CAPÍTULO 35
¿ Y si nos estamos equivocando de dirección? —expuso Mateo mientras esquivaba una moto que parecía surgir de la nada—. Roma es grande. Muy grande. Y nosotros vamos siguiendo… ¿qué? ¿El instinto de Tan? ¿Un mapa del siglo XV?
—Instinto no —corrigió Clara, aunque su voz sonó más cansada de lo habitual—. Llamemos a esto… resonancia.
Tan no apartó la mirada del horizonte. No necesitaba mirar el mapa que llevaba doblado en la mano. El pulso en su cuello lo guiaba como un metrónomo enterrado bajo la piel.
—Nadie te ha obligado a venir, Mateo —reprochó Tan—. Y no es resonancia —añadió él—. Es dirección. Y está más al noroeste.
Bellori caminaba un paso por delante, sin volverse, pero con el tono preciso del que escucha todo.
—Darrow siempre habló de tres nodos —recordó el sacerdote—. Y el tercero debía estar alineado con el flujo antiguo del Tíber. Si seguimos esta ruta…
—…acabaremos en Piazza del Popolo —terminó Mateo, resignado—. Con más turistas que hormigas.
—Los turistas no importan —dijo Tan—. No están mirando lo que nosotros miramos.
Clara se tensó un momento, sentía algo. Una presión suave, leve, en el esternón.
—Se está acelerando —avisó.
—¿El pulso? —preguntó Tan.
Ella asintió y Archer frunció el ceño, al que no le gustaba nada de nada.
—Entonces sí —dijo él avanzando—. Vamos bien.
Prosiguieron en silencio unos pasos. Y en ese instante, justo al doblar una esquina, Tan añadió sin girarse:
—Y si el tercer nodo está realmente donde pienso…
—¿Qué? —preguntó Mateo.
Tan inspiró hondo.
—Que no vamos hacia un lugar oculto. Sino hacia un lugar que todos ven… pero nadie entiende.
La frase quedó flotando sobre ellos mientras la calle se abría hacia la ribera, y el murmullo de la ciudad se transformaba en un eco distante.
Ahí fue cuando Bellori se detuvo. Lentamente. Sus pies hubieron encontrado algo antes que sus ojos.
—Estamos cerca —dijo, señalando con el paraguas hacia la fachada blanca que emergía tras un arco.
—¿Qué lugar es ese? —preguntó Clara.
Bellori respondió con una solemnidad extraña:
—Santa María Portae Paradisi.
El camino hasta Via di Ripetta parecía normal para cualquiera que no estuviera buscándolo. Gente paseando, terrazas montadas desde temprano, un repartidor descargando cajas de fruta. El tipo de mañana romana que se siente eterna, invencible, idéntica a mil otras.
Pero para Tan, cada paso era un golpe de metrónomo. Un pulso. El mismo que había sentido en Santa Croce y en el Laterano. Solo que aquí, al norte del Campo Marzio, el ritmo era más rápido.
Clara había estado caminando cerca de él, esforzándose por mantener la respiración estable. Mateo se mantuvo detrás, cuchicheando algo sobre la cantidad absurda de motos en aquella ciudad. Y Bellori, en silencio, pareció guiarse por un mapa invisible, intuyendo dónde debía pisar.
Al doblar una esquina, casi por sorpresa, como vaticinó Bellori, Portae Paradisi se alzó ante ellos como una herida vertical en la piel de Roma.
Una apertura monumental… tapiada por años y años.
La fachada, de ladrillo viejo y respiración pesada, se elevaba en un ángulo amenazante sobre quienes se atrevían a mirarla demasiado tiempo.
Un arco desproporcionado contenía en su interior un vacío inquietante; una puerta sellada tras una reja negra, gruesa, torcida por el óxido. Parecía más una jaula que un acceso sagrado. Las barras, cubiertas de grafitis y manchas oscuras, descendían hasta el suelo sujetando algo que no debía salir.
Clara levantó la vista. Allí arriba, en el friso, una figura de mármol blanco observaba la calle con expresión ambigua —no de bendición, sino de juicio.
La piedra estaba tan erosionada que parecía llorar en silencio.
Las letras latinas bajo el arco, semidesvaídas, dibujaban una advertencia más que una inscripción.
La luz caía desde un ángulo oblicuo, atrapada en los pliegues del arco, creando sombras que no coincidían con la geometría del edificio. No había velas encendidas, ni señales de culto, ni rastro de actividad religiosa. Solo el silencio. Un silencio contenido… nada natural.
Mateo apretó la mandíbula.
—No parece una iglesia —exhaló—. Parece… un calabozo.
La reja estaba cerrada a cal y canto, con un candado herrumbroso que no parecía tanto un sistema de seguridad sino un símbolo que advertía: aquí dentro no entra nadie.
El suelo, a los pies de la verja, mostraba restos de papeles húmedos, vasos olvidados, una vida moderna que contrastaba con la sensación medieval del lugar.
Pero incluso eso tenía un aire extraño, la basura había sido arrastrada allí por accidente, por una corriente de aire que no debería existir.
Tan dio un paso adelante. El espacio entre el arco y la reja le devolvió el aliento en forma de eco corto, demasiado rápido y vivo para ser un simple rebote.
—Este lugar también respira —resopló.
Sobre ellos, la figura de mármol parecía observarlos con más intensidad ahora que estaban más cerca. Una figura poco acogedora y visiblemente expectante. Como esperando un fallo… o un sacrificio.
Bellori se quitó las gafas un segundo y las limpió, aunque no tenían una sola mancha. Cuando volvió a colocárselas, su voz fue apenas un susurro.
—Por eso nadie celebra misa aquí —dijo—. Porque hay templos que Dios prefiere dejar cerrados.
El viento sopló desde el interior del arco —un viento imposible, porque no había hueco, ni pasaje, ni puerta abierta detrás de la reja.
Clara se estremeció. Portae Paradisi, la Puerta del Paraíso, se alzaba ante ellos… pero parecía más bien la puerta de un juicio que nadie en sus cabales desearía cruzar.
—No parece… acogedora —lamentó ella.
Bellori avanzó unos pasos, carraspeó, y señaló con su paraguas una verja metálica que bloqueaba el acceso.
—No se celebra misa aquí —dijo en voz baja—. Lleva décadas cerrada. Oficialmente porque no es parte de la capellanía activa del hospital.
Mateo sonrió con incredulidad.
—Sí, claro. Y yo soy Julio César. ¿Por qué la cerraron de verdad?
Bellori bajó ligeramente la mirada. Tan notó la pausa. Demasiado larga.
—Porque se considera un templo maldito —respondió finalmente el religioso.
Clara levantó la vista de golpe.
—¿Cómo que maldito? —dijo ella mientras se inclinaba y bebía de una fuente al lado de la iglesia.