Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

E l pulso del obelisco todavía seguía resonando en el pecho de Clara cuando se alejaron de Piazza del Popolo. No hablaban. Ni siquiera miraban atrás. Era como abandonar una habitación donde alguien acababa de apagar una bomba, sin saber si volvería a encenderse.

Mateo fue el primero en romper el silencio.

—¿Alguien quiere explicarme qué cojones ha sido eso?

Su voz buscaba alivio en la ironía, pero temblaba más de lo que pretendía.

Clara caminaba con pasos cortos, controlados, dado que cada movimiento requería más energía de la que tenía.

—Clara, dime la verdad, ¿qué sientes? —preguntó Tan.

Ella respiró hondo, intentando mantener el control.

—No es tan grave. Solo… un peso aquí —se llevó la mano al esternón—. Como si tuviera agua dentro.

Mateo abrió los ojos como platos.

—Se te habrán quitado las ganas de beber, pues.

Clara intentó sonreír, pero la expresión se deshizo antes de formarse.

Bellori caminaba al frente, demasiado rápido para alguien que conocía el estado de Clara. Tan lo percibió y no le gustó.

—Bellori —llamó Archer—. ¡Espera!

El sacerdote se detuvo, pero no giró del todo la cabeza. Su voz sonaba más tensa que antes.

—No es seguro permanecer cerca de la plaza. A la vista de lo que está pasando, el pulso podría intensificarse. Deberíamos alejarnos del eje Flaminio cuanto antes.

Tan fijó su mirada a la nada, pensativo.

—¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó el periodista de forma capciosa.

Bellori lo miró un momento. Apenas medio segundo. Pero el gesto cargó la atmósfera como mecha recién prendida.

—He estudiado los textos antiguos durante toda mi vida —dijo el sacerdote—. Sé reconocer un patrón cuando lo veo.

No era una mala respuesta… pero tampoco era la completa, y Tan lo intuyó al instante.

Clara apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio. Mateo la sostuvo por el hombro.

—Oye, oye… Clara, mírame. ¿Te mareas? ¿Quieres sentarte?

—No —descartó ella—. Solo… es un minuto. Ya pasa.

Pero no pasaba. El temblor finísimo en sus dedos iba en aumento.

Tan tomó una decisión inmediata:

—Si tanta influencia puede tener esto sobre el agua, vamos al Tíber. Necesito ver cómo reacciona el agua lejos del nodo.

Bellori emitió una mueca que denotaba falta de confianza.

—No es prudente. El río será aún más sensible al pulso.

—Precisamente —respondió Tan—. Necesito comprobar si Clara está resonando con él.

La palabra «resonando» cayó como una piedra. Mateo quedó inmóvil.

—¿Significa eso… que Clara… está conectada? —preguntó al fin el joven alumno.

Clara apartó la mirada, incapaz de sostenerla.

—No lo sé —interpeló ella tratando de explicarlo—. Pero… algo me llama. No oigo palabras. No es una voz. Es como… como que el agua se mueve hacia mí.

Nadie habló durante unos segundos.

Tan apretó los dientes y se dirigió al sacerdote:

—Bellori, tú conoces las leyendas. Dinos la verdad.

El sacerdote tomó aire por la boca.

—Si el agua ha entrado en su campo —respondió Bellori con voz grave— significa que ese posible elemento o mineral conductor ya está circulando por la red subterránea. Si ella tuvo contacto directo en Portae Paradisi…

—Bellori —gruñó Tan—. ¿Qué nos estás ocultando?

Bellori se giró hacia Clara.

—¿Acaso has bebido de la fuente que había en el lateral de Portae Paradisi, Clara?

La joven no medió palabra, un simple gesto suyo de afirmación, que denotaba un dramático sentimiento de tristeza y culpabilidad dibujado en su rostro, fue suficiente para que Bellori no insistiera en exigirle una respuesta verbal a Clara.

En ese momento, el sacerdote quedó con la mirada perdida hacia el pavimento durante un instante, como el que visualiza en su mente una imagen que necesita explicar de forma detallada.

—Ese mineral… no es inocuo —recapacitó Bellori—. Los textos antiguos describen síntomas similares. Mareos. Palpitaciones. Alteraciones en la percepción. Son señales de que el cuerpo está… adaptándose.

Mateo palideció.

—¿Adaptándose… a qué?

—A convertirse en un canal —respondió Bellori con la mirada todavía fijada en los adoquines milenarios sobre los que andaban.

Y, ahí, el silencio fue absoluto. Clara retrocedió un paso, quería negar la realidad… pero, ahora, el pulso en su pecho respondió más fuerte, reduciendo cualquier esperanza a la mínima expresión.

—No quiero ser un canal, no quiero conectar nada —rezongó, temblando—. No quiero…

Mateo se acercó, con una mezcla de indecisión y miedo.

—¿Tiene cura? ¡¿Sabes si tiene cura, Bellori?!

El sacerdote tardó en responder.

—Hay un objeto —dijo al fin—. Un cuenco ritual. Aunque no deja de ser leyenda.

—¿Qué hace! ¿De qué está hecho! —insistió el periodista.

—De lapislázuli puro. Se usaba para contrarrestar la impregnación en los antiguos ritos. Está mencionado en los archivos ocultos del Vaticano… pero desapareció.

Tan lo miró fijamente.

—No desaparecería. Solo lo esconderían. Y tú lo sabes.

Bellori apretujó el puño alrededor del paraguas.

Clara volvió a marearse. Esta vez Tan la sostuvo antes de que cayera. Ella apoyó la frente sobre su hombro, respirando con dificultad.

—Tan… el agua… está más cerca —titubeó ella sin casi fuerzas ni para vocalizar.

El periodista sintió una corriente fría recorrerle la columna.

Desde la calle lateral, un murmullo comenzó a elevarse —no de gente, no de tráfico—. Era un rumor profundo, húmedo, como un río que hubiera cambiado de sitio.

Tan agarró el brazo de Clara.

—Nos movemos. Ahora —ordenó Archer—. Antes de que Roma decida venir a por nosotros.

Bellori no protestó. Mateo tampoco. El pulso bajo sus pies aumentó un segundo… La ciudad pareció inhalar. Y el cuarto nodo se estaba acercando a ellos.