Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 40
46%

CAPÍTULO 40

E l murmullo del agua los recibió antes de ver el río. No era aquel rumor amplio y constante que Tan recordaba del Tíber, sino algo más contenido, más grave, como una nota sostenida en la garganta de la ciudad.

—Yo sigo pensando que esta idea es una locura —gruñó Mateo—. Si el problema es el agua, traer a Clara y exponernos al lado del río no parece precisamente brillante.

—Precisamente por eso —replicó Tan sin aflojar el paso—. Aquí veremos hasta qué punto está conectada.

Clara sonrió de lado, sin fuerza.

—Qué reconfortante —suspiró ella.

La ironía le salió bien, pero la respiración no acompañó. Al llegar al pretil de piedra tuvo que detenerse un segundo y apoyar la mano. El contacto con la roca le produjo un repelús inmediato.

Bellori se mantuvo unos pasos por detrás, ante la duda entre acercarse más al agua o mantenerse en tierra segura.

—El Tíber siempre ha sido el espejo de Roma —dijo, con un tono que no era del todo tranquilizador—. Lo que se gesta arriba, él lo devuelve deformado.

Tan se inclinó sobre el pretil y miró hacia abajo.

El río parecía tranquilo al primer vistazo. Una superficie amplia, de un verde turbio, avanzando con desgana entre los muros altos, salpicada aquí y allá por reflejos de farolas. Pero bastaba fijarse un poco más para ver que algo no encajaba.

Las ondas no seguían la corriente. La desafiaban.

Pequeños círculos nacían y se expandían en dirección contraria al flujo, de tal forma que parecía que alguien estuviera golpeando el agua desde abajo. Y, en algunos tramos, la luz reflejada iba con un leve retraso respecto al movimiento de la superficie. El espejo se resistía a obedecer.

—No me gusta —aquejó Mateo—. Nada.

Clara se acercó despacio al borde, guiada casi más por la sensación que por la voluntad. Tan estuvo a punto de detenerla, pero se obligó a esperar. Necesitaba saber.

—¿Qué ves? —preguntó él.

Ella entornó la mirada.

—No… no es lo que veo. Es lo que siento —inspiró hondo, como quien se asoma a un olor intenso—. Es… es un latido ahí dentro. Y cada vez que el agua se curva… se me encoge el pecho.

Tan notó cómo se le tensaba la mandíbula.

—Aparta la mano de la piedra —pidió él.

Clara obedeció. Pero, aunque retiró el contacto físico, el vínculo no disminuyó. Seguía sintiendo el pulso del río en el esternón, tal que una cuerda invisible los hubiera enlazado.

Detrás de ellos sonó un golpe metálico. Un pequeño embarcadero flotante se hubo desplazado varios centímetros y ahora chocaba rítmicamente contra el muro de acceso, empujado por una ola que el viento no justificaba.

Un hombre con chaleco fosforescente salió de detrás de una caseta de mantenimiento, maldiciendo en italiano. Tiró de la cuerda para ajustar el amarre, pero el agua volvió a levantar la plataforma con un movimiento brusco.

— Porca miseria … —masculló.

Tan se giró hacia él.

—¿Pasa esto a menudo? —preguntó, en italiano.

El operario lo miró de arriba abajo, calibrando si merecía una respuesta.

—Desde anoche el río hace cosas raras —dijo al fin—. Sube y baja unos dedos de golpe, como que respira. No es la marea ni la lluvia. Los sensores del servicio de aguas llevan horas pitando.

—¿Sensores? —intervino Bellori.

—Sí, padre —asintió el hombre, reconociendo el alzacuellos—. Han colocado aparatos nuevos para medir vibraciones en la estructura de los muros. Dicen que es por seguridad —se rascó la cabeza—. Pero le diré una cosa: no es un problema de ladrillos. Es el agua.

Clara cerró los ojos un instante. El murmullo bajo sus pies pareció intensificarse.

—¿Han venido técnicos? —preguntó Tan.

—Más que técnicos —replicó el operario—. Esta madrugada se presentaron unos señores de semblante serio, con credenciales del Vaticano.

—¿Y le dijeron qué pretendían? —consultó el periodista.

—Querían acceder a las lecturas de las sondas. Hablaban de un «objeto perdido» y de interferencias en la frecuencia.

Tan sintió cómo se le helaba algo por dentro.

—¿Un objeto?

El hombre asintió.

—Uno de ellos dijo que probablemente lo habían sacado del archivo equivocado. Algo antiguo, azul.

—¿Un cuenco? —pronunció Bellori en voz baja.

—Efectivamente. Un cuenco, creo que es lo que mencionó. Un cuenco de piedra.

Nadie respiró durante un segundo.

Mateo fue el primero en romper el silencio.

—¿Un cuenco azul? —repitió, mirando de reojo a Bellori—. Qué coincidencia tan bonita, ¿no?

Bellori clavó la vista en el río.

—El Vaticano protege muchas reliquias —enunció—. No todas se catalogan igual.

Pero el tono le traicionó. No sonaba como alguien sorprendido. Sonaba como alguien al que por fin se le confirmaba un temor.

Tan no se molestó en disimular la desconfianza.

—Tú sabías del cuenco —dijo el periodista—. No solo por los textos. Sabías que había desaparecido. Y sabías que lo estaban buscando.

El sacerdote sostuvo un segundo su mirada, luego la apartó hacia el agua.

—Darrow me habló de él —admitió—. Aseguraba que el lapislázuli no solo podía atenuar el pulso… sino también proteger el cuerpo de quien hubiera sido impregnado por el conductor. Yo no creí que nadie fuese capaz de activar la red de la que el profesor habló. Pensé que eran… especulaciones teóricas.

—Pues ya ves —escupió Mateo—. Teorías muy prácticas.

Una nueva oleada recorrió el Tíber. Esta vez fue visible incluso para quien no quisiera ver nada raro: la lámina de agua subió varios centímetros en un tramo concreto. Una burbuja invisible la empujó desde abajo, y luego se desplomó con un chapoteo sordo.

El operario dio un paso atrás, impresionado.

—Lleva un rato haciéndolo, pero nunca tan fuerte…