Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

E l aire seguía vibrando sutilmente incluso después de alejarse de Portae Paradisi. Era como una inhalación vasta y contenida, sin sonido ni temblor, que amenazaba con exhalar en cualquier momento.

Clara caminaba a un ritmo más lento que antes. Intentaba disimularlo, pero Tan había aprendido a leerla con una sola mirada. Su respiración era un poco más corta. Su mano, más temblorosa.

—Clara —dijo Archer—. ¿Seguro que estás bien?

Ella forzó una sonrisa breve.

—Sí… solo estoy cansada. No es nada —insistió.

—¿Necesitas beber agua para refrescarte? —le preguntó el periodista.

—Ya he bebido de la fuente, gracias…

Pero bajó la mirada de inmediato. Y Tan entendió que era mentira aquello de que no le pasaba nada. Y, por supuesto, ella también era consciente.

Bellori, unos pasos por delante, hablaba sin volverse:

—Si Portae Paradisi forma parte del triángulo, el siguiente punto está cerca. El mapa lo deja claro. El antiguo eje Flaminio conducía a un punto de concentración…

—…Piazza del Popolo —completó Tan, casi sin pensar.

—Exacto —confirmó Bellori—. Y si el agua está actuando como conductor, el obelisco de Popolo debería estar respondiendo ya al pulso.

Mateo bufó.

—Fantástico. Otro obelisco. Estoy empezando a tenerles manía.

Unos pasos más adelante la calle se abrió hacia una zona más amplia. El murmullo distante de una plaza grande llegó como un eco anticipado.

Clara aceleró el paso, quizá para no sentirse la más lenta, y entonces, el sobresalto.

Un chirrido violento rasgó el aire.

—¡Eh, cuidado! —gritó alguien.

Una bicicleta se lanzó hacia ellos desde un lateral, descontrolada, el freno chillando como un alarido metálico. Tan reaccionó instintivamente: agarró del brazo a Clara y la apartó con un solo movimiento seco. La rueda pasó a centímetros de Mateo, que soltó un insulto en español.

El ciclista, pálido, tembloroso, se detuvo a duras penas.

—¡Perdonad! ¡Perdonad! El manillar… ha vibrado. No giraba bien. No sé qué ha pasado…

Tan fijó la mirada en sus manos. El chico seguía sujetando el manillar, que temblaba, literalmente.

—No es tu culpa, aunque presta algo más de atención —dijo Archer, pero su voz sonó tensa.

Bellori observó la bicicleta unos segundos y luego bisbiseó:

—Incluso el metal está respondiendo.

El ciclista pedaleó lejos, cruzando la avenida hacia la plaza, con la desesperación de quien quiere huir de algo que no entiende.

Cuando recuperaron el ritmo, Clara se apoyó un momento en la pared de un edificio. Mateo la miró con preocupación sincera.

—Estás blanca.

—Solo… un mareo —respondió ella—. Ya está. Sigamos —sintió un calor leve en la base del cuello, idéntico al que hubo notado en la fuente… pero más profundo.

Pero al separarse de la pared, Tan vio que su mano había dejado una marca húmeda. El agua de la piedra había formado pequeñas ondas concéntricas donde ella había apoyado la palma. Ondas idénticas a las del baptisterio. Y a las de Santa Croce.

Algo en su interior se heló. Bellori fingió no verlo. O quizás lo vio y eligió callar.

—Ya casi estamos —dijo el sacerdote, apretando el paraguas—. La plaza está justo ahí delante.

Finalmente, la inmensidad de la plaza se abrió por completo a sus ojos. Se extendía en un óvalo perfecto.

El Obelisco Flaminio dominaba el centro de ella, alzándose como una aguja ancestral contra el cielo. A su alrededor, cuatro leones de mármol escupían agua en chorros constantes, que caían en las pilas circulares a sus pies.

Pero algo no era normal. Los chorros no caían rectos. Las ondas que formaban en las pilas no se dispersaban como deberían. Las circunferencias se mantenían… demasiado perfectas.

Clara fue la primera en notarlo.

—Tan… mira.

El agua parecía responder a un patrón invisible, seguía una frecuencia. A su alrededor, la plaza silenciosa se volvía más grande, más expectante.

A la derecha, la Fontana della Dea Roma —la diosa sentada con la lanza apoyada, flanqueada por las figuras del Tíber y Aniene— mostraba también un comportamiento extraño: el agua que caía en cascada desde la roca parecía dividirse en filamentos que vibraban al mismo ritmo que el pulso que Tan sentía en el cuello.

Mateo dio un paso atrás.

—Ostras, decidme que eso es un efecto óptico.

Tan negó despacio.

—No. Es resonancia.

Bellori tragó saliva y explicó:

—Los leones… la diosa Roma… los dos ríos… representan la antigua soberanía del agua sobre esta parte de la ciudad. El agua como origen. Como frontera. Como advertencia.

Un grupo de turistas se hizo una foto y, al revisarla, fruncieron el ceño: la imagen salía ligeramente distorsionada.

Clara se sobrecogió. Debajo del agua, algo parecía latir. Palpitaba al mismo ritmo que su pecho.

—Está… respondiendo —aquejó ella.

—A ti —dijo un desconocido.

La voz provenía del lado derecho de la plaza.

Allí permanecía el hombre del traje. Imposible saber cuánto tiempo llevaba observándolos.

Esta vez, a su lado, se encontraba la figura más alta, la que habían visto en Portae Paradisi.

El rostro sereno. El porte sacerdotal. La calma aterradora del que cree tener razón.

Aquel hombre, con aspecto de villano, dio un paso al frente.

—El agua reconoce a quien ha sido tocado por ella —dijo mirando a Clara—. Ya no eres espectadora. Eres parte del circuito.

Tan se interpuso automáticamente.

—Ni un paso más —advirtió.

La sonrisa del hombre fue casi paternal.

—La ciudad está despertando. Y vosotros estáis exactamente donde debéis estar.

—¿Qué pretendéis? —gruñó Mateo.

El villano extendió la mano hacia el obelisco.

—Lo que siempre se ha intentado y siempre se ha impedido: que Roma renazca, a través del agua, a través del pulso… a través del sacrificio. Y ese fin no será más que el principio del todo.

El suelo vibró. Las ondas de la fuente se aceleraron.

Una paloma se alzó de golpe, asustada sin razón aparente. Luego otra. Luego un grupo entero.

Clara retrocedió, mareada, agarrándose el pecho.

—Tan…

Él la sostuvo. El villano inclinó la cabeza, como quien observa un proceso natural.

—No luches contra ello, Clara. El agua ya está dentro de ti y tú dentro del agua.

Un pulso recorrió la plaza entera. Las estatuas parecieron respirar. El obelisco vibró. El agua ascendió un milímetro… contra la gravedad.

Tan supo, con una certeza que le heló el alma, que la activación estaba avanzando, y que Clara se estaba convirtiendo en una antena más.

El villano habló por última vez antes de desaparecer entre la multitud que empezaba a llenar la plaza:

—Cuando el cuarto nodo despierte, ya no habrá forma de contenerla.

Mateo, por el impacto de aquella revelación, se atragantó con su propia saliva, tosió y preguntó a duras penas:

—¿Cuarto nodo? ¿Hay un cuarto?

Tan no respondió. Clara tampoco. Su mirada estaba perdida en el movimiento imposible del agua, trataban de oír algo que los demás no eran capaces de oír.

Y el Obelisco Flaminio, antiguo como un dios olvidado, proyectó una sombra que no coincidía con el sol.

¿Habría estado alguien manipulando el espacio tiempo?