CAPÍTULO 34
T an se inclinó sobre el mapa. Santa Croce estaba marcada con una pequeña cruz. San Giovanni, más atrás, con otra. Entre ambos, una línea de tinta casi borrada.
—Aquí —dijo Bellori, siguiendo el trazo con el dedo—. Los itinerarios antiguos hablaban de tres puntos de paso antes de llegar al corazón de la ciudad. El Laterano, Santa Croce… y este tercero.
Su dedo se detuvo sobre una anotación marginal, casi ilegible.
Clara entrecerró los ojos y preguntó fruto de la curiosidad que le suscitó la inminente exposición del sacerdote:
—¿Qué pone?
Bellori leyó en voz alta, con esfuerzo.
—« Porta ad Paradisum ». —Alzó la vista y tradujo—: «La puerta hacia el paraíso».
Mateo resolló.
—No suena precisamente tranquilizador, con el historial que llevamos.
—No es un nombre turístico —explicó Bellori—.
Aparece en crónicas medievales, en relación con una pequeña iglesia o capilla.
Señaló una zona del mapa donde las calles se apelotonaban.
—Pero si trazas la línea entre el Laterano, Santa Croce y ese enclave aproximado…
el tercer punto cae en pleno tejido urbano, algo más lejos del Esquilino.
Aunque cerca del antiguo trazado de un conducto de agua.
Tan apoyó la uña en el papel.
—¿Darrow conocía este mapa?
—Uno similar —admitió Bellori—. Vi anotaciones suyas que mencionaban una «Puerta Paradisi» en Roma. Pensé que se refería a una metáfora teológica.
—Pues parece más bien una coordenada —replicó Tan.
Clara se giró hacia la calle que señalaba el hombre del traje.
—Y él —dijo— parece convencido de que debemos ir en esa dirección.
Cuando volvieron la vista hacia el árbol, el hombre ya no estaba. Ni rastro. Ni una pisada visible. Solo una hoja de periódico doblada sobre sí misma, atrapada contra el tronco por una piedra.
Tan se acercó y la recogió. Era una página de sucesos.
Una noticia sobre inundaciones menores en sótanos del centro histórico.
Nadie había sabido explicarlas. En círculos, a bolígrafo azul, alguien había rodeado un fragmento de texto: « …
el agua parecía salir del suelo con una presión que no se corresponde con los registros de la red municipal»
Debajo, escrita a mano, una única palabra:
« PRÓLOGO »
—¿Eso lo ha dejado él? —preguntó Mateo en un tono de voz bastante comedido.
Tan dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—No importa quién lo haya dejado —dijo Archer—. Lo importante es que nos está diciendo que esto que hemos visto hoy… —hizo una mueca poco halagüeña y sentenció— no es más que el comienzo.
Caminaron en silencio durante varios minutos, siguiendo la dirección marcada por la calle y por el mapa antiguo. Roma a esa hora parecía una ciudad cualquiera: coches, motos, voces lejanas.
Pero, entre esos sonidos, se colaban otros más discretos. Pequeños chasquidos en las paredes. Vibraciones mínimas en los escaparates. Un vaso de plástico temblando en la mesa de una terraza sin que nadie lo tocara.
Clara se detuvo un momento frente a una fuente diminuta, encajada en un rincón de piedra. El agua caía en un chorro fino, pero las ondas que formaba en la pileta no se comportaban como deberían: en lugar de expandirse y desaparecer, se mantenían, superpuestas, como un dibujo fijo.
—El siguiente nodo ya está reaccionando —manifestó ella.
Bellori asintió y confirmó:
—El agua está llevando el pulso hacia él.
Un camión blanco, con el logo del servicio de aguas, se detuvo junto a una boca de riego unos metros más adelante. Un operario bajó de la cabina hablando por radio, visiblemente nervioso.
—No puede ser que suba así —decía con ímpetu italiano—. Las sondas no se ponen de acuerdo. Me da igual lo que digan los gráficos, esto no es una fuga normal.
Tan se acercó con paso decidido.
—Discúlpeme —intervino—. ¿Algún problema con el nivel freático?
El hombre lo miró de arriba abajo, valorando si contestar o mandarlo al diablo. Luego alejó un poco más la mirada y, al ver tras él a Bellori con el alzacuellos, se relajó un de forma considerable.
—Llevamos toda la mañana recibiendo avisos —explicó el operario—. Sótanos anegados, garajes con agua limpia saliendo del suelo, túneles con filtraciones nuevas. —Se pasó la mano por el pelo— Pero lo raro no es eso. Lo raro es que todas las sondas de presión marcan la misma frecuencia.
—¿Frecuencia? —repitió Tan.
—Sí —confirmó aquel hombre—. Es como un temblor constante, pero suave. Un patrón. —Se encogió de hombros, impotente y especuló—: Como si algo grande quisiera salir.
La frase se quedó suspendida en el aire. Archer se giró y miró a Clara. Clara miró el mapa arrugado en manos de Bellori. Mateo miró al suelo, parecía sentir el temor de ver un ojo abrirse entre las juntas de la piedra.
Por primera vez, Roma dejó de parecer eterna. Pareció frágil. Como una ciudad construida sobre vidrio. Y alguien había empezado a golpear desde abajo.