces no vamos a esperar a que despierte —dijo él—. Vamos a ir a su cama antes de que abra los ojos.
Mateo arqueó las cejas e ironizó:
—Genial. Asaltar el Vaticano. Fácil.
El Tíber lanzó un último golpe contra el muelle, como una despedida poco amistosa. El eco quedó flotando unos segundos en el aire.
Y mientras se alejaban del río, Clara tuvo la sensación, por primera vez, de que no era ella quien dominaba sus propios pasos sobre Roma… sino Roma la que se movía bajo sus pies, ajustando sus piezas para algo que todavía no comprendían.