CAPÍTULO 39
Ubicación: Sótano sin registrar, zona del Lungotevere Marzio
D arrow le dio al botón de grabación, pero antes de hablar, su garganta se quebró lo suficiente como para que la máquina lo captara.
—Si estás escuchando esto… significa que no llegué a tiempo —pronunció hacia la penumbra—. Y sé perfectamente cómo eres, Tan.
Hubo un silencio breve. Casi un suspiro.
—Tú siempre has sabido leer las grietas del mundo mejor que yo con tu intuición y capacidad de análisis.
Una presencia invisible parecía acompasar su respiración. Pasó una mano por el rostro, agotado.
—No tenía que llegar a esto… —reconoció más para sí que para la grabadora—. Pero nadie escucha a los vivos. Solo escuchan a los muertos.
Entonces enderezó la espalda. Su voz cambió, adoptando el tono de quien se esfuerza por dejar un mensaje que pueda sobrevivirlo.
—Empiezo.
Una bombilla tardó un segundo en encenderse. Parpadeó primero, hasta que finalmente inundó la habitación con una luz amarillenta y fatigada. El sótano olía a viejo, a madera carcomida y a algo más tenue… como un rastro de ozono en el aire.
Darrow se movía por el espacio estrecho con el nerviosismo de quien sabe que ya no dispone de tiempo. Llevaba días sin dormir. Tenía las manos manchadas de tiza azul y los ojos inyectados de una lucidez peligrosa.
En la pared había dibujado un diagrama inmenso, un mapa de líneas y círculos concéntricos que parecía latir por sí mismo bajo el temblor tenue de la luz. Era casi idéntico al símbolo del baptisterio, pero aquí estaba completo, terminado. El tiempo o el miedo no fueron suficientes para detenerlo.
Darrow dejó su cuaderno sobre una mesa metálica. El sonido del impacto reverberó en las paredes desnudas.
—Al principio —arrancó al fin, sin saber si hablaba para sí mismo o para la pequeña cámara que había colocado frente a él— pensé que todo era una anomalía. Una desviación absurda en las mediciones del campo magnético. Algo que no encajaba con ningún modelo estándar.
Se pasó una mano por el rostro. Le temblaban los dedos.
—Me equivoqué. No era una anomalía. Era una costura —señaló el diagrama de la pared con la tiza—. Una línea donde las fuerzas que llamamos gravedad, y las que consideramos electromagnetismo, dejan de comportarse como entidades separadas. Donde todo… se vuelve uno.
Caminó hasta la mesa donde descansaba un pequeño dispositivo cilíndrico, ensamblado con piezas que parecían sacadas de un laboratorio clandestino. Carraspeó, inspiró, y lo encendió.
Un zumbido grave llenó la habitación. No se percibía alto, pero era profundo, muy profundo.
Un bolígrafo colocado junto al artefacto comenzó a temblar. Primero un milímetro. Luego dos. Luego se elevó suavemente, como sumergido en un líquido invisible. Permaneció suspendido un instante… y cayó golpeando la mesa con un sonido seco.
Darrow apagó el aparato con brusquedad.
—Eso es solo un arañazo —mencionó—. Una distorsión local. Una grieta microscópica en la red que mantiene unida la materia. Pero si alguien amplifica esta resonancia… Si la propaga a través de un conductor a gran escala…
Se interrumpió. Miró la puerta. Luego volvió a la cámara con una expresión que Tan jamás le había visto en vida: miedo crudo.
—Se puede deshacer un edificio —continuó, con la voz quebrada—. Una montaña. Una ciudad entera. No importa su tamaño. No importa su historia. Si la frecuencia se quiebra, la materia obedece.
Una gota cayó del techo, aunque no debería haber humedad allí. Pero la gota descendió lentamente...
—No pueden controlar este conocimiento —dijo, empezando a hablar deprisa—. Ninguna sociedad, ningún gobierno, ninguna élite. Y mucho menos ellos. Los Hijos de las Sombras llevan siglos buscando la forma de dominar esta vibración primordial. No entienden su magnitud. O quizá sí… y por eso la desean.
Abrió su cuaderno y lo hojeó hasta encontrar un dibujo: un cuenco perfecto, de color azul intenso, marcado con glosas en sumerio y notas propias al margen.
—Los antiguos sabían cómo cancelarla —expresó de forma comedida—. Cómo absorber la disonancia antes de que se propagara. Usaban un material hecho con lapislázuli. Pero, no por su belleza, sino por algo en él. Este cuenco… este neutralizador… es lo único que puede detenerla.
Le tembló la voz.
—Tan, tú sabrás leer mis notas. Tú verás los patrones. Tú entenderás lo que yo ya no puedo explicar.
Un golpe seco resonó en la puerta. Darrow se tensó como un animal acorralado.
—No vienen a por mis teorías —farfulló—. Vienen a por mi silencio.
Guardó el cuaderno en un sobre marcado con una caligrafía clara:
« PARA ARCHER »
Otro golpe. La bombilla titubeó.
—Si estás viendo esto —dijo, mirando directamente a la cámara al tiempo que sus ojos iban y venían desde la puerta al objetivo—, significa que ya te han arrastrado al tablero. Encuentra el cuenco y cancela el pulso. O Roma será la primera de muchas ciudades en… desaparecer.
La puerta tembló. Un tercer golpe, más fuerte. La cámara vibró. El sótano entero pareció contener la respiración.
—El tejido se está deshaciendo… —fue lo último que dijo.
La bombilla explotó y la pantalla quedó en negro.