Namtar: El Juicio Final (Código Once 3) CAPÍTULO 36
41%

CAPÍTULO 36

E l sacerdote inspiró hondo…

—Hace dos siglos, cuando aún se hacían ofrendas aquí, los peregrinos dejaban limosnas en la hendidura de la fachada, al lado derecho de la puerta.

—Pero eso se sigue haciendo —sugirió Tan.

—No de aquella manera. —Bellori prosiguió con el relato— Dos sacerdotes responsables de custodiar el dinero, y en distintas épocas, empezaron a… desviarlo. Primero uno y luego otro años después.

—Desviarlo ¿adónde? —preguntó Clara con las cejas arqueadas.

—Cenas, vino, lujo. —El sacerdote oprimió los labios y continuó— Y una noche el primero apareció muerto, el cual luego fue sustituido por el segundo sacerdote, que paradójicamente, también luego apareció su cadáver del mismo modo. Ambos sin señales de violencia. Sin explicación razonable.

—¿Y qué explicación se dio? —preguntó el periodista entornando la mirada.

—Se dijo que fue una maldición, un ajusticiamiento… Pero también se comentó que fueron envenenados por el agua de la fuente junto a la puerta.

—¿Envenenados por… esa fuente? —Mateo titubeó, señaló la fuente y retrocedió un paso ante el filo de la historia.

Bellori asintió y también señaló con la mirada la misma fuente; era pequeña y metálica, con un manto de musgo trepando desde su base, adosada al muro derecho. El agua chorreaba en un hilo finísimo, casi imperceptible, claro y quieto.

Tan se acercó con cautela.

—¿Y sabías esto antes de venir?

Otra pausa. Más larga aún.

—Pensé que no era relevante —respondió Bellori, sin mirarlo a los ojos—. En la actualidad todas las fuentes de Roma son de agua potable.

Clara tensó el rostro, inquieta. No sólo por la historia, también por Bellori.

Tan estuvo a punto de decir algo, pero entonces ocurrió: Clara dio un pequeño paso hacia la fuente, tropezó con una irregularidad del pavimento, apoyó la mano en el borde para no caer y quedó paralizada.

—Clara —dijo Tan acercándose—, ¿estás bien?

Ella parpadeó, confundida. Luego retiró la mano lentamente de la fuente.

—Sí… sí, solo me he mareado un segundo. Nada grave.

Tan negó con la cabeza. Había visto cómo se le tensaba el rostro. Había visto el gesto de dolor fugaz. Pero antes de insistir, recomponiéndose, Clara añadió:

—Es el cansancio. No he desayunado.

Bellori, sin embargo, observó su cara todavía mojada, pero con una intensidad extraña. Tan lo notó, y por primera vez desde que conoció al sacerdote, sintió un pequeño vértigo: ¿acaso Bellori era consciente de algo de lo que estaba sucediendo?

Quiso preguntarlo, pero el aire les cambió. Literalmente.

La puerta cerrada de Portae Paradisi emitió una vibración tan leve que ninguno la habría percibido… si no hubiera coincidido exactamente con el pulso que recorría el cuello de Tan: Un latido. Un eco… O un llamado.

Clara se llevó la mano al pecho.

—¿Habéis sentido eso?

—El tercer nodo —dijo Tan—. Está aquí.

Mateo maldijo en voz baja. El agua de la fuente vibraba. Ya no era imaginario: vibraba de verdad, dibujando pequeñas ondas concéntricas que no se disipaban. Y entonces Clara sintió un segundo mareo. Pequeñísimo. Apenas una sombra.

Tan la sostuvo por el brazo.

—Clara… no estás bien.

—Estoy bien —insistió ella—. Solo ha sido un pinchazo.

Pero Tan no la creyó. Porque cuando Clara se apartó, las ondas en la fuente se aceleraron. Como si hubieran registrado algo.

Bellori, al ver el agua reaccionar, palideció un instante y reconoció en voz contenida:

—No puede ser…

Tan lo oyó. Y oyó el miedo real en su voz. Era miedo al efecto del nodo en sí.

—¿Bellori? —preguntó Tan, sin ocultar la suspicacia—. ¿Qué significa esto?

El sacerdote rechinó los dientes.

—Los sacerdotes que murieron… también empezaron así. Mareos. Sensibilidad al agua. Y luego…

No terminó la frase. Y quizá no hizo falta, porque en ese preciso momento, en el extremo de la plaza, una figura se materializó, recortada contra la luz. El hombre del traje. El mismo. Pero esta vez no andaba solo.

A su lado otra figura, más alta, más rígida. Un rostro tranquilo. Sereno.

Su mirada se clavó directamente en Clara. Tan se puso delante de ella sin pensarlo.

El desconocido levantó levemente la mano, como saludando, y habló sin acercarse.

—El agua ha elegido.

Clara tembló. No de miedo. De algo más profundo. Su cuerpo vibraba con el mismo pulso que la fuente.

Tan sintió todo aquello: La urgencia y el peligro de la activación.

—Tenemos que irnos —dijo el periodista.

El hombre del traje inclinó la cabeza, no como amenaza, sino como aceptación. Su rostro destilaba que sabía que el juego acababa de empezar de verdad.

Bellori agarrotó su paraguas.

—La Portae Paradisi no es un final —dijo en voz baja—. Es un comienzo. Y el agua… ya ha cruzado el umbral.

Tan miró de nuevo a Clara. Ella respiraba hondo, intentando disimular un repentino temblor en las manos.

Mateo observaba a Bellori con desconfianza creciente. Y el desconocido, desde la distancia, sonreía apenas.

Un pulso recorrió el suelo. La fuente respondió. Y Portae Paradisi tembló, aunque fue solo un segundo.

Aunque alguien pudiera pensar que se tratase de un templo maldito, era un nodo despertando. Y Clara fue la primera en notarlo.